
No puedo empezar esta columna sin expresar el dolor que me ha producido el terremoto que azotó el occidente de Colombia. Las imágenes son aterradoras. Se me revolvieron las tripas recordando las imágenes del 25 de enero de 1999 cuando sobrevolamos con el presidente Pastrana la ciudad de Armenia y llegamos a la estación de bomberos que había colapsado, con muchos bomberos adentro. Yo me quedé en Armenia esa noche y todas las noches durante la primera semana. Imagino a miles de personas que todo lo han perdido desorientadas, esperando. Imagino la fatiga de los rescatistas y de las personas de buena voluntad deslomándose por encontrar sobrevivientes, trabajando con las uñas, porque en esas primeras horas no hay más que las uñas. Al recordar la tristeza, la impotencia y la enorme fatiga del alcalde de Armenia en la noche del 26 no puedo dejar de pensar en los de Quibdó, Cali, Manizales y Pereira y tantas otras ciudades. Esa pobre gente tiene hambre, tiene sed y tiene mucho dolor. La tragedia de 1999 fue atendida por un gobierno que llevaba cinco meses, ya nos conocíamos, ya había espíritu de cuerpo, la de ayer encuentra a un gobierno incompleto, que apenas comienza, les va a costar trabajo, las intenciones y el compromiso ahí están. Se les va a hace más difícil, pero lo tienen que lograr. En medio de una malsana polarización, las redes se inundan de mensajes de odio. Así no, todos los colombianos tenemos que rodear al gobierno y vigilar.
La Posesión
Nunca digas nunca. Escribí en pasada columna que no iba a ver la posesión. Mónica no pensaba igual. Ahí acabé sentado a las 3 de la tarde. Y me levanté pasadas las siete de la noche. Mis expectativas eran bajas y confieso que la cosa empezó cumpliéndolas.
Hoy en día, en los restaurantes pipiris nais ofrecen unos menús que llaman gastronómicos, servidos en varios tiempos, y le sirven a uno unos platos muy pequeños que se van sucediendo uno tras otro y a eso le dicen menú en cinco tiempos o en siete tiempos y le meten a uno el cuento que cada tiempo debe ser maridado con un vino diferente. Al final, después de una cuenta gastronómica sin g, uno queda listo para hacer una escala en un puesto de perros calientes o en Home para comerse una hamburguesa. Se me ocurre que la posesión del presidente Abelardo de la Espriella, (me toca buscarle un alias porque es nombre está muy largo y “el tigre” no me gusta) fue un evento en siete tiempos. A cada tiempo le buscaremos su maridaje.
El primer tiempo se sirvió entre el 22 de junio, cuando el presidente electo confirmó que como lo había dicho en campaña se iba a posesionar en un cantón militar en el Cauca y terminó hace unas dos semanas, cuando le tocó aceptar posesionarse en la “arena” de la Universidad Santiago de Cali, o sea un coliseo cubierto o la cancha de básquet de la universidad. El maridaje para este tiempo fue el jugo de vestiduras rasgadas por la “nueva oposición” conformada por quienes aplaudían que Petro subiera hampones a las tarimas de sus discursos y mandara a sus “huestes” a amenazar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
El segundo tiempo se sirvió en medio de bastante desorden, ya en la arena USC, que estaba bastante bien “arreglada” pero que, definitivamente, parecía más bien el escenario de una ceremonia de entrega del Grammy latino. Ya con más de media hora de retraso se inició la sesión del congreso pleno con el llamado a lista. El maridaje de este tiempo fue el desorden.
Verificado el quorum, se pasó al tercer tiempo. Este se sirvió al mejor estilo de la alfombra roja de los premios óscar. Ese plato no me estaba gustando, no era posible que la estrella de tan solmene acto fuera el cuestionado y cuestionable presidente de la FIFA, el señor Infantino. Yo no he sido, ni soy, fan del expresidente Uribe, pero a todo señor todo honor, el man es un crack, prueba de ello es la cerrada ovación con que fue recibido, claro que en un acto de estos la única ovación debería ser para el presidente que se posesiona, pero, gracias al señor ese Suárez, estratega de la marca del Tigre, mister president Uribe recobró plena vigencia. Maridaje, inútil.
El cuarto tiempo, fue lo que es ese plato desde siempre, como el ajiaco o el sancocho, que no resisten la creatividad de los chefs modernos, la posesión. Jura el presidente, jura el vicepresidente. El plato lo dañó un poco el maridaje con la imagen de la Virgen de Fátima, sobraba.
El quinto tiempo, resultó como esos platos que son muy sabrosos pero cuyo volumen o cantidad de grasa o de condimentos, los hacen empalagosos. Me refiero al discurso del presidente del congreso. No digo que fue malo el contenido, pero, un buen discurso, si corto, dos veces bueno, y si largo, siempre malo. Y este fue demasiado largo. Imposible de maridar.
Hasta ahí la cena gastronómica no daba ni para visita de los críticos de las guías. Pero no hay situación, por mala que sea, que no sea susceptible de empeorar. Y llegó una sección que llamaron “Invocación y Alabanza” y ahí se perdió toda posibilidad de una buena calificación, a la mierda las estrellas Michelin. Tres homilías malas y largas o sea dos veces malas. Para rematar, ¡el rabino gritando “Viva Israel” en una sesión solemne del Congreso de Colombia! Joder ¿quién se creyó el sionista ese? No voy a caer en la trampa rasgándome las vestiduras en defensa del Estado Laico proclamado por la Constitución, pero carajo, se pasaron con esa estupidez. Si querían un espacio espiritual “interreligioso”, bien, aunque no era interreligioso sino de las religiones de la biblia, hay otras; pero 45 minutos, ayayayayyyyy. Con tres minutos por rezandero hubiera bastado para poner el mandato en las manos de Dios y dar el mensaje de unidad que querían pasar. A mí como a muchos, esa fe de beata del presidente me parece impostada.
Se salvó la vaina con el sexto y séptimo tiempos, bien presentados, de buena calidad y bien maridados. Tanto el discurso del presidente, que hubiera podido ser más corto y por tanto más bueno o mejor que llaman; como los honores militares borraron con el codo las cagadas que habían hecho los organizadores con las manos en los cinco tiempos anteriores.
En un discurso muy coherente y completo, el presidente anunció lo que pretende hacer y lo que no va a hacer. De la Espriella interpretó su victoria como un mandato de ruptura y reconstrucción, su referencia a la frase de Núñez, “regeneración o catástrofe”, así lo indica. Maridó el discurso con el “viva Cristo Rey” y con una postura casi agresiva cuando anunciaba medidas de autoridad, se puede ser autoritario sin recurrir al tono agresivo.
Dijo que no habrá constituyente de ninguna naturaleza; que la opción de diálogo con grupos armados está cancelada, o se someten o pailas; que habrá fracking responsable y sostenible y fumigación de cultivos; que se construirán mega cárceles; que se congelará el gasto público y que se eliminará el impuesto al patrimonio. En un punto crucial corrigió el discurso de campaña anunciando que se respetará la JEP. Tiene razón en querer revisar su naturaleza, ojalá lo logre.
Me pasó lo de siempre con esos menús gastronómicos, me salieron a deber. De siete tiempos, apenas dos estuvieron a la altura de la expectativa, lo demás mostró un evento excluyente y mal planeado y lo que necesita Colombia es un buen gobierno incluyente.
Juan M Urrutia, agosto 11