Los Enemigos Internos

En la entrega anterior me comprometí a dar una plausible explicación acerca de cómo fue posible que hoy estemos obligados a violentar la lógica y las evidencias empíricas para no ser cancelados o agredidos verbalmente.

Son varias ya las personas que defienden ideas como las que voy a exponer en esta entrega y las siguientes. Inspiradas por un espíritu libertario al que adhiero, consideran necesario, así sea algo tarde, afrontar la batalla cultural que viene librándose desde hace ya un siglo y contraatacar con lo que caracteriza a Occidente: la razón y la lógica. Y esto quiere decir, entre muchas otras cosas, que debemos revalorizar esta forma de pensar que ha sido puesta en cuestión por el pensamiento hegemónico de las nuevas izquierdas que se ha impuesto como consecuencia de la larga batalla cultural a la que nos hemos referido. Veamos algunos momentos relevantes de este prolongado proceso.

En 1917 triunfa en Rusia la revolución bolchevique. Lenin toma el poder. Obreros urbanos, soldados (que en su mayoría eran campesinos que habían sido llevados a la Primera Guerra Mundial) y una gran masa de campesinos que reclamaban tierras, se levantaron en contra de los capitalistas. Es decir, los oprimidos han triunfado sobre sus opresores. Pero esto no era lo que se esperaba según la teoría marxista. En efecto, ni Rusia era el país en el que él preveía que triunfaría una revolución proletaria, ni los campesinos eran los que Marx pensaba que se iban a levantar contra sus opresores capitalistas. La teoría afirmaba que todo esto acontecería en Inglaterra o en Alemania donde el proletariado industrial era predominante. En Rusia el 80% de la población era campesina.

Pero, además, contrariamente también a lo que se desprende de la teoría marxista, entre 1918 y 1923 todos los intentos de revolución marxista fracasan en Francia, Alemania, Italia y Reino Unido. La clase trabajadora occidental no se revela en contra de sus opresores. En estos países, el capitalismo no sólo no se acaba como en Rusia, sino que prospera, se fortalece. Surge entonces la pregunta: puesto que Marx afirma que el capitalismo oprime al proletariado, ¿por qué los obreros europeos occidentales no se revelaron? Incluso: ¿por qué votan por partidos burgueses?

En 1923, Felix Weil, un judío marxista ortodoxo convencido, hijo de un multi millonario exportador de granos, funda, con dinero de su padre, el Instituto para la Investigación Social que, dicho sea de paso, posteriormente sería conocido como la Escuela de Fankfurt, con el objetivo específico de responder a estas preguntas y otra más importante aún: ¿qué debe hacerse para lograr que la revolución triunfe? 

La conclusión a la que llegan los investigadores del Instituto es que el capitalismo no se sostiene únicamente mediante la explotación económica, sino también a través de formas de dominación cultural e ideológica. Instituciones como la familia, la educación, la religión, la moral sexual y la industria cultural pueden contribuir a reproducir el orden social vigente y a que las relaciones de dominación sean percibidas como normales o legítimas. Esto obstaculiza el desarrollo de una conciencia crítica entre los trabajadores y propicia que estas instituciones culturales funcionen como mecanismos de dominación psicológica que hacen que el trabajador acepte como algo natural que el capitalismo lo explote, que lo oprima. 

Ante este estado de cosas, se plantea una tercera pregunta que resulta ser la más importante: ¿qué se debe hacer para que la revolución triunfe?

Nuevamente, la Escuela de Frankfurt responde. Sostiene que el análisis económico marxista debía complementarse con el estudio de la cultura, la psicología y la comunicación para explicar por qué el capitalismo había logrado una estabilidad inesperada en las sociedades industriales avanzadas. Para ello incorporó aportes del psicoanálisis freudiano y desarrolló una crítica de la cultura de masas y de la industria cultural. 

No se debe entonces seguir hablando de economía marxista pura. No tiene sentido seguir hablando del proletariado como los oprimidos, los explotados, ni de la burguesía como explotadora y opresora. No tiene sentido seguir insistiendo, pues la clase trabajadora occidental es conservadora, patriótica, religiosa. No es necesario ya convencer a los obreros de que están oprimidos por la burguesía porque, en general, no se sienten así. Es necesario recurrir a nuevos conceptos que den cuenta de por qué el proletariado europeo acepta ser explotado. Y vieron en el psicoanálisis freudiano una fuente de ideas nuevas que permitían configurar otra forma de concebir el problema, que es como sigue. Si el problema es cultural, concluyeron, la solución debe ser también cultural. Lo que se necesita no es una revolución económica violenta; se necesita una revolución cultural gradual. No es necesario tomarse el poder político. Basta cooptar las instituciones sociales: los colegios, las universidades, los institutos de arte, los medios de comunicación, con el fin de transformar la consciencia de occidente. Esta respuesta es, pues, muy similar a la propuesta que Antonio Gramsci había formulado años antes en sus Cuadernos de la cárcel: lograr la hegemonía cultural.

Con este objetivo en mente, Horkheimer y Adorno articulan y publican en 1934 su Teoría Crítica. Se trata de una metodología para criticar todos los aspectos de la vida en la sociedad occidental. Esta crítica debe cambiar la forma como todos los oprimidos se conciben a sí mismos. Pero como lo señalaría años más tarde Roger Scruton, esta metodología es muy particular pues no aporta ningún tipo de propuestas para subsanar nada de lo criticado. No propone soluciones a la opresión, ni a la dominación, ni a la injusticia. Lo que propone es destrucción o, tal como lo dicen algunos pensadores, deconstrucción. Deconstrucción de la familia, deconstrucción de la religión, deconstrucción de la masculinidad… Scruton afirma que esta supuesta teoría no es una filosofía; es una mera actividad destructiva disfrazada de análisis.

En 1944 Horkheimer y Adorno publican Dialéctica de la ilustración. Argumentan en esta obra que la ilustración, la razón, la ciencia y el progreso no liberaron a la humanidad; por el contrario, la esclavizaron. La razón occidental es en realidad una forma sofisticada de dominación, de totalitarismo. La pregunta que inmediatamente viene a la cabeza es: ¿¡La sociedad que los salvó del nazismo, los protegió, los acogió, resulta ser totalitarista y esclavizante!? ¿En qué sentido la razón occidental que con la Revolución Industrial encontró la forma de liberar a un porcentaje importante de la humanidad de la enfermedad (con la ciencia biológica y médica) y del hambre (con los métodos de producción industrial) es esclavizante? ¿Cómo es posible que la ciencia que creó tantas formas para hacer más fácil la vida diaria (de las cuales, sin lugar a dudas, Horkheimer y Adorno se beneficiaron en Nueva York o Los Ángeles) puede ser vista como esclavizante?

He aquí algunas de las respuestas de la Escuela de Frankfurt a estas preguntas. Herbert Marcuse, recordemos, también exiliado en los Estados Unidos, en su obra Eros y civilización publicada en 1955, afirma que la civilización moderna reprime de manera excesiva e innecesaria las capacidades humanas para el placer, el amor y la creatividad. Afirma que la represión, incluida la sexual, ha sido un instrumento que históricamente ha permitido la organización para el trabajo y la productividad lo que conlleva la dominación social que los dueños de los medios de producción ejercen sobre el resto de la humanidad. 

Si articulamos la teoría del psicoanálisis de Sigmund Freud con la teoría económica, social, política e histórica de Karl Marx, dice Marcuse, podemos entender que en la fuerza productiva de la tecnología es posible encontrar la forma de tener una sociedad mucho más libre en la que el trabajo deje de ser el eje central de la existencia humana para que su eros pueda desarrollarse plenamente.  

Marcuse se vio influido por la obra de Wilhelm Reich, en particular por su libro Psicología de masas del fascismo en la que sostiene que la represión sexual, especialmente aquella que se da dentro de la familia, desempeña un papel fundamental en la formación de personas obedientes, lo que facilita la aceptación de sistemas sociales autoritarios propicios para la producción capitalista. Reich argumenta que el orgasmo es revolucionario. Que la represión sexual causa fascismo. Que la familia monógama es la célula de la sociedad fascista. ¿Por qué? Porque la represión sexual impide el orgasmo pleno que es la forma de liberar el exceso de orgón. Según su teoría el orgón es una energía cósmica primordial que se encuentra en el aire, en la atmósfera, que se aloja en los organismos vivos. Impedir el libre flujo de orgón afecta negativamente la salud física y psicológica de una persona. Produce neurosis y cáncer, por ejemplo.

Todo lo anterior se vio simplificado en la mente de los activistas y se convirtió en que ¡la represión sexual es la base del capitalismo! De ahí los movimientos de liberación sexual. De ahí también algunos activistas estudiantiles dedujeron que la familia tradicional, la moral sexual cristiana, la monogamia, son mecanismos para reprimir los impulsos naturales del ser humano y convertirlo en un trabajador productivo y obediente. El patriotismo se convierte en algo vergonzoso y amar a su país es nacionalismo repudiable. La religiosidad es represión supersticiosa irracional que conduce a otra forma de sumisión que debe superarse. Proponen entonces soluciones como las siguientes: liberación sexual total; destruir la familia; normalizar toda expresión sexual; erradicar la religión… Sólo así el ser humano se liberará del capitalismo. De estas ideas que se expanden rápidamente surgen los movimientos de liberación sexual de los años 60 del siglo pasado, la ideología de género actual, la normalización del aborto, la desvalorización de la familia y, ante todo, la desvalorización de la razón, de la lógica, del pensamiento científico que era incompatible con todas estas ideas…

En 1964 Herbert Marcuse publica El hombre unidimensional que se convierte rápidamente en la biblia de la nueva izquierda. Su idea central es que la sociedad capitalista occidental es un sistema totalitario “suave”. No necesita campos de concentración porque controla a sus “reclusos” mediante la comodidad, el confort, el consumo, la diversión, el entretenimiento… De esta manera el sistema mantiene a sus “esclavos” bien controlados porque están convencidos de que son libres. Para Marcuse la libertad en un régimen capitalista occidental es una esclavitud disfrazada. La única vía para lograr la liberación de la humanidad es la destrucción total del capitalismo. 

(Un comentario al margen: es notable que alguien como Marcuse que huyó del autoritarismo nazi, que si no hubiera podido hacerlo, hubiera muerto en un campo de concentración o hubiera terminado su vida como Walter Benjamin, concluya que es necesario destruir el sistema político y económico de un país que le brindó refugio y la posibilidad de vivir con la comodidad y la tranquilidad de las que gozó en Nueva York y Los Ángeles y que, lo más importante de todo, le dio la libertad y todas las garantías para desarrollar su pensamiento y sus teorías y, aún más, la absoluta libertad para publicarlas y enseñarlas).

Erick Fromm, bajo la premisa de que es necesario trabajar por un psicoanálisis marxista aplicado, defiende una idea que, desde cierta perspectiva, podría ser todavía más extrema que la de la destrucción total del capitalismo de que habla Marcuse. Afirma que el capitalismo genera un carácter social autoritario y una personalidad potencialmente fascista. Señala que cualquiera que defienda la razón, la alta cultura, la religión, la familia, las tradiciones, el patriotismo y cualquier tipo de institución o convicción que acoja una jerarquía de cualquier tipo, es potencialmente un fascista.

Max Horkheimer y Theodor Adorno insisten en su estrategia de olvidarse del proletariado porque nunca van a ser revolucionarios. Es necesario, entonces, construir aquellos sujetos que sí serán capaces de llevar a término ese proceso revolucionario que la humanidad necesita. ¿Y quiénes terminaron siendo esos sujetos construidos? ¿Contra quiénes se revelaron? Pues los estudiantes universitarios que se revelaron en contra las autoridades universitarias y los planes de estudio tradicionales. Los pacifistas en contra del ejército de los Estados Unidos o de cualquier otra potencia occidental. (Contra el ejército de Mao Zedong no, porque es un ejército revolucionario). Las feministas en contra del hetero patriarcado capitalista, contra el machismo, contra la sexualización de la mujer, pero a favor del aborto. Los ambientalistas en contra de los industriales, los mineros, los urbanizadores. Los negros, los indígenas, los migrantes en contra de los blancos privilegiados. Los LGBTIQ+ contra los heterosexuales… El listado es mucho más largo, ciertamente. La regla general es que se trata de duplas. Uno de los elementos de cada una de ellas es un grupo de personas que se sienten alienadas por la cultura tradicional occidental o excluidas de ella. La dupla se completa cuando se construye el culpable, el opresor que oprime al primer miembro de la dupla. Cuantas más sean las duplas de opuestos, más cerca estaremos de lograr la revolución total. 

Walter Benjamin contribuye con esa misión de transformar la consciencia de occidente desde la perspectiva de lo que él considera que es necesario cambiar en el arte occidental. Benjamin considera que el arte clásico es algo que hay que olvidar si no destruir. Aboga por un marxismo estético según el cual el arte tradicional, la obra única individual es elitista. Debe destruirse. El arte debe ser de reproducción masiva. Debe ser políticamente activista.

El arte contemporáneo, afirma Benjamin, debe comprometerse con la crítica política. Desde esta perspectiva, la provocación se convierte entonces en un criterio estético. La fealdad puede ser una virtud puesto que es honesta y con ello puede adquirir un valor crítico y emancipador. Rompe con la belleza idealizada que embellece la realidad artificialmente y oculta sus defectos, sus contradicciones. Una obra fea muestra lo que la belleza tradicional oculta: la pobreza, la violencia, la alienación y, especialmente, encubre la decadencia de la vida moderna. 

La fealdad puede sacudir al espectador y, en lugar de producir un éxtasis contemplativo, lo puede confrontar con la realidad y lo puede llevar a reflexionar críticamente acerca de ella. Desde esta perspectiva, la alta cultura puede ser una obscenidad. Adorno, tal vez influido por Benjamin, afirma que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” para señalar que la misma civilización que había producido grandes obras filosóficas, artísticas o científicas, había producido también la abominación de los campos de concentración y de exterminio nazis.

Después de estos seis pioneros en la crítica neo marxista, otros pensadores contribuyeron con esta metodología; introdujeron nuevos métodos, aportaron nuevas ideas, propusieron algunas modificaciones. Y, al lado de ellos, gran cantidad de activistas que ya no leen a Marx sino, algunos de ellos, a Marcuse, han contribuido a lograr que todo el conjunto de nuevas ideas transforme la consciencia de muchas personas en Occidente. Según ellos, el consumo, la publicidad, la tecnología, la burocracia, los medios de comunicación son vistos con recelo, con sospecha, pues pueden ser mecanismos para esclavizar. Repudian la guerra, el autoritarismo y, en general, cualquier forma de autoridad. La discriminación, la sociedad de consumo. Le dan mucha importancia a distinguir las necesidades verdaderas, relacionadas con el desarrollo humano, la libertad y la realización personal, de las necesidades falsas, generadas por la sociedad de consumo para mantener determinados patrones económicos y sociales. Desde luego, repudian también la familia tradicional, la moral sexual, el arte apreciado por la alta cultura, la religión (tal vez sería mejor decir las religiones judía y cristianas, porque el Islam es considerado como una expresión cultural diversa que hay que respetar), el patriotismo, el ejército y la policía (tal vez sería mejor decir el ejército y la policía de los países capitalistas, porque los demás son revolucionarios) y la educación tradicional.

En la próxima entrega me referiré a esos pensadores que desarrollaron y ampliaron la obra de los seis pioneros relacionados con la Escuela de Frankfurt y a los activistas que han hecho eco a las ideas de los pioneros y sus sucesores.

Gedeón Prieto, julio 2026


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