La Defensa de Occidente.XI

Copernico y Galileo

La vez pasada quedamos en que durante todo el Medioevo se mantuvo el razonamiento lógico coherente, elemento característico de Occidente sustentado en una herencia del clasicismo greco romano. Quedamos también, en que se adicionó la experimentación científica como nueva fuente de conocimiento. La intención de hablar de estos elementos, tal como lo he hecho explícito, es desvirtuar una descripción ideologizada del medioevo como un periodo de unos mil años de oscurantismo, de atraso científico y filosófico, agenciado por el pensamiento religioso católico.

En esta entrega voy a contar, muy someramente, las historias de tres personajes que, supuestamente, fueron controvertidos y acallados por autoridades eclesiásticas católicas por expresar nuevas ideas científicas. Con estas narrativas deformadas se pretende sustentar esa visión ideologizada de lo que fue el medioevo y mi intención es matizarlas y rectificarlas. Pretendo mostrar, con datos actuales, que seguir pensando que se trata de verdades históricas sería conformarse con un espíritu crítico raquítico, actitud muy contraria a la que ha caracterizado a Occidente.

Adoptando un orden cronológico, el primer personaje al que me referiré es Nicolás Copérnico. Nació en la ciudad de Toruń el 19 de febrero de 1473. Toruń formaba parte del Reino de Polonia, aunque la región tenía una fuerte influencia cultural y comercial germánica. Murió el 24 de mayo de 1543 en Frombork, otra ciudad polaca. Allí había trabajado durante muchos años como canónigo católico y astrónomo. Según la tradición, poco antes de morir, alcanzó a ver un ejemplar impreso de su obra más famosa, De revolutionibus orbium coelestium, en la que expuso su modelo heliocéntrico del universo.

Puesto que he aceptado que el final del Medioevo coincide con el año en que Constantinopla fue conquista por Mehmed II y convertida en Estambul, la capital del imperio otomano, tengo que aceptar que Nicolás Copérnico pertenece al Renacimiento europeo. Sin embargo, es muy importante señalar y resaltar que estudió matemáticas y astronomía en la universidad de Cracovia con un programa enteramente escolástico. En esta misma universidad se formó como clérigo católico. Estos estudios los complementó en las universidades de Bolonia y Padua y, en 1503, obtuvo de la universidad de Ferrara el doctorado en derecho canónico. Este título le permitió ocupar el cargo de canónigo en la catedral de Frombork. (Un canónigo era un miembro del cabildo eclesiástico encargado de funciones administrativas, jurídicas y religiosas). Ese puesto le proporcionó ingresos estables y tiempo para dedicarse al estudio de la astronomía, las matemáticas y la medicina.

Con su obra más famosa, Copérnico logró algo tan inédito para el momento como revolucionario desde la perspectiva científica. Inmanuel Kant, mucho más de un siglo después, maravillado, bautizó este gran acontecimiento más medieval que renacentista como el Giro copernicano. Con este giro, tal como lo dice Alexandre Koyré con el título de su libro, pasamos Del mundo cerrado al universo infinito; del mundo cerrado de Claudio Ptolomeo al universo infinito, que tiene su versión actual con la teoría del sacerdote católico, físico, matemático y astrónomo belga, Georges Lemaître. Él llamó Teoría del Átomo Primitivo, pero hoy se conoce con el nombre de Teoría del Big Bang.

Ptolomeo vivió en Alejandría (parte del Imperio Romano, en ese momento) en el segundo siglo después de Cristo. Según su modelo, la Tierra era un cuerpo inmóvil situado en el centro del universo. Alrededor de ella, giraban la Luna, el Sol y los planetas conocidos en esa época (“Planeta” proviene de un vocablo griego que significa “errante”, “vagabundo”). En el fondo del firmamento se observaban las estrellas fijas que nunca cambiaban de posición y, entonces, podían ser tomadas como puntos de referencia.

Esta concepción de mundo era bastante compatible con la filosofía de Aristóteles y pronto fue acogida y adaptada por lo que en el siglo cuarto (con el Edicto de Tesalónica) se convirtió en la religión del Imperio Romano: primero bajo el nombre de Cristianismo niceno y después como la religión Católica, Apostólica y Romana. Un elemento importante de la interpretación católica de Ptolomeo era que la Tierra estaba en el lugar privilegiado del universo: el centro. Y estaba colocada ahí, porque en ella habitaba la creatura predilecta de Dios: el ser humano.

Según Aristóteles y Ptolomeo, el mundo se dividía en el sub lunar y el supra lunar. El primero, el que se encuentra bajo la Luna, se caracterizaba por el cambio constante, el nacimiento y la muerte, la corrupción y la destrucción, y los movimientos imperfectos, irregulares. El mundo por encima de la Luna, estaba hecho de cuerpos celestes perfectos, incorruptibles, hechos de éter o quintaescencia; en él nada nacía y, en consecuencia, nada moría. Sus movimientos eran perfectos, circulares.

La interpretación cristiana era que el mundo sub lunar era ese valle de lágrimas en el que el ser humano cayó por el pecado, pero, al mismo tiempo, era el lugar creado por Dios donde podía ejercer su libertad y santificar su alma para acceder a la vida eterna. El mundo por encima de la Luna participaba de la perfección e inmensidad de Dios, de su eternidad, de su incorruptibilidad.

El giro copernicano no fue, pues, cualquier cosa. Poner al Sol en el centro del universo era poco menos que usurpar el lugar privilegiado del ser humano. Era transformar la Tierra en un planeta, un errante vagabundo. Era inconcebible que Dios hubiera puesto a su creatura predilecta a girar en torno al Sol como los demás errantes…

Ahora bien: aclaremos. Copérnico era un clérigo católico, recordemos, y le dedicó su libro al papa Pablo III quien era mecenas de las artes y las ciencias y entendía de ambas disciplinas. Él dio la aprobación para la publicación. En la dedicatoria, Copérnico decía que ese libro era una propuesta matemática para hacer los cálculos sobre las órbitas celestes más fácilmente y, sobre todo, con mayor precisión. Se trataba de dejar de lado el hecho de que la Tierra es el centro del universo y suponer que el centro del universo fuera el Sol. Si, desde la perspectiva matemática, se acepta este supuesto, no es necesario suponer la existencia de unos movimientos de los planetas llamados epiciclos para explicar por qué en algunos momentos de su ciclo pareciera que el planeta da reversa y después vuelve a avanzar como venía haciéndolo.

Copérnico murió el mismo año en que su obra máxima se publicó y nunca recibió una crítica y mucho menos una censura. Su libro fue puesto en el índice de libros prohibidos en 1616, setenta y tres años después de su publicación, bajo la categoría donec corrigatur que significa “suspendido hasta su corrección”. Quienes determinaron la inclusión del libro en esta categoría dieron como justificación que en algunos pasajes no quedaba lo suficientemente claro si la afirmación “el Sol es el centro del universo” es un supuesto matemático o es una afirmación factual, empírica. Ese fue el único conflicto entre la obra de Copérnico (que no con Copérnico) y la Iglesia Católica.

El segundo personaje es Giordano Bruno. Nació en Nola, hoy Italia, en 1548, cinco años después de la muerte de Copérnico. Fue juzgado y condenado como hereje por la Inquisición Romana. Después fue entregado a las autoridades civiles de Roma que le impusieron la muerte en la hoguera. Murió en 1600, en Campo de´Fiore, Roma.

Fue un sacerdote seguidor de Santo Domingo de Guzmán. Por serias discrepancias relativas a la fe, abandonó la orden dominica y huyó de Nápoles donde vivía. Se refugió en Ginebra y se vinculó con los calvinistas. En 1579 fue excomulgado por los seguidores de Juan Calvino. Algo similar sucedió con los luteranos en lo que hoy es Alemania y con los anglicanos en Londres. Fue repudiado en todas estas comunidades religiosas después de conocer su carácter contestatario y beligerante.

En 1591 volvió a Italia, a Venecia, invitado por Giovani Mocenigo, un noble y rico de esa ciudad. Mocenigo quería aprender con Bruno el arte de la memoria y filosofía. Las relaciones entre el noble y su invitado pronto se agriaron. Cuando Mocenigo se dio cuenta de que la enseñanza del supuesto arte de la memoria no producía ningún efecto en él, su actitud se tornó hostil. Bruno se percató de este cambio y trató de huir, pero Mocenigo, que venía sospechando que trataría de abandonar la ciudad, lo denunció ante la Inquisición de Venecia. Fue capturado y después transferido a la Inquisición de Roma donde se le abrió un proceso por las siguientes causas, según los anales que reposan en los archivos de esta institución:

  • negar o reinterpretar dogmas centrales del cristianismo como es el de la Santísima Trinidad;
  • cuestionar la divinidad plena de Cristo;
  • sostener ideas consideradas incompatibles con la doctrina católica sobre la Encarnación;
  • creer en la transmigración de las almas;
  • practicar y enseñar artes de memoria y concepciones asociadas consideradas por sus jueces como magia;
  • defender la existencia de un universo infinito y de innumerables mundos;
  • sostener tesis filosóficas consideradas cercanas al panteísmo, es decir, una identificación muy estrecha entre Dios y la naturaleza.

Como se desprende de lo anterior, ninguna de estas causas puede ser relacionada con alguna teoría de carácter científico. Con este proceso, la Inquisición de Roma no estaba entorpeciendo el desarrollo de ninguna teoría científica ni el de ninguna tecnología del momento. El conflicto fue meramente religioso y político. Religioso porque Bruno estaba poniendo en cuestión principios fundamentales de la fe católica, razón por la que fue declarado hereje. Político porque para Roma, capital de los Estados Pontificios, poner en cuestión la religión Católica Apostólica y Romana era una afrenta contra el Papa que era, al mismo tiempo, una autoridad religiosa y el soberano político de un territorio. Bruno era, en consecuencia, un peligro para el orden social y político de los Estados Pontificios y, en particular, de Roma.

El tercer y último personaje es Galileo Galilei. Nació en 1564 en Pisa, ciudad que hoy pertenece a Italia. Muchos lo consideran el «padre de la ciencia moderna». Fue astrónomo, físico, ingeniero y matemático.

Una de sus grandes contribuciones al desarrollo de la ciencia fue el mejoramiento del telescopio. En 1609 le llegaron algunas noticias acerca de que, en Países Bajos, un fabricante de lentes llamado Hans Lippershey había solicitado una patente para un invento que llamó «tubo óptico». Con él se podía “ampliar la visión lejana”. Galileo, sin haber tenido nunca uno de estos aparatos en sus manos, solamente con las descripciones y reportes que oyó acerca de él, construyó uno que mejoraba la versión de su creador. En efecto, la versión original de este maravilloso invento ampliaba el tamaño de los objetos tres veces, en tanto que la versión de Galileo lo ampliaba 20 veces.

El “tubo óptico” de Lippershey se usaba como un aparato para diversión, como un instrumento para la navegación marítima o para la guerra. Galileo fue el primero en utilizarlo como instrumento de observación en astronomía. Todas las observaciones que hizo del Sol, los planetas y las estrellas las consignó en su libro titulado Sidereus Nuncius (que significa “El Mensajero Sideral”) y que publicó en marzo de 1610.

Otra razón por la que Galileo es conocido es por sus trabajos acerca del movimiento de los objetos en el espacio; en especial, por sus observaciones acerca de los objetos en caída libre. Afirmaba que, en ausencia de la resistencia del aire, todos los cuerpos caen con la misma aceleración uniforme, independientemente de su masa. Esto contradecía la hipótesis de Aristóteles que afirma que los objetos más pesados caen más rápido que los livianos de donde se deduce que la velocidad de caída depende del peso. Galileo sustentaba su hipótesis en observaciones experimentales.

Es común oír que estas observaciones consistieron en dejar caer objetos de pesos diferentes desde la parte más alta de la Torre de Pisa, aprovechando su inclinación, y observar en qué momento caen. El historiador de la ciencia Alexandre Koyré argumenta que este es un relato inventado por Vincenzo Viviani,un discípulo de Galileo y su primer biógrafo que, posteriormente, fue citado una y otra vez por diversos autores. Dice Koyré que la veracidad de este relato no se ve apoyada por ninguno de los escritos de Galileo. Dice que, si esto hubiera sido real, lo hubiera registrado en sus notas, como era habitual en Galileo. Ahora bien, no existe en ninguna de ellas absolutamente ninguna mención de estos supuestos experimentos. Por otro lado, esta versión de los hechos es contradictoria con la forma como Galileo formuló su hipótesis: ésta plantea la condición de que la observación debe hacerse sin la resistencia que el aire ejerce sobre cualquier objeto que se mueve y esto, desde luego no se cumpliría si hubiera lanzado objetos desde la Torre. En lugar de este supuesto experimento, hay pruebas de que Galileo hizo sus observaciones haciendo rodar esferas de mármol de diferentes masas por un plano inclinado y midiendo el tiempo que le tomaba a cada esfera recorrer una determinada distancia.

También es común oír que Galileo, por sus ideas científicas, entró en conflicto con la Iglesia Católica; y que, puesto que existe un conflicto irresoluble entre la fe religiosa y la ciencia, Galileo fue sometido a juicio. Este es otro relato falso. Dava Sobel estudia la correspondencia entre Galileo y su hija Sor María Celeste en su libro La hija de Galileo. De este intercambio epistolar se desprende, en primer lugar, que la monja y su padre eran personas que profesaban de manera comprometida la fe católica. En segundo lugar, que la acusación por la cual fue juzgado Galileo es más de carácter político que científico-religioso. En efecto, Galileo se había comprometido a que no divulgaría sus ideas e hipótesis hasta no tener pruebas irrefutables de su veracidad. Él estaba convencido de que el Sol es el centro del universo y no la Tierra y de que ésta gira alrededor del primero y no al revés (como era la creencia predominante de la época), pero no tenía forma de comprobar que no estaba equivocado. Estas ideas generaban conflictos, dudas e inquietudes en la población. Para la Iglesia Católica era pues improcedente generar este traumatismo antes de comprobar que las nuevas hipótesis eran verdaderas. Galileo no cumplió con su compromiso y siguió divulgando sus ideas. Fue juzgado por el incumplimiento de su compromiso; por ninguna razón diferente.

La posición de Galileo era que la afirmación de Copérnico no es un supuesto matemático sino una realidad empírica. Hacer los cálculos aceptando este supuesto había resultado muy conveniente para poder dirigir los viajes por el mar; los marineros no perdían el rumbo pues podían orientarse mucho mejor, y así los viajes duraban menos. Las mercancías llegaban a su destino en el tiempo previsto y no había pérdidas en los casos en que éstas eran perecederas. No había pues, nada contra el supuesto copernicano. Pero aceptarlo como una realidad era cosa diferente.

Por otro lado, la teoría heliocéntrica era contraria a la experiencia; en efecto, cualquier persona percibe que la Tierra está quieta y, si mira al cielo, percibe que son los planetas los que se mueven en el cielo.

Además, el heliocentrismo es contrario a algunas afirmaciones que se encuentran en las Sagradas Escrituras como es el caso de Salmos 104:5 donde se dice que «El Señor estableció la Tierra sobre sus cimientos; no será movida jamás». Y en Josué 10:12-13 donde se dice que «el Sol se detuvo en medio del cielo”. La Biblia es parte constitutiva fundamental de la cultura de Occidente, luego era muy difícil que las nuevas ideas se aceptaran sin una buena justificación. En efecto, aceptar estas nuevas ideas era, pues, negar todas aquellas convicciones que hasta el momento habían orientado la vida de quienes vivían en esa época histórica. A pesar de ello, y por fortuna para el desarrollo de la ciencia, Galileo tuvo la valentía de lanzar su novedosa teoría y hubo personas que lo apoyaron. Incluso el cardenal Roberto Bellarmino y otros científicos que también hacían parte del clero católico estaban abiertos a la posibilidad de acoger la teoría heliocéntrica en el momento en que hubiera pruebas empíricas de su veracidad. El jesuita Cristóbal Clavius, famoso lógico y matemático, a pesar de que no aceptaba la teoría heliocéntrica, defendía el uso científico del telescopio que inició Galileo porque consideraba que sería un instrumento que beneficiaría el avance de la astronomía y que, probablemente, permitiría dirimir entre la teoría heliocéntrica y la geocéntrica.

Nótese que, al final de cuentas, la exigencia de la Iglesia Católica es de carácter científico: no divulgue sus hipótesis sin tener pruebas de que son verdaderas. Otros autores como Pietro Redondi, John Heilbron y Maurice Finocchiaro, coinciden con Sobel y contribuyen a revisar críticamente el mito de Galileo como héroe solitario enfrentado a una Iglesia oscurantista. Lo que hubo fue, dicen ellos, una tensión entre la nueva ciencia y una institución preocupada por la autoridad, la estabilidad doctrinal y la prudencia epistemológica.

Gedeón Prieto, mayo 2026


2 respuestas a “La Defensa de Occidente.XI

  1. ¡Qué buen artículo! Me gustó mucho cómo desmontas esos mitos históricos con datos bien fundamentados, sin rodeos y al grano. Está genial cómo explicas lo de la Edad Media para quitarle esa etiqueta de época oscura, y el toque de realismo que le das a los casos de Galileo y Giordano Bruno. ¡Te la rifaste con el texto, de verdad da gusto leer algo tan bien armado! Un abrazo

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