Indigno

En la novela East of Eden de Steinbeck, Cathy Ames es un personaje complejo, ha sido prostituta y acaba gerenciando un burdel que, en la adaptación de la novela hecha en Netflix, se parece más a un cabaret en el que hay unas señoritas que ofrecen favores sexuales, así eran los burdeles.  Los “caballeros” van a Kate’s a pasar un buen rato, hay shows, y claro señoritas que ofrecen servicios sexuales.  Todas las trabajadoras vienen en la casa de Kate y forman una comunidad alegre.

En Bogotá en el siglo pasado hubo dos burdeles de renombre, el primero el Rosedal, de propiedad de doña Carlota Soto que operó durante la primera mitad del siglo.  En él se reunían los “caballeros” bogotanos, incluidos ministros de Estado y hasta un primer designado, que era el “vicepresidente” en aquellos tiempos.  Contaba mi madre, que estando, en el Jockey Club, un caballero bogotano, resolvió irse de “farra” con unos amigos y amaneció fuera de casa.  Había dicho a su esposa que se iba de cacería.  Amaneciendo recordó el asunto de la cacería y le pidió al portero del lugar en donde se encontraba, que mandara a la plaza a comprar unos patos y se los llevaran a la señora, con tan mala suerte que el “propio” encargado del “encargo» (SIC) llegó a casa de la señora arriando una docena de patos vivitos y coleando, diciendo “mi señora, aquí le manda su marido”.  Suponía mi madre que el caballero habría amanecido en El Rosedal.  Uno de los clientes del Rosedal fue amante de la propietaria del burdel, la señora Carlota, con quien tuvo una hija, que fue adoptada por él y su legítima esposa y llegó a ser una importante figura de las artes en Colombia.  En la segunda mitad del siglo El Rosedal fue reemplazado por el burdel que gerenciaba doña Blanca Varón.  Una crónica de El Tiempo sitúa la actividad asociada al establecimiento de Blanca Varón alrededor de 1965, en el sector del antiguo cine Ayacucho, cerca del Palacio Presidencial. El artículo relata que circulaba la leyenda de que un presidente llegaba allí después de salir del Palacio, incluso saltando por las ventanas. No identifica por sí solo de manera concluyente al protagonista de esa anécdota.  No vale la pena dar nombres.

Resumo, los “caballeros” bogotanos y de otras regiones frecuentaban, hasta bien entrado el siglo XX, 1965, casas de lenocinio o burdeles de lujo.  Allí había tertulia, francachela y seguramente comilona.  La gente sabía y no importaba de a mucho.

Entre 1993 y 1998, ante el avance del VIH/SIDA, en África los programas de mercadeo social de anticonceptivos que venían funcionado desde mediados de la década de 1980, cambiaron el énfasis hacia la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y del VIH, básicamente nos dedicamos a vender condones.   El esfuerzo mayor se centró en la distribución, había que ofrecer condones en todos los pequeños comercios en donde se vendían cigarrillos y gaseosas y las campañas de publicidad tenían como objetivo primario a dos grupos de alto riesgo, las trabajadoras sexuales y sus clientes.  Para afinar el “mensaje” se realizaban entrevistas en profundidad y sesiones de grupos focales. El análisis de los grupos focales y de las entrevistas nos dio información muy valiosa sobre el comercio sexual.  En Tailandia e Indonesia participé en una serie de entrevistas con trabajadoras sexuales que se llevaban a cabo en sus lugares de trabajo, burdeles y salsas de masaje.

Las mujeres de hoy, en su gran mayoría, consideran todo tipo de trabajo sexual como un acto de explotación y sin querer queriendo, como dice el Chavo, terminan estigmatizando la profesión.  La agenda feminista ha llegado a buscar la prohibición de la prostitución. La mayoría de las trabajadoras sexuales lo hacen porque no tienen otra forma de cubrir sus necesidades fundamentales y en muchísimos casos las de sus hijos, pero, hay un grupo de trabajadoras sexuales de estratos más altos que lo hacen por otras razones, en la mayoría de los casos porque les permite acceder a bienes de lujo, completar una carrera profesional o acercarse a personas poderosas. En ese grupo de mujeres están la mayoría de las que se conocen como las prepagos que ofrecen sus servicios a través de páginas de internet y que se contratan por medio de las redes sociales.

En los tiempos del Rosedal, los señoritos que lo frecuentaban no eran objeto de críticas.  En el caso del presidente que se volaba por la ventana para ir a donde Blanca, la cosa le parecía a la gente, más bien chistosa.  Hoy en día, para un importante segmento de la población “irse de putas”, como dicen los españoles, es criticado.  Pero sólo criticable, y en el caso de señores ya entraditos en años, el epíteto es “viejo cochino”.

Trump es un viejo cochino.  El exministro de transporte del gobierno del PSOE en España, José Luis Ábalos es un viejo cochino.  Y cuando Petro se fue a un puticlub en Lisboa o cuando se perdió en el Bosque de Bolonia en París, quedó como un viejo cochino.  El prestigioso golfista Tiger Woods, quedó como un viejo cochino cuando se supo que sufría de una adicción a las prostitutas.

En mi vida africana, aprendí dos o tres cositas.  Una es que, las trabajadores sexuales, que lo pueden controlar, prefieren los clientes fieles a ellas, y su sueño es la exclusividad, un solo cliente que pague todas sus necesidades.  En esos casos relataba una de ellas que “trabajaba” como independiente en el bar del Hotel Sheraton en Kampala, los mejores cliente son los adictos, que las buscan todas las noches y que buscan relaciones románticas, “the boyfriend experience” decía.  El suggar daddy le dicen al hombre mayor que “mantiene” a una mujer mucho más joven, esa es una relación exclusiva, y generalmente la mujer no siente que se está prostituyendo y claro esa es la aspiración de todos los viejos cochinos.

Bueno y ¿uno que hace con todo este guardado de información cuando aparecen las acusaciones de Deisy Jiménez sobre el líder de la banda criminal PH?

Unas cositas que decir:

Todo parece indicar que en este caso el sancocho de delitos y conductas inapropiadas toma dimensiones intergalácticas acordes con los sueños del líder de la banda criminal PH.

Las conductas inapropiadas

Empecemos diciendo que pase lo que pase Petro se graduó de viejo cochino hace rato, con todo el rollo de las mariposas, pero esas eran tres. 

En su delirio de grandeza el líder de la banda sufre de varias adicciones. 

Parece que es adicto a la cocaína, según Deizy. 

Es adicto al sexo pago.  Eso es bastante prevalente entre los clientes frecuentes de los servicios de las trabajadoras sexuales.  El adicto al sexo con prostitutas alimenta su necesidad de adulación pagando por el simulacro de “romance” que produce la “boyfriend experience” y que lo lleva a pagar lo que no consigue en sus aspiraciones de seductor irresistible.

Según las denuncias, el presidente no se «voló» sino que llevó el burdel al palacio presidencial.  El líder de la banda criminal PH en su angustiosa necesidad de satisfacer sus adicciones perdió todo respeto por la dignidad.  Ni los viejos más cochinos llevan a las putas a la casa donde viven con su familia, o lo que queda de ella.  Para eso se inventaron las “casas chicas” que llaman los mexicanos.

Y las ilegalidades

Una sola y fundamental, les pagaba a sus proveedoras con los impuestos de sus conciudadanos a través de las famosas OPS, y claro, como todo líder de banda criminal que se respeta el pago lo hacían sus cómplices, nunca él.  Y todo esto conocido por los más prestantes miembros de la banda.

¡Por eso sale a decir que él nunca ha pagado por sexo, porque el pago lo hacíamos nosotros!

Juan M Urrutia, octubre 28


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