Se calentó la vaina

Diego caricatura en X

Cuando me fui a estudiar a Francia de 20 años, en Colombia no le daban cédula sino a los mayores de 21.  Saqué mi cédula, a mi regreso, en septiembre de 1974.  Por tanto, la primera elección presidencial en la que voté fue en 1978 por Belisario Betancur y desde entonces he votado en la mayoría de las elecciones y plebiscitos que se han realizado y puedo decir que nunca voté por un candidato de ninguno de los dos extremos y que cuando no me gustaba ninguno, nunca voté por el menos malo, eso sí, en blanco varias veces.

Desde noviembre de 2025 empecé a expresar mi apoyo a la candidatura de Sergio Fajardo que con el tiempo se fue diluyendo en un mar de soberbia y egolatría del candidato.

Y a yo me fue dando el emberracamiento.

Primero no entendía que los colombianos y las colombianas y les colombianes no estuvieran apoyando masivamente a un señor decente, moderado, cuyas propuestas eran concretas y cuyas ejecutorias como gobernador y alcalde hablan por sí solas.  Encabezado por Fajardo, el centro se fue duyendo.

Ante el riesgo de la polarización absoluta, extrema izquierda versus extrema derecha, los ilusos que todavía ceríamos en ese “centro” que se iba esfumando, esperabamos que se lograra alguna forma de unión de la oposición no extremista.  Tanto Paloma Valencia como Claudia López invitaron a Fajardo a participar en sendas consultas con el compromiso de sellar una coalición en la que el ganador de la consulta sería el candidato a la presidencia, el segundo el candidato la vicepresidencia y TODOS los participantes se comprometían a apoyar esa fórmula.  Ingenua, Paloma creyó que la traicionera oportunista Vicky Dávila haría algo que nuca supo hacer, jugar limpio.  Fajardo dijo que no. 

Entendí que Fajardo y la poca gente que lo acompaña, sienten que son mejores que todos y todas y todes y que los colombianos, las colombianas y les colombianes, les otres, tienen la obligación de reconocer que “él es el putas de aguadas” y elegirlo presidente. 

Chao pescao, está a tres doritos de no llegar al umbral, que serían unos 880.000 votos, el 4% de 22 millones.

Claudia López ha sido una candidata valiente, pero ¡no la quieren!

Tras la consulta de marzo, cuando Paloma Valencia escogió como compañero de fórmula a Juan Daniel Oviedo, sentí que esa propuesta se acercaba a mis ideales.  La candidatura de Paloma/Oviedo despegó con ímpetu, pero se estancó.

De Petro se ha dicho de todo, que es adicto a no se sabe qué sustancias, que es desordenado.  Digan lo que digan la historia va por otro lado.  A Gustavo Petro no le gustan las coaliciones sino para ganar elecciones y no le gusta la democracia sino para tomarse el poder.  Prefiere gobernar con rufianes y rufianas que no piensen mucho o que piensen como él, si es que alguien puede llegar a entender cómo piensa el man.

Peló el cobre y cambió el chip y el discurso con el que había engañado a las colombianas, a los colombianos y a les colombianes desde que llegó a la política.  En cada oportunidad que se le ha presentado ha renegado de las promesas “democráticas” de sus campañas.

Combinó las tesis del comunista italiano Gramsci con la concepción del rey Louis XIV “ el Estado soy yo” para apuntalar su ególatra visión personal de la “dictadura del proletariado”, “Yo soy el pueblo”.  Y con esa visión ha iniciado una guerra cultural que busca imponerla. En su grandilocuencia considera que él es el único interprete de las necesidades del pueblo y que él es el único capaz de satisfacerlas.  Y ha gobernado con ese discurso anti empresa, anti instituciones, rodeado de rufianes que asaltan el erario y de áulicos que lo despluman para repartir “subsidios”. Al final lo único que buscan es mantener a ese pueblo, del que se sienten los ungidos, pobre, sometido y enrabietado contra los “malos”.  A quienes lo cuestionan o a quienes pretenden hacer valer el equilibrio de poderes y los pesos y contrapesos que garantizan la prevalencia de la democracia en un Estado moderno, los califica de enemigos del pueblo, fascistas, narcotraficantes, caníbales y genocidas.

Con el centro en manos de un ególatra displicente, el presidente desata esa guerra cultural de la que espera los réditos necesarios para mantener esa dictadura con la que sueña desde que empuñó las armas en su aventura guerrillera.

Surge entonces el fenómeno de Abelardo de la Espriella que interpreta, con una impresionante capacidad histriónica y con un discurso seductor, el pensamiento de los ideólogos libertarios.  A esa izquierda extrema corrupta y violenta no se le derrota sino desde la derecha.

A una semana de elecciones, varias encuestas, claro está cuestionadas por quienes no salen bien librados, muestran un escenario apretado entre los candiatos de los extremos. Los demás no parecen tener muchas posibilidades

Petro llevó a Colombia al escenario de la batalla cultural siguiendo el decálogo de Gramsci, y en ese escenario, la “superioridad moral” de Fajardo y la falta de definición de Paloma le cedieron el lugar a Abelardo de la Espriella. Hoy muchos sienten que esa batalla cultural hay que ganarla.  Ya no se vale el argumento del voto útil, o del voto a consciencia, hay que tomar partido y votar por el que puede derrotar al enemigo, porque en esa batalla cultural ya no hay rivales sino enemigos.

Yo todavía no me decido si voto por Abelardo.

O por Archibaldo el superhéroede de Plaza Sésamo

Juan M Urrutia, mayo 26


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