
A modo de introducción; La Cucharada normal es de unas 1.200 palabras, esta va para las 2.600. Ofrezco disculpas. Si le parece muy larga le puede aplicar lectura rápida a los párrafos que son memorias.
El columnista invitado de La Cucharada, don Gedeón Prieto, prestigioso abogado, oriundo de San Garabato de las Tunas nos advertía en sus primeros escritos de la serie en progreso, La Defensa de Occidente, que los dos enemigos jurados de la cultura occidental son la izquierda y el Islam. Desde hace rato también, los movimientos políticos de derecha en Europa vienen «advirtiendo» sobre el avance del Islam. Sin querer competir con Gedeón y aprovechando que el asunto da para portada del Economist, con el título “Verdades y Mentiras sobre el Islam en Europa” me atrevo a meterme en la conversación.
Empiezo refiriéndome a mis experiencias en el mundo musulmán.
En 1971 me fui a estudiar a Lyon en Francia, en realidad el INSA, la universidad a la que entré estaba ubicada en un suburbio de Lyon llamado Villeurbanne en un complejo universitario en donde había varias facultades de la universidad de Lyon, un conjunto de residencias y de comedores universitarios llamado Jussieu, un complejo deportivo, el INSA que tenía un campus grande con sus propias residencias, 9 edificios de 5 pisos para unos dos mil quinientos estudiantes, 2 comedores, campos deportivos, piscina, varios auditorios el mayor de los cuales tenía espacio ara unas 1000 personas. El INSA colindaba con un cementerio de guerra en el que había cientos de cruces blancas, que era el paisaje de mi habitación el primer año; y con una escuela técnica que se llamaba el Instituto Técnico Superior. En Francia en 1971 ya comenzaba a haber un grupo significativo de personas de origen magrebí, a quienes los blanquitos racistas franceses llamaban “les arabes”. Eran ciudadanos franceses. Esa fue tal vez la primera generación de hijos de inmigrantes nacidos en Francia. Extrañamente en el INSA no había una población significativa de magrebíes, en cambio en las facultades y en el instituto técnico sí. En tres edificios de residencia del INSA había unos “bares”, en donde se servía café, cerveza y refrescos, unos sándwiches de jamón o de queso o unas salchichas calientes que son el equivalente del Hot Dog pero preparadas insertando una salchicha hervida caliente en media baguette a la que se le ha hecho un orificio con un chuzo caliente. Había una máquina de Pinball y acostumbrábamos a jugar Bellote Y Tarot que eran dos juegos de cartas muy populares entre los estudiantes. Abrían a las seis de la tarde y cerraban a las 10 de la noche de lunes a viernes y los sábados hasta las 11 de la noche. El bar de una de las residencias de los primíparos que era el bloque B, quedaba cerca del instituto técnico y varios estudiantes del Instituto aprovechaban para tomar un café, o una cerveza, o varias y jugar una partida de Pinball. Los “árabes” no eran de buen recibo, los consideraban conflictivos, racismo puro y duro.
En el INSA había una significativa población de extranjeros, la mayoría provenientes de los países de África francófona como Senegal, Mali, Niger, Costa de Marfil, también había de las islas de Guadalupe y de Martinica. Los africanos no se mezclaban mucho con los “blanquitos”, pero en ese caso no se sentía el racismo tan marcado. En primer año jugué básquet en el equipo de los primíparos, competíamos con las otras universidades de la zona, en el equipo había dos jugadores, un marfileño de apellido Belleville que medía un metro noventa y un tipo fuertísimo de la Isla de la Reunión que no dejaba perder un rebote, el que se le acercara rebotaba. Yo era, como en el colegio, el “palomero”, jeje. Bellevile era musulmán, lo descubrí cuando fuimos a celebrar después de ganar nuestro primer partido a un bistrot que quedaba cerca del INSA que se llamaba La Gauloise en donde yo trabajé desde el enero de 1972, cuando llevaba cuatro meses en el Insa, hasta mi regreso a Colombia. Belleville pidió una “Orangina” y un sándwich de queso, no cerveza ni jamón o salchicha que eran de cerdo. Fuimos bastante amigos. Yo había conseguido un par de discos de música afrocaribeña en la FNAC que compartíamos, Belleville y sus cuates africanos era un poco mejor aceptados que “les árabes”, pero con distancia.
Resumo, en la Francia de 1971 yo encontré un marcado racismo que se expresaba mayormente hacia la población magrebí.
Volví a tener contacto con la cultura musulmana en Tunez en 1991. El otro lado de la moneda, en ese tiempo. Pasé tres semanas en una misión de USAID. Descubrí el verdadero Islam, y el verdadero cuscús, el llamado a la oración, en la madrugada y luego cuatro veces más en el día, todos los días. Al comienzo sorprende, luego incomoda y uno se acostumbra, acompaña y hasta hace falta cuando uno viaja a un lugar en donde no está presente. También me encontré con una distante amabilidad, especialmente por parte de las mujeres.
En el equipo del que hacía parte había una mujer estadounidense joven y atractiva que alguna vez me pidió que la acompañara a hacer una compra, me dijo “no me trevo a salir sola, las miradas de los hombres son intimidantes”, esa misma frase me repetiría mi hijastra años más tarde 2016 cuando ocupaba el cargo de cónsul general de Colombia en Marruecos. Frase que seguramente repetirán muchas mujeres en muchos lugares de Europa hoy en día.
Luego vino Marruecos, en donde viví muy a gusto entre 1996 y 1998. Tuve amigos y amoríos en Marruecos. Uno muy especial, Khalid Aliwa, que trabajaba como asesor de los programas de mercadeo social que yo dirigía. Musulmán moderado, pero entendido, conocía el Corán y sus interpretaciones podía recitar las Ayahs (equivalente a un versículo en la Biblia ) y Suras (o Surwar) que son los capítulos del Libro. A mí personalmente me ayudó a superar una crisis compleja con unos clérigos (“Mulás”) que se oponían a la instalación de unas vallas de promoción de condones en Mali. A Khalid le escuché por primera vez una interesante explicación sobre la diferencia entre musulmanes e islamistas. Los últimos siempre fueron considerados como enemigos del régimen marroquí, que, en ese tiempo, por lo que a mí me consta, era un régimen autoritario y policial; se decía que el hombre más poderoso del régimen, después del rey Hassan II, era el ministro del interior y jefe de la policía secreta. En Marruecos mi vida social se desarrollaba básicamente con una comunidad de expatriados, la mayoría franceses jóvenes, pretendían que no, pero eran bastante excluyentes y racistas. Las mujeres no salían solas ni forzadas, mezcla de temor y desprecio.
Allí pude ver varias caras del mundo musulmán. Conocí y admiré el pasado de la cultura musulmana que hasta entonces no había sido un asunto que me interesara. Conocí el refinamiento de los marroquíes, su maravillosa gastronomía y la belleza de lugares como Fez, para mi uno de los más bellos del mundo. También, vi a los marroquíes tomando te o café, sentados en los “cafés” (SIC) mirando lascivamente a cualquier mujer que pasara por la calle, “descubierta”, las mujeres marroquíes no se tapaban entonces sino en tiempos de Ramadán. Entendí que, definitivamente, en Marruecos las mujeres musulmanas son ciudadanas de segunda y las “otras”, ni eso. Es muy difícil que una extranjera se sienta bien. Supongo que eso se repite hoy en día en las comunidades europeas en las que la mayoría de la población es musulmana, y aún peor si hay radicales islamistas, para quienes las mujeres extranjeras son fundamentalmente despreciables.
En esas dos interacciones, sobre todo en la segunda, aprendí dos cosas, los europeos pueden ser muy WOKE, muy liberales, pero son, en su mayoría, racistas; sólo que les da pena y lo esconden. Los musulmanes son igualmente “racistas”, aunque ese vocablo, para la cultura WOKE, no es sino para los blancos, capitalistas y heteropatriarcales. También aprendí que, desde el moderado Marruecos hasta los extremos de los países de la península arábica, el sentimiento general de la población es por la “causa árabe”, sobre todo frente a Israel y la cuestión palestina, pero también con el Líbano o con el Irak de Hussein.
Entre 2004 y 2010 estuve en África, vivía en Suráfrica y tenía que viajar a varios países musulmanes. Pero lo más significativo es que conmigo en la oficina de al lado trabajaba una mujer musulmana que llegó a ser un apoyo fundamental para mi gestión como director del programa. Ella se ocupaba de las relaciones con los gobiernos e impulsaba la agenda “política” de los programas de lucha contra la malaria. Tenía el respeto de toda la comunidad internacional. Halima Mwenessi se llama y me mostró la cara más amable, más consideraba y menos conflictiva de la religión musulmana y de la cultura musulmana. Una persona maravillosa, keniana, casada con un prestigioso abogado católico y con unos hijos fantásticos que no eran para nada radicales. Ella profesa su fe y su religión sin aspavientos. Discretamente, cada día cerraba la puerta de su oficina para hacer sus oraciones y ayunaba todos los viernes. Varias veces utilizó pasajes del Corán para explicarme algunas cosas.
Luego la vida me llevó a Afganistán, en dos ocasiones, pasé en total 9 semanas en Kabul. Conocí el pavor que le producía a los afganos que se sentían liberados ante el posible regreso del Talibán. La otra cara, el extremismo islamista en su peor versión. Volvieron y ya sabemos lo que ello ha significado para las mujeres en ese pobre país. Estando en Afganistán, me enteré por conversaciones con pakistaníes que trabajaban en Kabul, que el islamismo se ha ido tomando a Pakistán. Decían que las fuerzas armadas pakistaníes apoyan las facciones más radicales y que se hacen los de la vista gorda con el tráfico de opio y de heroína que vienen de los cultivos de amapolas en Afganistán. Me decía uno de ellos que son millones de dólares que se lavan en los bancos de los emiratos. “El avance del islamismo radical se apoya en recursos de “dudosa proveniencia” y es financiado por debajo de la mesa con petrodólares” sentenciaba.
Entre 2016 y 2023 no me ocupé de a mucho con asuntos relacionados con el Islam. Llegó el ataque de octubre de 2023, que yo creo fue permitido por Netanyahu, quien había sido prevenido, y el mundo entero volvió a ocuparse de la cuestión palestina, y esta vez en medio de la “batalla cultural”.
La desmesurada, muy criticable y criticada reacción del estado de Israel contra Hamás y contra Hezbollah despertó una igualmente desmesurada reacción del progresismo que se ha traducido en un muy notorio antisemitismo y una ausencia de críticas serias al terrorismo auspiciado fundamentalmente por Irán en su deseo de destruir a Israel. La defensa de la “causa palestina” es una posición “sexi”, pasearse creyendo que se está vestido como los “palestinos” cuando se está disfrazado de miembro de Hamás es bien visto.
Y en medio de la polarización que producen estos eventos, la religión musulmana ha quedado en sándwich.
Alimentado por la violencia de la respuesta de Israel, el radicalismo islámico se ha ido infiltrando en el discurso de los progresistas WOKE de occidente, la bandera de palestina se ha vuelto el sello de “calidad” progre en las redes sociales. Celebridades en busca de likes ondean la bandera palestina y consideran digno de cancelación cualquier comentario sobre la barbaridad de los ataques de Hamás o de Hezbollah o de los Houties de Yemen. Los desmanes de jóvenes desadaptados de origen magrebí en España son considerados parte de la libre expresión y el libre desarrollo de la personalidad. Aunque no son frecuentes, los actos de violencia contra las mujeres por parte de jóvenes musulmanes no son juzgados ni castigados con el mismo rasero. Mientras en el mundo árabe y en Irán las mujeres se lo quitan en son de protesta, las feministas “blanquitas” defienden el hiyab, símbolo de la opresión de la mujer en el Islam. Y para rematar la cultura progre WOKE ha desarrollado un discurso que sostiene que la migración es un derecho humano y que por ende no hay inmigrantes ilegales. Algunos gobiernos, como el corrupto primer ministro español y su partido han acogido el discurso islamista en busca de los votos que su inepta gestión le han quitado entre los “españoles”.
En respuesta, la derecha, y sobre todo la extrema derecha, han asumido un discurso racista, anti islam y anti inmigración que “le suena” a los europeos, cansados de las actitudes de una minoría islamista. Ello explica, por ejemplo, la popularidad de partidos como la Agrupación Nacional de Marie Le Penn en Francia, Vox en España y el AfD en Alemania. El discurso ha ido calando entre los europeos. El relato del reemplazo étnico se hace cada vez más popular. Con la ayuda de la IA, en las redes sociales circulan con frecuencia falsas imágenes de “tomas” musulmanas de parques públicos, plazas y avenidas, convertidos en lugares de oración.
A mí las matemáticas no me cuadran para aceptar la tesis del reemplazo étnico. Las TGF (Tasa Global de Fecundidad) de las mujeres “extranjeras” es más alta que las de las mujeres “locales” en muchos de los países, pero no alcanza. La población musulmana es el 10% del total en Francia, el 7% en Alemania, el 6% en la Gran Bretaña y el 5% en España.
Y ¿entonces cuál es el riesgo y cuál es el miedo?
Sostiene el Economist que “Europa no enfrenta una toma por parte del Islam, ni una radicalización masiva de los musulmanes ni que su cultura sea borrada. Como nuestro reporte lo muestra, no existen zonas prohibidas, la “sharía” no está infiltrando las legislaciones nacionales y en ninguna parte está sucediendo un gran reemplazo demográfico” (The Economist, Verdades y Mentiras sobre el Islam en Europa, septiembre 10, 2026) (traducción mía).
Yo tiendo a estar de acuerdo con la revista inglesa, lo que me ha llevado a intensas discusiones con Gedeón, con quien afortunadamente soy más amigo que cualquier otra cosa.
Mi desacuerdo se fundamenta en mis conversaciones con Halima Mwenessi y con Khalid Aliwa a quienes mencioné arriba. El riesgo real para occidente y también para los musulmanes es el islamismo. Sencillamente dicho, una cosa es el Islam que es una religión y otra el radicalismo islamista que es una ideología. El Islam no choca con la cultura occidental.
Coincido plenamente con las tesis del Economist que sostienen que: el verdadero peligro está en la confrontación del islamismo y el extremismo de extrema derecha que se promueve en las redes sociales. Desafortunadamente, el progresismo WOKE no ha querido aceptar los retos que presenta el islamismo, es decir la radicalización ideológica que pretende que el Estado debe imponer los principios del Islam. La izquierda europea ignora esa amenaza en busca de votos y los políticos de centro miran para otro lado por temor a ser calificados de racistas.
Esta dinámica es perjudicial para las democracias liberales de occidente, no porque se las vaya a tomar el califato, sino porque al desconocer y dejar de enfrentar al islamismo, las izquierdas y los políticos de centro le dejan el campo libre a la paranoia de la extrema derecha lo que frenará en progreso de la integración y podría coartar las libertades individuales que son la esencia de la cultura de occidente y de las democracias liberales
Y aquí para terminar le doy la razón a Gedeón: el peor enemigo de la cultura de occidente y de las democracias liberales, que tanto trabajo ha costado construir, es la izquierda que tolera el islamismo porque de ello esperan obtener réditos electoreros.
Termino y me voy a celebrar. ¡La JEP, por primera vez llama a un individuo que no hacía parte del mando a responder por delitos de lesa humanidad y se trata ni más ni menos que la proxeneta, violadora y asesina Sandra Ramírez! ¡Vamos!
Juan M Urrutia, Sept 18