
Pero lo que hace Lemaître es todavía más asombroso. Tomó ecuaciones de la Teoría General de la Relatividad de Einstein y derivó de ellas matemáticamente –es decir, aplicando las reglas de deducción de la matemática y de la lógica aristotélica–, otras ecuaciones. Al interpretar físicamente estas nuevas ecuaciones, es decir, al establecer qué significan las relaciones entre las variables matemáticas en términos de sus referentes físicos, Lemaître afirma que el universo no podía encontrarse en un estado estacionario. Esta era una idea totalmente inédita y totalmente contraria a la experiencia, pues quien observaba el cielo permanentemente y metódicamente podía tener la impresión de que su apariencia es inmutable.
Concretamente, en 1927 el matemático y astrónomo belga publicó un trabajo en el que afirmó que, de las ecuaciones derivadas de las de la Teoría de la Relatividad, se deducía la hipótesis de que las galaxias se están alejando unas de otras, lo que significa que el universo está en permanente expansión. Esta hipótesis era totalmente contraria a la del Estado Estacionario (apoyada por Einstein) que significa que las galaxias, las estrellas y los planetas se mueven con unos patrones que son constantes y que el tamaño del universo es siempre el mismo.
Lo que afirmaba Lemaître, así como lo que afirmaba Galileo en su época, no era todavía observable. Einstein, entre muchos otros, se negaba a aceptar la hipótesis del sacerdote belga. Se cuenta que en alguna ocasión, cuando Lemaître le expuso a Einstein su trabajo, éste le dijo: “padre Lemaître: su matemática es prodigiosa, pero su física es abominable”.
En 1929, dos años después de la publicación de Lemaître, Edwin Hubble publicó un trabajo en el que reportaba algunas observaciones que Vesto Slipher y él habían hecho. Para explicar qué fueron los hallazgos publicados por Hubble, es necesario entender qué son las líneas espectrales de la luz emitida por un cuerpo incandescente como son las estrellas.
Cuando la luz de las estrellas captada por un telescopio se pasa por un espectrógrafo, se obtiene algo así como un código de barras de colores que nos dice, entre otras cosas, de qué está hecho el cuerpo que emite la luz. Cada elemento influye en el color de cada una de las barras de colores. El helio es responsable de una de las barras, el hidrógeno de otra y el hierro de otra, por ejemplo.
Hubble comparó el espectro producido por la luz del Sol con el espectro producido por elementos químicos en el laboratorio con lo que pudo establecer qué elementos constituyen al Sol. Comparó después el espectro del Sol con el de muchas otras estrellas de nuestra galaxia y constató que ellas están compuestas más o menos de los mismos elementos del Sol. Pero cuando observó estrellas de galaxias muy lejanas constató que sus espectros presentaban colores que tendían más hacia el rojo que hacia el violeta que son los dos extremos del espectro. ¿Qué quería decir esto? Una de las respuestas a esta pregunta es que esas estrellas estaban compuestas de elementos diferentes a los del Sol y las demás estrellas hasta el momento estudiadas. La otra respuesta es que esas estrellas están compuestas con los mismos elementos que las demás, pero se están alejando de la Tierra y por el fenómeno conocido como “efecto Doppler” la luz se altera y se desplaza hacia el rojo.
Desde luego, la hipótesis más parsimoniosa es la segunda: las estrellas de las galaxias más lejanas están hechas de los mismos elementos de las demás y se están alejando. No hay una buena razón para pensar que las estrellas de las galaxias lejanas estén hechas de elementos químicos diferentes de los conocidos. Ahora bien, lo realmente asombroso es que esta hipótesis en congruente precisamente con las deducciones de Lemaître. Hoy en día, todo el mundo científico está de acuerdo en que el universo se expande y en que la velocidad con que lo hace es colosal.
Si es cierto que el universo se expande, dijo Lemaître, entonces también es cierto que el tamaño que éste tiene hoy es mayor que el que tenía ayer, o que el que tenía hace cien años o mil años y mucho mayor que el que tenía hace cien millones de años. Entonces cabe preguntarse: si vamos poniendo en la ecuación tiempos que se encuentran más y más hacia el pasado, ¿a dónde llegamos? Si se toma como valor de la variable tiempo uno de hace trece mil quinientos millones de años, se obtiene que el universo, en ese momento, era infinitamente pequeño; toda su energía-masa[2] estaba concentrada. Esa es la regresión máxima que se puede hacer. Este valor para la regresión de estas ecuaciones implica que es necesario aceptar que antes de esos trece mil quinientos millones de años ni el tiempo ni el espacio existían. Unas millonésimas después de ese tiempo cero, esa energía extraordinariamente concentrara empieza a expandirse y hoy esa expansión continúa. Con la expansión empieza a tener sentido hablar de tiempo y espacio; como lo hemos dicho, antes no.
Lemaître llamó a su teoría la Teoría del átomo primitivo o Teoría del átomo cósmico. En una transmisión de la BBC de Londres en la que se discutía acerca de este tema, Fred Hoyle, un defensor de la Teoría del estado estacionario llamó, burlonamente, a la Teoría del átomo primitivo, la Teoría del Big Bang, y con ese nombre se conoce hoy.
Tenemos, pues, que de una ecuación (que es una forma de escribir las relaciones que existen entre los valores de las medidas de ciertas magnitudes físicas), se deducen otras que, interpretadas según ciertas reglas, describen un determinado estado de cosas del mundo real que, hasta el momento, nunca ha sido observado. Cuando se dan las condiciones apropiadas para hacer la observación pertinente, se constata que lo predicho por la ecuación derivada, se cumple. Esta forma de razonar se repite una y otra vez entre los investigadores científicos de Occidente.
Ahora bien, lo que resulta realmente importante para la defensa de Occidente, es que esta forma de razonar ha viabilizado un desarrollo científico y tecnológico tan asombroso como inédito en la historia de la humanidad. Las aplicaciones del conocimiento allegado con esta forma de pensar, han cambiado de una forma radical la vida de la humanidad.
En efecto, tenemos, en primer lugar, que en los últimos trescientos años los seres humanos han incrementado su esperanza de vida que, a principios del siglo XVIII se encontraba entre 25 y 30 años, dependiendo del lugar, para encontrarse actualmente entre los 70 y 72 años de edad. Este es el resultado de las aplicaciones de la ciencia y la tecnología occidentales al área del conocimiento biológico. Los nuevos medicamentos, la vacunas, los procedimientos médicos asistidos por instrumentos de alta tecnología que permiten diagnósticos clínicos certeros y técnicas quirúrgicas eficaces, han hecho posible una disminución considerable de las muertes infantiles y de las materno infantiles, de las muertes por infecciones y por pandemias.
Los aparatos de medida de fenómenos atmosféricos que rastrean desde satélites que orbitan alrededor de la Tierra han permitido desarrollar métodos de vigilancia para predecir huracanes, vendavales o tormentas, lo que permite alertar a las ciudades y comunidades para que tomen medidas que puedan mitigar los efectos de estos fenómenos y evitar las muertes que en el pasado han causado.
En segundo lugar, la pobreza disminuyó de manera dramática. En el siglo XVIII, el 90% de la población mundial se encontraba por debajo de la línea de pobreza y sólo el 10% la superaba con un porcentaje muy pequeño de personas que vivían en la opulencia. Hoy esta proporción se ha invertido: el 90% de la humanidad está por encima de la línea de pobreza y sólo el 10% está por debajo de ella. Esto es el efecto, entre otras variables, del uso de máquinas y de máquinas herramienta construidas con el uso del conocimiento de la física, el uso de la tecnología derivada del conocimiento de la química y el uso de los conocimientos de la agronomía, entre otros. En efecto, las aplicaciones tecnológicas mencionadas, han permitido incrementar prodigiosamente la producción de alimentos y la reducción de sus costos. Han permitido la purificación y filtrado del agua y su transporte seguro hasta los hogares. Así mismo, ha permitido el saneamiento ambiental.
En tercer lugar mencionaré el desarrollo de la informática y el inmenso impacto que ha tenido en la vida de toda la humanidad; incluso de aquella porción que, según se dice, no razona como Occidente[3]. Alvin Toffler bautizó este cambio en los años 80 del siglo pasado como “La tercera ola”: el paso de la sociedad industrial (producto de la revolución industrial o “Segunda ola” según Toffler) a la sociedad de la información y el conocimiento. Marvin Minsky, también a finales del siglo pasado, hablaba en su libro “La sociedad de la mente” de este mismo fenómeno desde otra perspectiva. Las grandes construcciones científicas son el resultado de la contribución de una gran cantidad de mentes que trabajan en redes cooperativas. Estas redes se han vuelto extraordinariamente eficaces y eficientes con las comunicaciones rápidas y desde lugares muy alejados entre sí, que sólo son posibles con computadores y dispositivos construidos con circuitos con altos niveles de integración.
Una forma de comprender el cambio radical y profundo de esta tercera ola, es imaginar que, de un momento a otro, todos, absolutamente todos los computadores y todos los dispositivos construidos con circuitos integrados del mundo dejaran de funcionar. Nadie podría hacer retiros ni hacer ninguna otra transacción bancaria; todos los vuelos en todos los aeropuertos del mundo quedarían suspendidos y aquellos aviones que estuvieran en vuelo en ese momento muy probablemente perderían su rumbo y se estrellarían; todos los trenes y metros tendrían que detenerse al constatar que han perdido la comunicación con su centro de operaciones; en todos los hospitales quedarían suspendidos todos los procedimientos de diagnóstico y de intervención quirúrgica; los semáforos de todas las ciudades del mundo quedarían apagados y todos los automóviles quedarían atrapados en congestiones de tránsito; todos los teléfonos quedarían apagados y se produciría un caos por la angustia que produciría la imposibilidad de acceder al sistema de comunicación al que todos están acostumbrados. Sin duda, podría mencionar otros traumatismos que causaría el cese súbito de todas aquellas funciones asistidas por el computador y los circuitos integrados. Con las que he mencionado es fácil imaginar el caos que se produciría. Es fácil imaginar que incluso se producirían confrontaciones violentas que causarían varias muertes entre personas agobiadas por el caos que inevitablemente sobrevendría por la falta de computadores.
El pensamiento de Occidente nos ha llevado a un incremento de la esperanza de vida, a una reducción drástica de la pobreza y ha un cambio en la forma de vida que privilegia el pensamiento y el conocimiento. Pero, concomitantemente a estos aspectos que considero de importancia capital, es fundamental señalar que el desarrollo tecnológico producto de esa razón occidental ha mejorado la calidad de vida de, al menos, el 90% de la humanidad (aquellos que están por encima de la línea de pobreza). Una persona que vive en un barrio humilde que cuenta con los servicios públicos y un saneamiento ambiental básico, tiene una calidad de vida que los reyes europeos del medioevo o del renacimiento, o las cortes imperiales chinas o indias, no podían ni soñar. Piénsese, no más, que los reyes o emperadores tenían que garantizar el nacimiento de un número razonable de hijos para asegurar la continuidad de su dinastía, pues tenían que tomar en cuenta los hijos que irremediablemente iban a morir antes de cumplir los dos o tres años.