
En la entrega pasada describí someramente la forma de enseñar en las escuelas monásticas, las catedralicias y las primeras universidades. Esta didáctica buscaba forjar en los estudiantes una forma de pensar que fue característica en la corriente filosófica que se conoce como la Escolástica. Su objetivo fue ordenar, sistematizar racionalmente la doctrina cristiana, lo que suponía aclarar y defender las verdades de la femediante la razón y mostrar la compatibilidad entre ella y la revelación. Este proyecto implicaba integrar el saber heredado de la filosofía de Aristóteles, dentro de un marco de referencia cristiano.
Anoto brevemente que San Agustín, Boecio y el neoplatonismo fueron también muy importantes para sustentar la consistencia y armonía entre las verdades reveladas y las verdades a las que se llega por medio de la razón.
Antes de este “proyecto escolástico”, Aristóteles era visto por los pensadores católicos como un filósofo pagano y, casi que no era tenido en cuenta. San Agustín (que vivió entre el siglo IV y el V), por ejemplo, lo conocía poco. A Platón, en cambio, lo conoció bien, en parte, por la influencia que ejerció sobre él San Ambrosio que, sin ser un filósofo, era muy cercano a Platón. En efecto, Ambrosio cautivó a Agustín de Hipona con su predicación y su interpretación espiritual de la Biblia, porque le mostró que el cristianismo podía ser intelectualmente profundo y compatible con la búsqueda filosófica. Agustín lo admiraba por su serenidad, su disciplina, su autoridad espiritual; era un ejemplo de inteligencia y santidad, de amplia cultura y profunda fe, de firmeza férrea y caridad sin límite.
En el mundo cristiano católico europeo de la época el interés por Aristóteles se limitaba casi exclusivamente a su lógica formal. La gran mayoría de sus obras no circulaban y lo poco que se conocía se miraba con recelo. Fue mucho más conocido en la tradición siriaca cristiana por las traducciones al siriaco, en la tradición árabe musulmana por las traducciones al árabe y en la tradición bizantina griega.
Entre el año 800 y 1300, es importante anotar, fueron de gran importancia las traducciones al árabe que en los centros culturales de ciudades musulmanas como Kufa, Farab, Bagdad o Córdoba pensadores como Avicena (filósofo y médico iraní), Averroes (filósofo, jurista, juez y médico andalusí de Córdoba, hoy España), Al-Kindy (filósofo, matemático, médico músico y astrónomo iraquí) y Al-Farabi (filósofo, lógico y músico kazajistaní) hicieron de todas las obras que se conservaban de Aristóteles. Del árabe se hicieron traducciones al latín.
A pesar del poco interés y el recelo que hemos mencionado, es fundamental no olvidar la importancia que tuvieron las traducciones y comentarios de Boecio (pensador cristiano romano, filósofo y político que vivió entre finales del siglo V y principios del VI después de Cristo).
San Ambrosio murió en el año 397 después de Cristo y San Agustín murió en el 430 durante el asedio de los vándalos a la ciudad de Hipona de la que, en ese momento, Agustín era obispo. Este asedio es un hito importante que señala la crisis en la que se encontraba el Imperio Romano de Occidente. Poco después, en el 476, con la deposición de Romulus Augustulus por Odoacro, se considera que este Imperio llega a su fin, y con él se inicia el periodo de la historia llamado la Edad Media que termina con la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 cuando Mehmed II toma su capital, Constantinopla, y la convierte en Estambul la capital del Imperio Otomano. Al periodo llamado Edad Media le sigue el llamado Renacimiento.
Pero, ¿por qué estos nombres? ¿Por qué “Edad Media”? ¿Por qué “Renacimiento”?
Según los humanistas renacentistas y, especialmente, los filósofos de la Ilustración, los años comprendidos entre el 476 y el 1543 constituían un periodo algo oscuro que se ubicaba entre otros dos llenos de luz, de esplendor. El primer periodo de brillo y grandeza fue el de la filosofía clásica y, en general, de la cultura greco romana. El segundo fue cuando ese primer periodo renació, volvió a florecer, según se decía, después de más de mil años de oscurantismo, agenciado por el fuerte dominio religioso que imponía restricciones al libre desarrollo del pensamiento. Este constreñimiento resultaba, entre otras cosas, en un escaso avance científico. La actividad intelectual se limitaba a la difusión entre quienes pertenecían a una élite intelectual, de lo que se consideraba conocimiento que no fuera contrario a la fe religiosa, sin la posibilidad de criticar racionalmente y sometiéndose a lo que las autoridades religiosas determinaran. Quienes no pertenecían a esta élite que, mayoritariamente eran personas que no sabían leer ni escribir, permanecían en la ignorancia. Esto, para los renacentistas y los ilustrados, iba claramente en detrimento del avance de la ciencia, el arte y, en general, de la cultura.
Esta concepción de la Edad Media es bastante simplista y ha sido puesta en cuestión con argumentos apoyados en evidencias cada vez más numerosas y de mejor calidad. Sin lugar a dudas hubo conflictos entre las autoridades religiosas y pensadores que exploraban nuevas ideas que podían ser consideradas como heréticas. Había mucha intolerancia hacia ideas innovadoras en ciertos ámbitos de la sociedad. Las autoridades religiosas perseguían a los que consideraban herejes por pensar de una forma diferente a lo establecido. Se imponían límites a estas formas de pensamiento divergente que eran contrarias al orden social y religioso establecido o que se opusieran a alguna autoridad doctrinal. Pero esto no impedía que hubiera una inmensa cantidad de discusiones intelectuales intensas, muchas controversias teológicas y filosóficas en las que el método discursivo y discusivo escolástico se ponía en ejercicio. Ese marco cristiano en el que se circunscribía la filosofía y la filosofía natural (especialmente lo que hoy llamamos las ciencias como la física o la biología), era lo suficientemente amplio y comprensivo para que estos debates y discusiones pudieran darse.
Es interesante abrir un pequeño paréntesis para señalar las grandes similitudes entre la escolástica de las primeras escuelas y universidades de la cristiandad europea con las escuelas talmúdicas judías en las que se constituyen comunidades de debate que se dedican con especial gusto a la discusión sobre diversos temas de las leyes judías, a la interpretación de los textos sagrados y a la solución de problemas morales. Ambas tradiciones valoran el estudio de textos de autoridad, la argumentación en torno a objeciones y las respuestas a ellas, la búsqueda de coherencia doctrinal e interpretativa.
Tenemos, pues, que, si bien en la llamada Edad Media había restricciones, límites y persecuciones para quienes los trasgredieran, de ahí no se deriva que no hubiera discusión, argumentación y contra argumentación y los consecuentes cambios (en especial la eliminación de errores en las teorías científicas) que son el motor del progreso de la cultura de Occidente.
La idea de la Edad Media europea como un periodo oscuro, infértil, de estancamiento debido al predominio del pensamiento religioso católico introducida por los renacentistas e ilustrados —y hoy en día acogida y cultivada por los pensadores de las diversas izquierdas interesadas, entre otras cosas, en establecer un divorcio irreconciliable entre religión y ciencia—, es incompatible con una gran cantidad de acontecimientos y desarrollos filosóficos, científicos y tecnológicos de ese período que hoy se retoman después de haber sido minimizados e, incluso, escondidos.
El acontecimiento más importante que contradice este estereotipo simplista de la Edad Media lo hemos mencionado ya: la institucionalización de las escuelas monásticas y catedralicias y las primeras universidades que se derivaron de ellas con su método de enseñanza escolástico. Hemos mencionado también a Santo Tomás de Aquino y a su maestro San Alberto Magno que hoy todavía es considerado como símbolo histórico de la tradición universitaria y de la investigación científica. (En la Universidad de los Andes, en Bogotá, hay una escultura en su honor. Muchos estudiantes, al menos hace algún tiempo, solían darse cita al lado de ella diciendo “nos encontramos frente al bobo”; desde luego, sólo unos muy pocos de ellos sabían que a quién se conmemora con esta escultura es a San Alberto Magno).
Pero para controvertir el simplismo, podemos mencionar además al fraile franciscano Guillermo de Ocam (o William of Ockham, que nació en 1287 y murió en 1347) de quien hoy todavía se enseña el principio de economía en los conceptos teóricos y se conoce con el nombre coloquial de “la navaja de Ocam”. Esta regla establece que los conceptos teóricos (como por ejemplo “átomo”, “muón”, “gluón” o “demanda”, “oferta” o “etapa preoperatoria” o “complejo de Edipo”, entre otros) son instrumentos cognitivos, herramientas del conocimiento humano, y no se refieren a realidades concretas. En este sentido, puesto que son creaciones de la mente, sólo deben crearse las que son necesarias y suficientes para expresar y explicar una determinada teoría; ni una más.
También podemos mencionar a Roger Bacon (que nació en 1212 y murió en 1292), otro miembro de la orden franciscana, importante por sus contribuciones al método experimental en las ciencias. Bacon abogó por la necesidad de recurrir a la experiencia empírica, a la observación controlada, para poder ensanchar y profundizar el conocimiento acerca del mundo en una época en la que esto no se consideraba importante, porque el raciocinio lógico y la autoridad de la tradición eran el foco principal del pensamiento científico. Sus trabajos fueron fundamentales para los desarrollos de Guillermo de Ocam.
Para entender el desarrollo de la física moderna, es necesario mencionar a Jean Buridan, filósofo y teólogo (que nació en 1300 y murió en 1358). Fue clérigo católico y profesor en la Universidad de París. Introdujo nuevas ideas en la filosofía natural como la teoría del movimiento de los objetos y del impulso (ímpetus), precursora de la teoría de la masa inercial de Newton y los conceptos de fricción y resistencia del aire.
Mencionaré un pensador medieval más: Nicolás Oresme (o Nicole Oresme que nació en 1320 y murió en1382). Fue también sacerdote franciscano, filósofo, matemático y economista francés. Fue profesor en la Universidad de París y luego obispo de Lisieux. Destaca por sus innovaciones en representación gráfica de datos; en efecto, ideó diagramas y gráficos para representar relaciones entre magnitudes variables a lo largo del tiempo, anticipándose así a los planos cartesianos utilizados en la formalización de diversos procesos en la ciencia moderna. Muchos de los datos que graficó y analizó fueron acerca del movimiento del dinero.
La lista podría ser más larga; no más larga que la que se puede hacer de los pensadores y científicos del Renacimiento, ciertamente. Pero lo importante es que es suficiente para controvertir la teoría de que existe un periodo oscuro que media entre los pensadores y científicos del periodo clásico y los del Renacimiento, época que se caracteriza, entre otros aspectos, por el surgimiento de la ciencia moderna con el llamado “giro copernicano” del que hablaremos en una próxima entrega. Vale la pena señalar que a esta lista se le pueden agregar los pensadores árabes musulmanes que mencionamos porque tradujeron al árabe las obras de Aristóteles, aunque ciertamente no se los puede considerar parte del Medioevo europeo estrictamente, a excepción de Avicena que nació y vivió en lo que hoy es España.
Ahora bien, al lado de los grandes pensadores que hemos mencionado, en el Medioevo europeo encontramos una gran cantidad de personas ligadas a gremios, monasterios, universidades que gestionaron transformaciones graduales en sectores clave para lo que ha sido el desarrollo de Occidente como son la agricultura, el uso de la energía animal, la hidráulica y la eólica, el refinamiento de herramientas y la invención de nueva maquinaria, la construcción, la metalurgia, los textiles, la navegación fluvial y, especialmente, la marítima y, ciertamente, la medicina. Para no apartarme del tema central, simplemente anoto que para muchas de estas transformaciones fue de gran importancia el intercambio de saberes entre Europa, Bizancio y el mundo islámico.
Citemos algunos ejemplos de estas transformaciones. Respecto de la agricultura se pueden mencionar los arados de hierro y otras herramientas manuales mejoradas para labrar suelos pesados, sembrar en ellos y cosechar los frutos. Son importantes también los sistemas de rotación de cultivos y los sistemas de irrigación mejorados. Todo lo anterior permitió incrementar ostensiblemente la productividad y responder así al incremento de la demanda determinada por el crecimiento de los centros urbanos. Para la elaboración de productos como los aceites, las harinas y los vinos se desarrollaron los molinos de agua y de viento y las prensas de diversos tipos.
La arquitectura gótica produjo las bóvedas de crucería, los arcos apuntados y, especialmente, los contrafuertes que posibilitaron estructuras más altas y ligeras, en particular, para las iglesias y catedrales. Esta innovación acabó para siempre con el derrumbe de estos centros religiosos que, a menudo, eran interpretados como castigos divinos. En materia de construcción es importante mencionar también las murallas inclinadas que permitían construir fortalezas mucho más resistentes a los ataques con catapultas, las mejoras e innovaciones en los puentes, los diques, los puertos y las carreteras y caminos.
Respecto de la ingeniería militar podemos anotar las catapultas de diversas clases, los arietes, las ballestas y los andamios para burlar las murallas.
En materia de metalurgia hubo avances importantes en los hornos que mejoraban la forja, la fundición y el tratamiento de los metales y las aleaciones entre ellos.
Nuevamente, la lista de ejemplos podría ser más larga. Pero es suficiente para ayudar a controvertir la teoría del Medioevo oscurantista.
Por último, haré dos anotaciones muy importantes. La primera es que todos estos desarrollos medievales fueron patrocinados por la iglesia católica en unos casos y por los señores feudales en otros. Este es otro elemento importante para controvertir la tesis del oscurantismo agenciado por el dogmatismo católico.
La segunda anotación es que en el Medioevo se mantiene ese elemento característico de Occidente como es el de sustentarse en el razonamiento lógico coherente (que proviene del clasicismo greco romano) y se agrega uno nuevo que, en nuestros días, es altamente valorado: la observación controlada (la experimentación científica) como nueva fuente de conocimiento; el registro sistemático de los datos obtenidos en esas observaciones y el uso de instrumentos matemáticos para su representación gráfica y la expresión algebraica de las relaciones existentes entre ellos. Este nuevo instrumento de conocimiento es al que Sir Francis Bacon se refiere con el título de su libro publicado en 1620 Novum Organum. Con este nuevo órgano para el conocimiento, el desarrollo de las teorías científicas en Occidente se acelerará hasta alcanzar las velocidades vertiginosas de nuestros días.
Gedeón Prieto abril 2026