
En 1986, al terminar el gobierno de Belisario Betancur, a quien tuve la suerte y el honor de acompañar desde la secretaría del Consejo de Ministros, en ese tiempo el Consejo tenía un papel fundamental en el proceso de contratación y debía por lo tanto celebrarse cada semana, los martes a las 7 am, para ser precisos, y la reunión se llamaba “sesión ordinaria”, y cuando el presidente lo determinaba podía convocar una sesión extraordinaria. Mucho trabajo y muy interesante. Viví momentos intensos. Pero todo se acaba y el 8 de agosto de 1986, estaba yo en mi casa, sin trabajo, y sobre todo ausente del poder, y eso marca. Una idea que yo había desechado era la de “pedir” un puesto en alguna embajada o consulado. Yo no era ni quería ser diplomático de carrera y me parecía que, salvo en el caso de los embajadores que representan al presidente y su gobierno, la diplomacia es para los diplomáticos que deben representar el Estado, formados para la diplomacia. y ocupando un cargo relevante para avanzar los intereses de su país. Me propusieron presentar mi candidatura para el puesto de director administrativo y financiero de Profamilia. Presenté mi hoja de vida. Yo no tenía, ni tengo, en mi hoja de vida, ningún estudio que certifique que hablo, leo y escribo (mal porque escribirlo es muy difícil) inglés. Me entrevistaron dos personas que acabaron siendo definitivas para forjar lo que sería mi vida entre 1986 y 2019, Fernando Tamayo y Miguel Trías, entonces presidente y director ejecutivo de Profamilia. Me hicieron dos preguntas ¿Dónde aprendió a hablar inglés?, ¿usted que es conservador y católico, está de acuerdo con la anticoncepción? Yo contesté que inglés lo había aprendido en el liceo francés y en mi casa y que a mí me parecía ridículo que la iglesia católica se metiera en el tema de la planificación familiar. Lo del inglés no me lo creyeron, y me mandó Miguel Trías a hacer un examen en el British Council. Me dijo, “si pasas el examen, estás contratado, lo de godo te lo perdonamos”. Con cierto temor hice el examen y para mi sorpresa y la de Tamayo y Trías, el resultado decía English as a second language: high proficiency. Yo siempre pensé que el english era mi cuarto idioma, primero español, luego francés y luego mierda que hablaba de corrido. Entré a trabajar al Profamilia en septiembre de 1986 y ahí conocí a USAID.
En 1986, estaba en la Casa Blanca Ronald Reagan y estaba en efecto la que se ha conocido como la “política de ciudad de México” (Mexico City Policy) que establece que todas las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que reciban fondos de USAID deben certificar que no promueven o apoyan o llevan a cabo intervenciones de interrupción del embarazo. La mencionada política ha sido rescindida por todos los presidentes demócratas y reinstalada por todos los presidentes republicanos.
Profamilia pasó la certificación y siguió beneficiándose de los fondos de USAID. En esos años no había un acuerdo bilateral entre Colombia y Estados Unidos. Lo había terminado López Michelsen en 1975, y no volvió a haber uno sino hasta la llegada del Plan Colombia en el gobierno de Andrés Pastrana. Aunque USAID no operaba directamente en Colombia si lo hacía mediante intermediarios. Las responsabilidades fundamentales del director administrativo y financiero incluían la rendición de cuentas y el seguimiento de todos los fondos de USAID, que llegaban a Profamilia a través de tres agencias. Esos fondos financiaban un amplio programa de esterilización voluntaria para mujeres y hombres, la inserción de DIUs (Dispositivo Intra Uterino) y de implantes subdérmicos y los programas de distribución comunitaria y de mercadeo social de anticonceptivos que ponían a disposición de las y los colombianos los métodos modernos de anticoncepción como la píldora, los inyectables, y los condones. Así tuve mis primeros contactos con representantes de USAID.
En 1988 me contrató la empresa The Futures Group, que apoyaba el programa de mercadeo social de anticonceptivos para ser el director regional para América Latina y el Caribe, del programa SOMARC (Social Marketing for Change). Me trasladé a México y comenzó para mi una carrera de casi 30 años gerenciando proyectos financiados por USAID. Participé en misiones de programación de los programas de Salud, Nutrición y Población de USAID en Túnez, Egipto, Madagascar y Nepal. Viví a comienzos de loa años 90 la arremetida de USAID contra la pandemia de HIV/SIDA, que llevó a los programas de mercadeo social a concentrar esfuerzos en la promoción del uso del condón. Después de mi paso por el ICBF, regresé al redil como director adjunto del programa de mercadeo y distribución de mosquiteros impregnados de insecticida como parte del esfuerzo de USAID contra la malaria. Conocí a cientos de funcionarios de USAID. Con frecuencia debía presentarme a las oficinas de USAID, primero en Rosslyn Virginia, y más tarde en el edificio Ronald Reagan en Washington DC. De eso años quedaron amigos entrañables y seres humanos maravillosos de los que aprendí mucho.
Podría ocupar páginas y páginas describiendo todo lo que ha sido USAID. Más bien voy a decir lo que no ha sido. No ha sido un agente ni operador político. No se ha mezclado en los asuntos internos de ningún país receptor. Y eso es en lo que pretende Donal Trump convertir a una agencia que me permite decir sin empaches que ha sido la responsable de que los Estados Unidos sea el ÚNICO, óigase bien el único, imperio generoso en la historia de la humanidad, y eso es lo que pretende acabar Trump. Lo demás como diría el gran Pacho Vargas es “confundir la mierda con la pomada”.
Ya para terminar, ¿se han percatado cuán parecidos llegan a ser Trump y Petro? Cada uno desde sus extremos. Ambos mienten sin empacho. Ambos están convencidos de que son lo máximo que ha producido la humanidad y a ninguno de los dos le tiembla la voz cuando de calumniar e insultar a sus rivales se trata.
