Ando recordando

Yo aprox 1955

Mientras digiero el triunfo de Donald Trump y se me ocurre algo medio inteligente que decir, comparto recuerdos.

Recuerdos de un niño bien Publicado Sábado 31 de agosto de 2013 en Elmolinoonline

Este mes cumplo 73.  Soy cosecha cincuenta y uno.  Hace una semana almorzando con Mónica y dos amigos del alma, José María Reyes y Alexandra, Osito, Samper, después de muchos años de no vernos, volvieron los recuerdos.  Y entre esos, apareció en el baúl, el recuerdo de una columna escrita en 2013 para El Molinoonline que dirigió Carlos Torres y que por casi 12 años publicó El Requesón, una sección en la que yo hablaba de todo.  Con el enano Torres, así le decían en el Liceo Francés, nos hemos reencontrado después de pandemia.  Empezamos compartiendo nuestros episodios hospitalarios, los dos estuvimos acariciándole las patas a la muerte en los últimos años.  El Molinoonline no resistió una penosa y muy asustadora enfermedad de Carlos, de la que ya está, gracias a Dios muy recuperado.  A él se le ha ocurrido que emprendamos la terea de armar un libro con mis columnas, en realidad da como para tres.  Y me ha convencido que arranque limpiándole los códigos de publicación online a las columnas.  Yo tengo muchas archivadas.  En eso estamos y de ahí sale esta versión, apenas retocada de la columna publicada en 2013.

Hace un par de días en una conversación cualquiera mi yerno, un joven, él se cree señor, pero sigue siendo un pelado, comentaba una miniserie llamada “adulto contemporáneo” y decía que él se siente adulto contemporáneo.  Yo le pregunté si Usted es contemporáneo, ¿yo qué vengo siendo?  Adulto a secas, respondió.  Le faltó decirme dinosaurio prehistórico.  Desde esa conversación y luego de una sugerencia de mi editor en jefe, mi gran amigo Carlos Torres, he decidido tratar de escribir lo que significa ser cosecha 51.  No hay pretensión ni filosófica, ni analítica, tan sólo compartir pensamientos y sentimientos.  Mi educación empezó en un colegio del que tengo unos vagos recuerdos, el Centro de Psicología que dirigían Beatriz de la Vega y Paulina Esguerra.  Quedaba en la calle 77 en el costado sur de lo que nosotros conocimos como el parque de México.  Por esos años nacieron dos amistades que perduraron toda mi vida, Juan Carlos Pastrana, el gran Cacalo y José María Reyes, intelectual, historiador, rey de la rumba, y además buen mozo el berraco.  En esa misma casa de mis primeros años escolares que se volvió la de un compañero del colegio, más adelante, ya en los años sesenta pasaríamos tardes inolvidables con el combo del Liceo y en los setenta, tardes de pasión con una “novia” hija del embajador de Chile que ocupaba la casa en alquiler. 

Fui al colegio de pantalón corto y media hasta la rodilla. Usaba zapato de tractor todos los días. Tenía unos zapatos negros para ir a misa y los tenis eran para la clase de gimnasia (no se llamaba educación física, se llamaba gimnasia).  La sudadera se llamaba buzo y era un privilegio de los grandes que estaban en “el equipo”.  Me quedó la mala costumbre de parecerme “de quinta” la gente que anda en sudadera, y sigo así, solo he salido de mi casa en sudadera para ir de urgencias al hospital.  Bogotá era una ciudad segregada, los ricos vivíamos al norte, los pobres al sur, en el centro en los años cincuenta, después del 9 de abril, ya no quedaban sino oficinas, comercios y algunos barrios de una incipiente clase media.  En los cincuenta, los ricos no éramos muchos ni éramos muy ricos.  Los muy ricos eran muy poquitos.  De esos tiempos quedan conceptos como el de “todo Bogotá”, que significaba una élite cerrada que se codeaba con los presidentes, los ministros, los embajadores, y los pocos extranjeros que llegaban a dirigir las multinacionales que comenzaban a instalarse.  A mí me tocó el privilegio de nacer en una familia de esa élite.  Uno no escoge como nace, sí como se hace.  En el barrio de la Cabrera, donde crecí, había unas diez casonas esparcidas entre las calles ochenta y cinco, ochenta y seis y ochenta y siete. Había muchos lotes desocupados.  Había un policía con vestido de paño verde peludo que se paseaba comiendo mandarinas y conquistando a las muchachas (en ese tiempo no se les decía “la empleada”, y yo nunca he podido decir “la empleada”, me parece despectivo, cosas de la élite).  En nuestras casas había varias muchachas, jardineros, choferes (no conductores, nunca). No había guardaespaldas, eso sí.  En mi casa uno se ponía la camisa y se peinaba el pelo.  Uno no colocaba las cosas, las ponía.  Uno no tenía cabello, tenía pelo, en la cabeza, en el pecho y los grandes en el pubis.  Mi mamá nunca tuvo bolso sino cartera.  Veíamos televisión de seis de la tarde a ocho de la noche, en el cuarto de la televisión.  Tomábamos medias nueves a las once y onces por la tarde.  De cuando en vez íbamos a la finca de mis abuelos, en Madrid, Cundinamarca. Eso era paseo de varios días.  Veraneábamos en El Ocaso, un pueblito debajo de Cachipay en Cundinamarca como a 80 kilómetros de Bogotá y a donde uno iba en autoferro.  Ir a Santa Marta o a Cartagena era cosa seria. A Miami ni lo sueñe.  Mi profesora de tercero de primaria nos pegaba con una regla en la mano, duro, con rabia. Hoy en día estaría presa.  De política no se hablaba enfrente de los niños.  Como resultado tan solo tengo tres recuerdos de temas de esa índole: El grito de “un civil, botas no”, que creo fue la frase de combate contra la dictadura de Rojas Pinilla; los comunistas eran lo peor del mundo; los bandoleros eran unos asesinos horribles.  Infancia feliz, sin preocupaciones. Todavía no sentíamos la violencia que sin embargo comenzaba a expulsar a los campesinos, que venían a instalarse en el sur de Bogotá y a surtir el mercado de muchachas y jardineros.  Camino hacia la adolescencia, fuimos creciendo con el monstruo del comunismo cubano acechando.  La famosa década de los sesenta para mí fue media década, del 64 en adelante.  Todavía era un niño cuando mataron a JFK.  Descubrí a los Beatles muy temprano, en 1964. Al mismo tiempo descubrí a esos seres que hasta entonces le producían a uno una horrible pereza, las niñas.  A partir de los trece años comenzó mi adolescencia. Tarde para los contemporáneos. Me enamoré perdidamente y por siempre del sexo femenino, y un poco más tarde del sexo. Eso era antes de que hablaran de género.  Aprendí que a una mujer siempre se le cede el lugar, siempre se le abre la puerta del carro, que uno siempre se para cuando una mujer llega a la mesa o al salón en el que uno está. Pagué caro esas buenas maneras con las feministas ochenteras de pierna peluda quienes se sentían insultadas con cualquier gesto de caballerosidad.  A los 13 gané el derecho a compartir la mesa de la comida, la cena, con mis padres donde las conversaciones eran más serias.  Desde joven fui apasionado en el debate, a veces demasiado.  Fui haciendo consciencia.  Los gringos eran los duros: Habían ganado tres guerras, la primera, la segunda y la de Corea.  Más tarde hice más conciencia, o menos, no sé.  Por culpa de Bahía Cochinos, Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, el de Allende, el apoyo a las dictaduras del cono sur y otros pecadillos, los gringos dejaron de parecerme tan duros.  Los ingleses y los franceses iban perdiendo colonias, sus imperios se deshacían.  Nos fuimos dejando crecer el pelo.  Por cuenta de Mai 68 nos fuimos haciendo contestatarios. Empezamos a creer que el Che y Lumumba no eran tan malos. Luego que eran unos bacanes.  Daniel Cohn Benedict era un héroe.  Pasaron muchos años para que cayéramos en cuenta cuán mamertos eran los mamertos y les fuéramos perdiendo, primero la admiración, y luego el respeto.  Algunos, los menos inteligentes, o más bien los que creíamos que ser de izquierda marcaba puntos con las niñas más bonitas de la universidad, cantamos la Mula Revolucionaria en las peñas de la Candelaria y llegamos a pensar que Jacobo Arenas, Manuel Marulanda y Jaime Bateman eran unos héroes. Admirábamos a Camilo Torres.  La historia nos haría quedar como unos pendejos. Tuvieron razón quienes siempre los consideraron unos asesinos.  Así, poco a poco, nos fuimos volviendo adultos.  Acabamos los estudios. En esos tiempos lo máximo era un posgrado y el doctorado era para una minoría mucho más inteligente y sobre todo mucho más pila que yo.  Pasamos de la regla de cálculo a la calculadora HP con toda clase de gadgets y al computador personal, el IBM 380 para unos y el Macintosh para otros.  Conocí el correo electrónico en los comienzos del Internet hacia comienzos de los noventa, pero seguí mandando mucho FAX. 

Siguiendo la definición de mi yerno, fuimos adultos contemporáneos entre el año 1980 y el nuevo milenio.  En esos tiempos importaron más los hijos, el trabajo, la carrera, hacer plata para unos, hacer cosas para otras.  La vida me dio la suerte de permitirme hacer cosas.  Desde 1982 estuve metido en lo público y en temas sociales de salud pública.  Fui adulto contemporáneo en muchos países. Del 89 al 98 conocí el mundo.  Antes como todo miembro de la élite, salvo un viaje a la China, tan solo conocía los EEUU y Europa, ala mi chino.  Viví de cerca dos procesos de paz de los cuatro o cinco (ya perdí la cuenta) que ha tenido Colombia.  Conocí la China de Deng Xiao Ping, en 1982. Nadie hubiese pensado posibles las transformaciones que han ido sucediendo.  Celebré el nobel de Gabo en una exposición de arte contemporáneo, la FIAC, en Paris. Gran rumba.  Celebramos la caída del muro de Berlín, el fin de la guerra fría, la llegada de la “democracia” a la  URSS.  Vimos con horror el fin de la Yugoslavia de Tito y la guerra de los Balcanes.  Conocí un México mágico. Conocí la falta de esperanza en Haití. La pobreza digna en Madagascar.  Lo peor del género humano en Ruanda y Burundi, a donde fui a dar para apoyar el trabajo de una ONG en un campo de refugiados Tutsis que fueron víctimas de una incursión de los Hutus que dejó más de un centenar de muertos.  Todavía me erizo con el recuerdo de esa guerra que dejó más de un millón.  Participé en los primeros esfuerzos serios por entender las costumbres sexuales que llevaron a algunos países de África oriental a sucumbir ante la pandemia del VIH/SIDA.  También en los primeros programas serios de prevención.  Viví de cerca los éxitos de los ugandeses que lograron bajar la prevalencia del VIH/SIDA de cerca de 20% a menos de 7% en quince años. También conocí la criminal desatención al problema por parte de los “cuadros” de la ANC en la Suráfrica de los noventa, en Suráfrica el 25% de la población es cero positiva.  Repartimos, distribuimos, vendimos muchos condones.  Me tocó la final del mundial de rugby de 1995, la de Invictus, en un bar de Nairobi. A blancos y negros la actitud y la presencia de Mandela nos sacó las lágrimas.  Regresé a Colombia en 1998 para vincularme al Gobierno y tuve la suerte de vivir la más maravillosa institución que he conocido, el ICBF.  Me tocó el Caguán y conocí el descarado cinismo de las FARC.  Con niños combatientes.  Celebré la llegada del milenio lleno de esperanza.  Imagino que en la definición de mi querido yerno, en algún momento entre el año 2000 y hoy hice la transición de adulto contemporáneo a adulto ¿extemporáneo?  Esa transición puede tener un elemento definitorio: las decepciones.  Se convocó una sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre los temas de infancia que debía tener lugar en octubre de 2001. En calidad de delegado del Gobierno de Colombia participé en sesiones preparatorias en las que descubrí que la comunidad internacional da asco. En un momento tuvimos que enfrentar una alianza entre los Estados Unidos, el Vaticano y un grupo de países árabes como Irán y Arabia Saudita en contra de la educación  sexual para las niñas.  Vino el nueve-once. Se aplazó la sesión especial. Todos nos volvimos sospechosos.  Nunca voté por Álvaro Uribe pero celebré su elección y los éxitos iniciales de su  política. Fue el mejor y el peor presidente que ha tenido Colombia. Le admiré entonces pero hoy me ha decepcionado.  Creí, por mi experiencia en algunos países africanos, que la llegada del milenio vería el despegue del continente.  Regresé a Suráfrica para conocer la corrupción y el desgobierno de la ANC post Mandela, y el deterioro, el desastre de Zimbabwe.  Los horrores del Congo. Algunas contadas excepciones en Ghana y Zambia. 

Pero la vida me ha dado la suerte de permitirme cumplir con el propósito de tomarla suave a partir de los sesenta y en buena compañía de una mujer fantabulosamente fantantástica.  He podido entonces pasar más tiempo con Wikipedia y apoyado en el permanente acceso a toda la información que uno pueda digerir.  Las cosas pasan tan rápido hoy en día.  La Unión Europea fue la gran promesa del Milenio. Se está derrumbando.  La famosa primavera árabe llegó como un viento de esperanza y se ha ido convirtiendo en un horrible tornado de sangre y violencia en Siria y en Egipto. La comunidad internacional sigue siendo un asco, priman los mezquinos intereses comerciales de algunos países por sobre el derecho a la vida.  Yo me tardé unos años para entender que ni la defensa del Estado, ni la defensa de la revolución justifican la violencia.  Lamentablemente ese no es el caso de muchos que están en posiciones de poder y de muchos otros que quieren llegar a posiciones de poder. Nos seguimos matando, masacrando con la estúpida excusa que esta es la guerra que va a terminar todas las guerras, que fue lo que dijeron en 1914 para justificar la carnicería que conocemos  como la primera guerra y que los franceses llamaron la “Grande Guerre”.  Llegó la tan ansiada globalización, y ha resultado mucho peor que las más negras premoniciones y las más dramáticas advertencias.  El modelo actual está haciendo crisis por todas partes.  Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Estamos acabando de destruir el planeta y seguimos poniendo la acumulación de riqueza por encima de la protección de las riquezas del planeta. Desperdiciamos comida y en cada momento, en algún lugar del mundo, hay alguna comunidad padeciendo una hambruna.  Tal vez a los adultos las cosas no nos han salido tan bien.  Ojalá seamos capaces de orientar a los contemporáneos para que corrijan el rumbo. Hemos vivido mucho y hemos aprendido mucho para no ser capaces de dar buen consejo. 

Juan Manuel Urrutia


Una respuesta a “Ando recordando

  1. bonito

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