La «otra» guerra

Las lenguas Semitas.

Esta semana en la comisión de Educación y Fuerza de Trabajo de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos se inició una investigación a las universidades de Harvard, MIT y UPenn sobre su respuesta al antisemitismo.  Y el asunto se les ha complicado a las presidentas de las tres universidades.  Ayer sábado, al final del día, anunciaron la renuncia de la presidenta de la Universidad de Pensilvania, Elizabeth Magill y del presidente de la junta, (board of trustees) Scott L. Bok, como resultado de las presiones de donantes, políticos y exalumnos judíos por su demasiado tolerante actitud frente a lo que sus detractores que califican como antisemitismo por parte de los estudiantes.  La señora Magill ya estaba siendo cuestionada por los mismos stakeholders por permitir una conferencia sobre literatura y cultura palestina en el campus y por la reacción de la universidad frente al ataque de Hamas el 7 de octubre, que muchos consideraron insuficiente.  Los y las dirigentes de varias otras universidades de la prestigiosa Ivy League como Harvard y MIT están sufriendo el mismo tipo de presión.  En las universidades estadounidenses hay un intenso debate sobre el conflicto del medio oriente marcado por posiciones extremas muy en el estilo de la imperante cultura CANCEL, que ha invadido el campus y la academia y que cierra el debate de las ideas y abre espacios para posiciones extremistas y sobre todo intolerantes. 

En el libro del Génesis, el primero de la Biblia, se encuentra la narración del diluvio universal y en ella está la «tabla de las naciones», donde se hace referencia a la genealogía de los semitas. Los antiguos pueblos de habla semítica incluyen a los habitantes de Aram, Asiria, Babilonia, Siria, Canaán, incluidos los hebreos, y Fenicia.

El concepto del antisemitismo, más bien de los prejuicios antisemitas fue acuñado en la segunda mitad del siglo XIX, por el académico judío Moritz Steinschneider en respuesta a las tesis esgrimidas por el filósofo francés Erns Renan que sostenía que las razas arias eran superiores a las razas semitas.

Alguien podría deducir que en sus orígenes el término antisemita se refiere a cualquier actitud o prejuicio en contra de cualquiera de los pueblos cuyas lenguas tuvieron un origen semita, y claro, esto incluye a los árabes y a los judíos, pero también a los persas y hasta los etíopes.  Sin embargo, como resultado de la coincidencia de los actos de segregación y de animadversión en contra de los judíos en algunos lugares de Europa, como Prusia y Alemania, en la segunda mitad del siglo XIX, hacia 1880 aparecen por primera vez la palabra y el concepto de antisemitismo para denotar específicamente actitudes y acciones en contra de los judíos.  Y el concepto se expande básicamente porque por esos mismos tiempos aparecen los movimientos, y los sentimientos nacionalistas antijudíos en Alemania y otros estados que conformarían el Reich.  Aparecen los textos que invitan al antisemitismo.  Moshe Zimmerman publicó en 1987 un libro titulado “Wilhelm Marr el Patriarca del Antisemitismo”, en el que atribuye la formación de la Liga Antisemita a la existencia de la Liga Anti Canciller que luchaba contra las políticas de Bismark.

Vendría la primera guerra, la derrota del Reich, el ascenso de Hitler y el nacismo que consolidaron el antisemitismo y condujeron al holocausto.  La formación del Estado de Israel se da en ese contexto, no en otro.  Claro, en esos tiempos quien, por la razón que fuera, se oponía al “arreglo de la cuestión palestina” propuesto a la ONU por los ingleses y los franceses, era considerado un antisemita.

Hasta entonces el antisemitismo se manifestaba, fundamentalmente, en contra de los judíos que vivían en los países europeos.  De hecho, como resultado de la horrenda persecución desatada por Hitler y sus secuaces, los judíos fueron bienvenidos en muchos países del “nuevo mundo” y los más racistas de las élites locales se tragaron su antisemitismo.

Con el nascimiento del Estado de Israel, aparece una nueva interpretación, básicamente por parte de quienes apoyaron el sionismo, que consiste en considerar como antisemita cualquier texto, referencia o comentario que se opusiese al establecimiento del Estado de Israel o a algunas de las condiciones de esta medida.

El sionismo establece que el pueblo judío tiene un derecho inalienable a un territorio y una nación en donde pueda vivir en paz, sin ser perseguido ni segregado.  La nación judía, es decir el Estado de Israel, se convierte desde la consolidación del sionismo en un elemento esencial del “ser judío”, en cualquier lugar del mundo.  Cualquier agresión contra Israel es una agresión contra los judíos.  Por extensión toda persona que de una manera u otra pretenda justificar o apoyar acciones que los judíos consideren agresiones a Israel es antisemita.  Pueden tener razón, pero, (siempre hay un pero) ¿quién pone el rasero, quién define qué es una opinión y qué una agresión? Y, como decía Cantinflas, “ahí está el detalle”.

Volvamos al asunto de la Universidad de Pensilvania, Penn como la llaman.  Las críticas iniciales contra la presidenta Maguill empezaron antes del ataque de Hamas, por haber permitido en septiembre una conferencia de escritores palestinos en el campus de la universidad.  Cabe aquí la pregunta ¿permitir una conferencia de escritores palestinos es antisemita? Luego las presiones subieron de tono porque la reacción de la universidad al ataque de Hamas el 7 de octubre no fue suficientemente fuerte.  Segunda pregunta ¿quién define qué tan fuerte es la respuesta de una universidad?  Por ejemplo, decir que la universidad condena toda clase de terrorismo ¿es suficiente? Finalmente, la renuncia de la presidenta se produce luego del debate en la Comisión de Educación y la Fuerza de Trabajo de la Cámara de Representantes en el que se cuestionó a las presidentas de Harvard, MIT y Penn sobre la respuesta de las universidades ante el creciente antisemitismo.

Durante el debate tuvieron que enfrentar preguntas “cargadas”.  Las tres dijeron que el antisemitismo les era chocante (“they said they were appaled by antisemitism) (cómo es de difícil traducir esas palabras tan precisas del inglés).  A las tres se les preguntó si reconocían el derecho de Israel a existir, por dios.  También reconocieron que las protestas y confrontaciones entre grupos pro Israel y pro Palestina se han puesto feas con enfrentamientos violentos entre unos y otros.  Hasta ahí, iban pasando el examen, pero la representante Elise Stephanik, republicana de New York, les preguntó escueta y directamente ¿llamar al genocidio de judíos constituye un acto de agresión o de acoso? y las tres se enredaron en sus respuestas.  La razón es que para la representante Stephanik, una de las posiciones que promueve la Liga de Estudiantes por la Justicia en Palestina, que ha tomado mucha fuerza en los campus de las universidades estadounidenses que es la defensa de la intifada es un llamado al genocidio; y esa es una interpretación extrema.  La respuesta de la presidenta Magill fue considerada insuficiente por los grupos de estudiantes, exalumnos y donantes judíos.  La presidenta Magill cayó en la trampa, el que un estudiante de una universidad grite que la intifada es la única solución para que el pueblo palestino encuentre justicia es una arenga que se enmarca en la libertad de expresión, pero resulta y pasa que para la representante Stephanik y los grupos que ella defiende, la intifada es un llamado al genocidio de los judíos. 

No creo que la presidente Magill sea antisemita.  No creo que hacer una conferencia de escritores palestinos sea antisemita.  No creo que la intifada sea un llamado al genocidio de los judíos.  No creo que el ataque de Hamas el 7 de octubre tenga un ápice de legitimidad “revolucionaria”; es un acto del más cobarde terrorismo, apoyado por gobiernos de muchos países árabes que esos si son antisemitas.  Considero que quien se refiera a la guerra entre Israel y Hamas sin condenar las acciones violentas de Hamas es antisemita.  Considero que acusar a Israel de genocidio es antisemita.  Creo también que criticar y cuestionar los excesos y atrocidades que han cometido las fuerzas de defensa israelíes, 17,000 muertos, de los cuales 7,000 niños y niñas y contando; no es un acto de antisemitismo, es humanismo, punto.  Así como condenar a Hamas no es islamofobia, cuestionar a Netanyahu no es antisemitismo.  Y si me llevan al extremo diría sin espelucarme que el peor antisemita que hay en el mundo es el corrupto Benjamín Netanyahu que permitió que Hamas atacara y masacrara a más de 1600 israelíes y que secuestrara a más de 260 viejos como yo, mujeres y niños y niñas, todo para justificar una guerra cuyo propósito es evitar su caída en desgracia total y absoluta, que es lo que merece.  Y creo también que los peores enemigos de “los palestinos” son los líderes de Hamas cobardemente escondidos en hoteles de 5 estrellas en los hipócritas países árabes y claro los líderes de esos países árabes que se rasgan las vestiduras contra Israel, pero no han movido un dedo para defender al “pueblo palestino” a no ser por su apoyo financiero y tolerancia para los grupos terroristas como Hamas y Hezbolá y las organizaciones corruptas como Al Fatah.

ARGENTINA

Hoy se posesiona Javier Milei como presidente de Argentina, sea como fuere se inicia una etapa diferente en la política y el gobierno de ese gran país, lo que pase allá tendrá sin duda efectos en la política en varios países de Latinoamérica.

UNA DE MI AMIGO ESPÍA

“Juan Manuel, una vez le dije a Juan Carlos (Pastrana), yo en un momento dado controlaba más aviones que la Fuera Aérea mexicana” –  Rocha se refería a su misión en Honduras cuando controlaba a los Contras.  Me dijo Juan Carlos, “de razón los contras perdieron, si los dirigía el espía”, comentario a la altura de los titulares de la Prensa.

Por: Juan Manuel Urrutia
X: @Juanmaurrutiav1

Esta columna quiere ser un reflexión "moderada" sobre el antisemitismo.

3 respuestas a “La «otra» guerra

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