Dos meses duró viva mi ilusión, se le cayó la piel de oveja al lobo

Yo resolví creer que los inicios del gobierno de Gustavo Petro eran tranquilizantes.  Pero resulta que en dos meses todas mis esperanzas se desvanecieron, y mi voto por Fajardo en primera vuelta y en blanco en la segunda vuelta se valorizan, porque si lo de Petro es lamentable, lo de Rodolfo Hernández se sale de toda proporción y no merece ni un comentario.

Lo primero que hace un presidente al posesionarse es marcar el tono y el estilo de su gobierno.  Obviamente el primer impacto lo produce el discurso de posesión y a ese discurso le dediqué una elogiosa columna, no me voy a patrasear, sigo creyendo que era esperanzador.

Durante el mes que precedió el inicio del gobierno, Petro anunció unos nombramientos, que salvo dos terribles excepciones, fueron buen recibidos y así lo registré en mis comentarios.

En una “jugada” que me pareció lógica, el partido de Petro aseguró la presidencia del Senado en cabeza de Roy Barreras cuya habilidad para la “manzanilla”, que era como le decían a la politiquería de las componendas clientelistas, es innegable.  Y así fue, pegadita con mermelada Barreras construyó una “coalición” de gobierno que le entregó al presidente Petro la independencia del congreso.  Esa coalición se cimentó con nombramientos como el de un reconocido tramposo plagiador como ministro de Transporte, y de embajadores y funcionarios consulares ajenos a la carrera diplomática por doquier.  La mermelocracia ha reemplazado la muy prometida meritocracia.

El primer resultado del nuevo congreso fue la bienvenida aprobación del acuerdo de Escazú, que en su momento fue ponderado en esta columna.  Pero eso se ha ido dañando pues el Gobierno y su partido han aprovechado sus mayorías para limitar y en casos eliminar el necesario y enriquecedor debate de las iniciativas.  La recurrencia al “mensaje de urgencia” y a la aprobación de proyectos fundamentales, como la reforma política, y sobre todo la reforma tributaria a pupitrazo limpio, han cercenado el papel fundamental del legislativo que es el de discutir las iniciativas.  En el caso de la reforma tributaria los parlamentarios, senadores y representantes de las comisiones terceras, le aprobaron al escudero del Petro, Gustavo Bolívar, en sesión conjunta, resultado del “mensajito de urgencia”, una ponencia sin siquiera discutir un articulado que bien merecía ser debatido con esmero.  Y sale Bolívar a decir que esa “tramposa” aprobación es un triunfo de la democracia.  Eso en cuanto al proceso, como dice Jorge Robledo, los congresistas aprobaron una reforma cuyo texto desconocen.

Sí el proceso deja mucho que desear, mucho peor es lo que sucede con el contenido y sobre todo con la forma engañosa en que los escuderos de Petro tratan de venderle la reforma a los colombianos.  El hecho concreto y definitivo es que no es cierto que la tan manida reforma favorezca a los “pobres” y ponga a lo ricos a pagar impuestos.  No solo es falso el argumento, sino que sienta un terrible precedente que es el de llevar la falacia de la dicotomía “ricos versus pobres”, es decir la lucha de clases al escenario de la discusión de las políticas fundamentales de este gobierno.  Falacia populista y demagógica que los progresistas del Pacto Histórico y sus enmermelados aliados pretenden utilizar para esconder la realidad de una reforma tributaria que puede tener consecuencias nefastas para la nación entera.  La realidad es que la reforma tributaria está armada sobre la base de un inconcebible raponazo a las industrias del petróleo, el carbón, el gas natural y la minería legal por medio del cual pretende el gobierno de la vida sabrosa financiar la mitad de los recursos que esperan obtener con la reforma, once billones de pesos.  En pocas palabras la reforma tributaria cuyo texto fue pupitreado en la innecesaria sesión conjunta de las comisiones tiene dos componentes, un paquete impositivo confiscatorio para los inversionistas, que incrementa la tasa de tributación de este grupo a niveles muy superiores de los promedios de países de niveles similares de desarrollo o de subdesarrollo al de Colombia, y el raponazo a las industrias mineras y energéticas.  Y eso tratan de venderlo como una reforma que favorece a los pobres.  La realidad es que lo que se esta cocinando con mermelada es un esperpento.  Por una parte, desde una posición puramente ideológica el gobierno de Petro se propone marchitar las industrias extractivas de un plumazo y por otra parte al crear una carga impositiva excesiva el gobierno de Petro se propone desestimular la inversión y pone en serio riesgo la competitividad de nuestra economía productiva.

La reforma tributaria que aprobaron las comisiones está compuesta por 11 billones reales y 11 billones de un artificio contable que podría enredarse.  Pero sea lo que fuere vamos hacia una recesión con una importante devaluación del peso y estamos poniendo en riesgo, innecesaria e ideológicamente, la independencia energética nacional.

Veamos qué pasa con lo otros grandes logros del gobierno del mesías.

Obviamente el restablecimiento de relaciones con Venezuela es indispensable, pero aprovechar la circunstancia para “blanquear” al tirano de Nicolás Maduro y la rosca que lo ha acompañado en el saqueo del hermano país que de república ya no tiene sino el remoquete, es una monstruosidad.  Es aberrante que Colombia se haya abstenido de participar en la sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU que renovó de la misión de investigación en Venezuela.  Nos dirán que es para favorecer la Paz Total.  Pero es que también es insultante que el gobierno de Petro escoja a Nicolás Maduro como garante o facilitador o lo que sea en los diálogos con los bandidos del ELN.  De remache, en el deseo de acabar con la industria del gas en Colombia, primero la ministra de minas, luego el embajador Benedetti y ahora la viceministra de minas nos dicen campantemente que no le ven nada de malo ni de raro a importar gas de Venezuela, joder, eso no se entiende sino siendo muy malpensado; Maduro necesita urgentemente que le compren gas.

Afortunadamente el ministro de hacienda, que a ratos parece ser más serio, negó la afirmación de la viceministra de minas que dijo que no se firmarían nuevos contratos del exploración ni de explotación de petróleo o gas, lo que era una medida demencial.

De la tan manida paz total, le queda uno la sensación que en su afán por lograr resultados el gobierno de Petro está entregado y entregando.  No se explica uno cómo es posible que pretendan volverle a dar estatus político a las “disidencias de las FARC”, rompiendo de golpe y cachiporrazo los acuerdos de Paz firmados en 2016.  Ni que decir con los posibles “arreglos” con los criminales miembros de otras bandas y organizaciones.  A eso no se le ve ni pies ni cabeza a menos que se entienda que de lo que se trata es de la megalomanía del mandatario.

Ahora resulta que la reforma agraria para cumplir el capítulo primero del acuerdo de paz de 2016 queda en un poco transparente negocio entre el Gobierno y el declarado enemigo número uno de ese gobierno: el presidente de la federación de ganaderos.  Poco transparente, digo, porque la cifra de los tres millones de hectáreas es una monstruosa mentira.  Poco transparente, digo, porque nadie sabe cuáles son las tierras que Lafaurie le va a ofrecer al Gobierno.  Poco transparente, digo, porque nadie sabe para qué y para quienes van a ser esas tierras.  Y sobre todo poco transparente porque nadie se explica porqué le van a dar a un gremio privado el monopolio de la venta de tierras.  ¿En qué quedamos los ganaderos que no estamos agremiados y en qué quedan los propietarios de tierras que no son ganaderos?

Ante semejantes esperpentos es un poco ridículo concentrar críticas en las inescrupulosas actitudes del presidente, de la primera dama y de los funcionarios que les hacen mandados.  Ni para qué comparar las plumas de ganso y otros lujos imperiales, con la realidad de un gobierno cargado de soberbia ideológica y que poco a poco trata de imponer un modelo que ha llevado al desastre económico a muchos países.

¿O será que como le cambiaron el nombre a ese desastre y ahora lo llaman el “decrecimiento”, nos lo van a vender como un exitoso experimento?

Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @Juanmaurrutiav1


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