Malo no, malísimo

Foto: Efe

En varias conversaciones, en diferentes escenarios, me he encontrado con una pregunta ¿Por qué dicen Ustedes que el gobierno de Duque ha sido tan malo?

Primero la primaria.  Ustedes, no sé quiénes son.  La gente que salió a protestar, no a bloquear, ni a quemar, pero si a protestar en los paros del año pasado expresaba un profundo descontento con el gobierno de Duque y con el estado de cosas.  La gente que en marzo votó en la consulta del Pacto Histórico y en la de la coalición del Centro Esperanza y toda le gente que votó por congresistas de oposición, todos ellos expresaron un profundo descontento con el gobierno de Duque.  Y todos los que participaron en la última encuesta que le dio un desfavorable de 77% a Duque también creen que el gobierno ha sido malo.  Es decir, los que creen o creemos que el gobierno de Duque ha sido “tan malo” no somos un grupito de mamertos castrochavistas, no señor, somos muchos colombianos.

Es cierto que hay algunos indicadores que se le ven bien a Duque.  Se dice que el manejo de la pandemia causada por el virus COVID 19 fue un éxito del gobierno.  Las cifras epidemiológicas dicen algo diferente, a Colombia no le fue ni peor ni mejor que a otros países con economías y condiciones sociales similares.  En cambio, el manejo de los recursos destinados a atender la pandemia, no fue transparente.  Le fue mejor a los bancos que a la gente.  El programa de televisión de todos los días fue un fracaso total y lo único que hizo fue minar la imagen del presidente.

Las cifras económicas le ayudan al presidente.  Se cacarea que el crecimiento de la economía en 2021 es de los más altos de los últimos años, pues claro, porque la caída del 2019 fue estrepitosa, lo mismo pasa con las cifras de desempleo.  Hay que aceptar que el manejo de la economía fue relativamente acertado pero hay que recordar el desastre nacional que causó el paro de abril de 2021 que empezó en protesta contra una reforma tributaria impopular que el presidente en su soberbia sostuvo hasta que las manifestaciones, los bloqueos y los resultantes actos de vandalismo y terrorismo apoyados por sectores de oposición se la tumbaron.

Entonces, ¿por qué tan malo?

Cualquier encuesta que uno mire dice que para los colombianos los problemas más apremiantes son el desempleo, la inseguridad y la corrupción.  Súmele a eso que en el contexto globalizado de nuestros tiempos las relaciones internacionales son fundamentales.  Y en todos esos frentes Duque se raja.

En 2018 el desempleo era de 9,8% de por si alto.  Duque prometió menores impuestos, más trabajo y mejores salarios.  Y nada de nada, en marzo de 2022 el desempleo estaba en 12,1%.  Claro la pandemia, dirán sus defensores.  Pues no tanto.  El crecimiento de la economía en 2021 y 2022 no ha resultado en una disminución del proporcional del desempleo.  Las draconianas medidas, dictadas fundamentalmente por los epidemiólogos, paralizaron el país y acabaron con el empleo. 

Ni que decir de la seguridad.  Colombia es sacudida semanal si no diariamente por una masacre o por el asesinato de un líder social.  Buena parte del territorio está ocupado por grupos armados organizados.  Por los ríos de vastas regiones de Colombia se pasean dragas y retroexcavadoras que se pueden ver desde el espacio sin que las fuerzas del orden hayan hecho algo para detener la minería ilegal.  El fracaso de una política para controlar el crecimiento de los cultivos de coca se confirma cuando la directora de la DEA anuncia, en el juicio contra Otoniel en Nueva York, que Colombia produce el 90% de la coca que se consume en Estados Unidos y cuando CNN anuncia que los carteles mexicanos envían “asesores” que le “ayudan” a los cultivadores a utilizar semillas mejoradas por esos carteles.  Duque y su gobierno siguen peleando, obtusa y soberbiamente, por el uso del glifosato y la aspersión aérea, que no pudieron ni podrán implementar.  Y claro los grupos armados ilegales, que se nutren de la coca y de la minería ilegal se fortalecen, ocupan el territorio, aterrorizan a la población y en el reciente paro armado decretado por el Clan de Golfo someten al Estado.  Duque, su ministro de guerra, no de defensa porque no defiende a nadie; y los comandantes de las fuerzas armadas han fracaso estruendosamente y se limitan a cobrar victorias pírricas en algunos casos cacareando como exitosas operaciones el asesinato de niños, niñas, mujeres embarazadas y campesinos desarmados.

Con ocasión de la aprobación de la ley de presupuesto de 2022, el gobierno de Duque, y la maquinaria de la coalición de la mermelada, pese a la advertencia de quienes conocen la constitución y a la protesta de la oposición le metieron un mico por medio del cual se modificaba la ley de garantías.  Una tramposa jugadita a tres bandas.  La ley de garantías es una ley estatutaria, su modificación por lo tanto se debería tramitar como ley estatutaria.  Y ahí está la “jugada”, al modificar la ley de garantías por medio de una ley ordinaria, el gobierno de Duque y su ministro de hacienda intencionalmente burlaron la ley.  A sabiendas se cometió un prevaricato de magnas proporciones.  A meter el mico en una ley ordinaria, la maquinaria de la coalición de la mermelada evitó el trámite que requiere que una ley estatutaria sea aprobada por mayoría absoluta de los parlamentarios de las dos cámaras.  En segundo lugar una ley estatutaria se somete a control constitucional antes de su sanción por el presidente, la ley ordinaria se somete a control constitucional después de su sanción si y sólo si se interpone alguna demanda de inconstitucionalidad.  El presidente, su ministro de hacienda y los miembros de la coalición de la mermelada sabían que el mico era inconstitucional y lo aprobaron para poner los recursos del Estado al servicio de las campañas electorales y gastárselos mientras la Corte revisaba el mico y lo ddeeclaraba inconstitucional lo que se sabía de antemano.  Este lamentable episodio resume la actitud del presidente Duque frente a la corrupción, la promueve al aprobar la ley y la defiende al sostener en su cargo ministros acusados de actos de corrupción.  Los contratos del ministerio de guerra con las amigas del ministro y la abudineada de los recursos destinados a la conectividad de niñas y niños son tan solo dos ejemplos.

Fracasa pues, la política de empleo.  Fracasa la política de seguridad, los ciudadanos se sienten desprotegidos y le han perdido totalmente la confianza a las fuerzas del orden.  Fracasa la política anticorrupción, la maquinaria de la coalición de la mermelada hundió los proyectos de ley que resultaron de la consulta anticorrupción y la corrupción se ha extendido como la lava.

Fracasó en intento de desmontar la JEP en el que el presidente Duque se gastó los primeros dieciocho meses de su gobierno.  Fracasó el intento de hacer trizas los acuerdos de paz, la tan cacareada política de paz con legalidad es un estruendoso fracaso, el país se encuentra sumido en una ola de violencia similar a la de los tiempos de los carteles.  Por las carreteras de Colombia apenas si se puede circular.  Fracasó la reconstrucción de San Andrés y Providencia.  Fracasó el intento de tumbar a Maduro.  Fracasó el descarado apoyo de funcionarios del gobierno de Duque a la campaña de Trump en los Estados Unidos.

Ante semejante desastre nos invitan a votar por el candidato de Duque y de la coalición de la mermelada porque si gana el otro, Petro, nos lleva al diablo.  ¿A dónde? me pregunto, si ya nos llevó.

En alianza con enemigos jurados de Fajardo en la izquierda radical, como lo confesó Isabel Zuleta, los entes de control de bolsillo del presidente minaron su candidatura y de ponto, como lo celebra la senadora Zuleta, “lo quemamos”.  Otra victoria pírrica, Fajardo es la opción que permite tener esperanza de un cambio real, ecuánime, sin sobresaltos.  La aventura que ofrecen los candidatos de los extremos no es promisoria.  Cualquiera de los dos que gane llevará a Colombia a otros cuatro años de sobresaltos, de políticas erradas, de confrontación.  Y ese es el mayor fracaso de Duque, deja en país descuadernado y en manos de descuadernadores.

Cucharaditas

El general Zapateiro que no es funcionario de elección popular, interviene en política, la procuradora de bolsillo renuente anuncia que le abrirá investigación.  El alcalde de Medellín que sí es funcionario de elección popular, sigue el ejemplo del presidente Duque y de Zapateiro y hace un video relativamente bobo en Twitter y la procuradora de bolsillo se apresura a ordenar investigación, es lo que corresponde, y a suspenderlo de su cargo, en contra de una clara sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que Colombia debe cumplir.  Papayazo.  Quintero suspendido, víctima de persecución política por parte de una procuradora de bolsillo, más votos para Petro.  Yo no los entiendo.

El fiscal antidrogas y anticrimen organizado de Paraguay se viene a Colombia, ¿de incógnito?, sin esquema de protección y sin siquiera avisarle a su embajada, a pasar la luna de miel en Cartagena.  Con su bella esposa, periodista ella, postean fotos de su romántico paseo en sus redes sociales.  En Cartagena, en Colombia, en donde el sicariato se ha desarrollado a niveles incalculables.  Lo demás es historia.  Yo no los entiendo.

Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @Juanmaurrutiav1


2 respuestas a “Malo no, malísimo

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