La Defensa de Occidente IX

Qué se entiende por pensamiento de izquierdas

Parte 2: Sus vínculos con el neo marxismo

Afirmé que Antonio Gramsci y Herbert Marcuse, entre otros autores, plantean que la sumisión de la clase oprimida no sólo está dada por la dominación económica. Para Gramsci la hegemonía cultural en las sociedades capitalistas occidentales, la burguesía es la que domina tanto por consenso como por coerción. Para Marcuse en el capitalismo avanzado existen mecanismos culturales e ideológicos de integración (el consumo, los medios de comunicación, las “necesidades falsas”, la racionalidad tecnológica, por ejemplo) que contribuyen a reproducir relaciones de dominación.

Respecto del consenso, Gramsci señala que se logra porque los principios y valores hegemónicos se aceptan como “normales” o “naturales”. Se sitúan en el fundamento del orden existente. Hacen parte del “sentido común”, de los hábitos social y moralmente aceptados. Se aceptan como algo universalmente compartido que determina que ciertas aspiraciones puedan ser consideradas como “razonables”. Esta hegemonía se hace evidente en diversos escenarios de la sociedad civil como son la escuela, los medios de comunicación, las iglesias y las instituciones culturales. 

Respecto de los mecanismos de integración, Marcuse señala que mediante ellos el capitalismo logra mantenerse y, por lo tanto, se mantienen las asimetrías estructurales de poder. Y logra mantenerse por el conformismo que genera y que hace ver la dominación como “normal”, “eficiente” y “racional”, lo que fortalece la estabilidad del orden social, al mismo tiempo que reduce la capacidad de pensar de manera crítica. En estos mecanismos tienen especial importancia la publicidad y el comercio en relación con tantas y diversas necesidades falsas. Así, la integración tiene como resultado una sociedad que Marcuse denomina unidimensional.

Respecto de la coerción, Gramsci señala que en los casos en que la sociedad civil no logra plenamente el consenso, la sociedad política ejerce poder mediante la construcción y aplicación de leyes, apoyándose en los aparatos institucionales como son los jueces y tribunales de justicia, los cuerpos policiales, el ejército y el sistema carcelario. Desde luego, la presencia de la sociedad política no sólo es eficaz cuando no se logra el consenso deseado. Aún en los casos en que se logra, la sociedad política y su facultad de sancionar, reprimir o castigar, es una garantía de que la adhesión sea más firme y estable.

¿Qué hacer ante este estado de cosas? ¿Cómo actuar ante una sociedad unidimensional?

Para Gramsci la respuesta es construir una contrahegemonía en la sociedad civil. Disputar el sentido común dominante. Poner en cuestión los ideales, los valores éticos, las reglas morales. Poner en duda que la visión del mundo hasta ahora compartida sea la única posible. En pocas palabras, se trata de crear una nueva cultura popular que unifique a los sectores subalternos, que unifique a los que están sometidos a las ideas hegemónicas; en particular a los que están oprimidos. Puesto que, dice Gramsci, en Occidente, el poder se sostiene sobre la base de las instituciones y prácticas de la vida cotidiana (escuela, medios de comunicación, iglesias, asociaciones gremiales, sindicatos, instituciones culturales…), es ahí mismo donde hay que entrar a disputar el sentido común que se considera natural; es ahí—agrega—, donde hay que desnaturizarlo. Todo esto, señala, supone una lucha prolongada en todas las instituciones de la sociedad civil en la que la estrategia central, directriz, es la de ocupar y transformar espacios y no seguir pensando en un asalto rápido al poder.

La llamada educación política asume un papel activo determinante en el contexto de esta gran estrategia, agenciada por intelectuales con pensamiento transformador, con ideas novedosas que orienten la acción política. Así mismo, el partido y la organización política, concebidos por algunos seguidores de Gramsci como el Príncipe Moderno, adquieren importancia capital. Como consecuencia, se impone la necesidad de formar intelectuales orgánicos de las clases subalternas capaces de organizar y dar coherencia a demandas dispersas; idóneos para impulsar una pedagogía política, para articular una alianza social amplia, con el fin de expresar los intereses populares de manera consistente en una dirección política estable.

Herbert Marcuse agrega un elemento importante para esa lucha, o disputa, como la llama Gramsci. Dice que para superar esa unidimensionalidad de las sociedades capitalistas de Occidente, es necesario desenmascarar la forma como se producen en las clases subordinadas el conformismo y falta de pensamiento crítico. Señala que es mediante el consumo de bienes que responden a falsas necesidades, el contenido de los mensajes difundidos por los medios de comunicación y la sacralización de la tecnocracia.

Para Marcuse es, por tanto, indispensable promover una negativa activa (la “Great Refusal”) frente a la posibilidad de reproducir los valores y estilos de vida que mantienen y salvaguardan la dominación. Hace, entonces, un llamado a rechazar el conformismo, a resistirse ante las imposiciones culturales y políticas, a adoptar un pensamiento crítico negativo; es decir, es un llamado a que no se concilie con lo existente. Para promover la negativa activa es estratégico dirigirse a las juventudes, a los estudiantes, a los grupos marginados, a los movimientos contraculturales (los ambientalistas, los pacifistas, por ejemplo). 

En efecto, estos grupos son los que pueden estar menos integrados, menos acoplados a los beneficios que ofrece el capitalismo de Occidente; por lo tanto, estarán más abiertos, más bien dispuestos a cuestionarlo. Estarán mejor dispuestos a rechazar falsos deseos, a rebelarse contra la obediencia, a acoger nuevos valores incompatibles con las tendencias competitivas, a oponerse a la represión, a abrirse al arte como fuente de imaginación de nuevos mundos, para configurar alternativas novedosas que rompan con la normalización. Estarán en mejor posición para no centrar su mirada de manera acrítica en la tecnología y acoger otra racionalidad. Podrán, por ejemplo, entender que es posible organizar la producción de bienes para reducir la dominación, para eliminar la alienación y para evitar la destrucción.

Michel Foucault (a pesar de haber sido crítico con ciertas corrientes del marxismo) contribuye de manera importante en lo que he venido llamando el pensamiento de izquierdas. En este sentido, su obra puede ser considerada como complementaria, aunque ciertamente diferente, a las contribuciones de Gramsci y de Marcuse. 

En su obra desarrolla la idea de que el poder no se concentra únicamente en el Estado sino que se distribuye capilarmente a través de las prácticas sociales cotidianas que tienen lugar en instituciones como la escuela primaria y secundaria, las universidades, los centros de investigación, los hospitales o las instituciones carcelarias. En ellas se “educa” y se “disciplina”, se establece cuáles son las conductas aceptables o “normalizadas”. Y, sumamente importante, en ellas existen prácticas, procedimientos, métodos, normas generalmente aceptadas por todos que son agenciadas por personas con autoridad, que las hacen funcionar como un sistema, como un régimen de verdad que determinará aquello que se considera “la verdad”. En este sentido, la verdad es el producto de la acción conjunta, mancomunada, del saber con el poder; la verdad no es, pues, externa al poder. Se constituye, dice Foucault, en tramas históricas e institucionales atravesadas por las relaciones de poder.

El enfoque de Foucault es ante todo genealógico; su propósito es mostrar cómo históricamente se constituye un régimen de verdad. Inspirándose en Nietzsche, su interés es poder decir de dónde procede tal o cual régimen de verdad. Su método consiste en mostrar cuáles fueron las condiciones históricas que lo hicieron posible: cuáles fueron las prácticas, los dispositivos utilizados; qué instituciones participaron; cuáles fueron las luchas que fue necesario librar… 

Foucault es considerado por muchos un heredero (o continuador) del gesto crítico asociado a los ‘maestros de la sospecha’, que es la forma como Paul Ricoeur llama a Marx, Nietzsche y Freud. En efecto, su obra problematiza lo que una sociedad presenta como ‘verdadero’, ‘normal’ o ‘deseable’, mostrando cómo estas categorías se constituyen históricamente en relación con prácticas, instituciones y relaciones de poder y saber.

Chantal Mouffe y Ernesto Laclau son dos figuras prominentes del post marxismo. Reelaboran las ideas de Gramsci. En particular, asumen la lucha cultural en contra de la hegemonía ideológica, pero la conciben de una manera más amplia; como una hegemonía político-discursiva. Retoman el concepto de Foucault producción de subjetividades y lo elaboran para fundamentar los conceptos de “construcción de identidades”, “articulación de posiciones de sujeto” y “constitución discursiva del sujeto político”. 

La subjetividad es la forma en la que una persona se entiende a sí misma y la forma como actúa; la forma como entiende cuáles son sus propios deseos, sus valores, sus miedos… La forma en la que se apropia de las palabras, de los símbolos, de las consignas e ideas que circulan en su entorno social. La forma como la persona se reconoce y actúa como parte de un sujeto colectivo como puede ser “el pueblo”, “la ciudadanía” “los trabajadores” “las mujeres”. La forma como piensa que se trata de un “nosotros” cuando piensa en ese sujeto colectivo, contrapuesto a un “ellos”. Estos sujetos colectivos están divididos por una frontera política social e históricamente delineada y son antagónicos en virtud de los conflictos existentes entre ellos.

La subjetividad es el modo de ser sujeto; es lo que la persona significa cuando pronuncia la palabra “yo”; aquello que pone en juego al hacerlo. Es la forma como la persona se comprende a sí misma y se sitúa en su mundo. Significa, en particular, las ideas, los conceptos, las creencias en que se fundamenta para afirmar qué es “lo normal”; qué es “lo deseable”; qué es “lo posible”. 

Pero, muy importante, como se desprende de lo anterior, esta subjetividad no es algo interno, natural en cada persona, sino es el producto de un proceso social histórico.

Mouffe y Laclau van en la dirección de Gramsci y de Foucault cuando afirman que estas subjetividades se constituyen mediante prácticas discursivas hegemónicas que circulan en las instituciones y organizaciones sociales de la vida cotidiana. En primer lugar en la familia. Después en la escuela. Después en las empresas y organizaciones que son fuentes de trabajo. Pero también en las instituciones culturales, las redes sociales, los hospitales, las instituciones carcelarias; en efecto, en ellas frecuentemente impera el discurso hegemónico que establece un“régimen de verdad”; que establece, provisionalmente, qué es lo normal, qué es lo aceptable. En las prácticas cotidianas de todas estas instituciones es posible encontrar lo que el discurso hegemónico dispone y, sobre esta base, se construyen consensos y se delinean fronteras entre un ”nosotros” y un “ellos”.

Con esta entrega y la anterior, espero haber logrado los trazos idóneos para delinear de manera suficientemente clara el concepto de pensamiento de izquierdas para que, más adelante, sea posible sustentar la idea de que se trata de uno de los enemigos de Occidente.

Gedeón Prieto marzo 2026


Deja un comentario