
¿Qué es el Islam?
La muerte del Profeta y su sucesión
El 8 de junio de 632 Mahoma muere después de estar enfermo, recluido en la casa de Aisha. Fue un período breve en el que soportó fuertes dolores y fiebres muy altas. Para muchos, el Profeta no había designado de manera explicita y formal un sucesor. Mientras su familia (Aisha, su esposa principal, Fátima, su hija y Alí, su yerno y primo, entre otros) preparaba su cuerpo para el sepelio, un grupo de seguidores se reunían en secreto en un lugar llamado Saqifa Banü Sä´ida (o cobertizo del clan Banü Sä´ida). Deliberaban sobre quién debía suceder a Mahoma. Abú Bakr, el gran compañero y suegro del Profeta, después de una acalorada discusión, fue elegido como khalifa, que significa sucesor o representante de Mahoma. Sucesor no como profeta, claro está, sino únicamente como líder religioso, político y militar. En esta discusión se hacía evidente que las viejas rivalidades tribales no habían desaparecido; estaban latentes y recobraban fuerza con la muerte de quien había congregado en la umma a los clanes y las tribus de la Arabia pre musulmana.
En medio del intercambio de razones por las cuales fulano o zutano debía ser el khalifa, Abú Bakr (el padre de Aisha) pronunció una frase que se haría famosa: “Quien adoraba a Mahoma, sepa que Mahoma ha muerto; pero quien adoraba a Alá, sepa que Alá vive y no morirá (Corán 3:144)”. Umar ibn al-Jattab, otro fiel y cercano compañero de Mahoma, tomó la mano de Abú Bakr y le juró lealtad. Muchos otros hicieron lo mismo. De esta forma, la mayoría de los reunidos en el cobertizo reconoció a Abú Bakr como el primer Khalïfat Rasül Alläh.
Pero esta elección no fue aceptada por Alí ni por Fátima, ni por muchos otros que se solidarizaron con ellos. Consideraban que esa no era una elección legítima sino algo así como un golpe de Estado, como una traición; en efecto, para ellos, Mahoma sí había dejado un sucesor. Unos tres meses antes de la muerte del Profeta (marzo del 632), al regresar de la última peregrinación que él hizo a la Meca, en el sitio llamado Ghadir Khumm (el estanque de Khumm, cercano al Mar Rojo), Mahoma ordenó que se hiciera una pausa en la marcha y se dirigió a los más de cien mil peregrinos que lo acompañaban. Sobre un púlpito improvisado, tomó la mano de su yerno Alí y dijo: “Para quien me tenga como su mawlä, Alí es su mawlä”. De esta forma, decía esta facción de la umma, Alí, primo del Profeta, criado en su casa desde niño, esposo de su hija Fátima, padre de sus únicos nietos sobrevivientes y uno de los guerreros más sobresalientes del Islam primitivo, había sido designado como Khalifa por el mismo Profeta.
Pero mawlä es una palabra ambigua: en árabe puede significar amigo cercano, o protector, o guardián, o maestro con autoridad. Para los partidarios de Abú Bakr el Profeta no estaba designando a su sucesor; simplemente estaba honrando a Alí, elogiando a su primo y yerno frente a su comunidad.
Quienes pensaban que Alí ibn Abi Tálib había sido designado como Khalifa se apoyaron, además, en la parte de la aleya 67 de la sura 5 del Corán que dice: “¡Oh mensajero! Transmite lo que te ha sido revelado por tu Señor; si no lo haces, no habrás transmitido su mensaje”. Puesto que esta aleya se vincula directamente a los acontecimientos que tuvieron lugar en Ghadir Khumm, la interpretan como prueba suficiente de que la designación de Alí fue un mandato divino. Luego la elección de Abú Bakr era un claro acto de desobediencia a Alá.
La umma se enfrentó, entonces, a una gran crisis. Muchos de ellos querían volver a las divisiones internas entre clanes y tribus. Otros señalaban que el pacto que habían suscrito era con Mahoma y con nadie más; en consecuencia, muerto él, no había ningún pacto y no debían obediencia a Medina. Otros se negaban a seguir pagando el zakat (la limosna obligatoria o impuesto religioso). Otros no veían la necesidad de rezar las cinco veces diarias obligatorias. Estos enfrentamientos dieron origen a las que se conocen en la tradición islámica como las guerras de la Ridda (termino que puede ser traducido como apostasía o defección).
(Los partidarios de Alí son los ancestros de los que hoy conocemos como musulmanes chiítas; los partidarios de Abú Bakr son los ancestros de los actuales musulmanes sunitas.)
Alí y Fátima se refugiaron en su casa y no quisieron reconocer a Abú Bakr como el primer Khalifa. Y la razón principal para negar su reconocimiento es lo que los chiítas han llamado la mayor tragedia del Islam. Tres días antes de morir, Mahoma pidió una pluma y papel para escribir algo que, según él dijo, protegería a la umma de la división y las confrontaciones. Umar ibn al-Jattab que estaba al lado del lecho de muerte, dijo que el Profeta estaba delirando y no dejó que le pasaran lo que pedía. Se produce entonces un enfrentamiento entre quienes están de acuerdo con Umar y quienes están en contra; es decir, que son partidarios de darle la pluma y el papel al Profeta. Mahoma, moribundo, expulsa a quienes se han enfrentado verbalmente; les dice que no es correcto que discutan de esa manera en ese momento tan difícil para él. Los chiítas aseguran que esta confrontación “rompió el corazón del Profeta”; se dio cuenta de que su comunidad se dividía incluso antes de que él muriera y esta infortunada discordia entre sus amados hermanos precipitó su muerte. El resultado trágico es que Mahoma nunca escribió lo que dijo que quería escribir.
A pesar de la oposición de un buen número de miembros de la umma y de la negativa de la familia del Profeta a reconocer a Abú Bakr como Khalifa, éste empieza a fungir como tal. Pero para lograr plena legitimidad, Umar y Qundfudh (otro seguidor de Mahoma muy cercano a él y a Abú Bakr) acompañados de algunos de los de la umma que habían emigrado de la Meca con el Profeta y algunos de los que lo habían acogido y protegido en Medina, van a la casa de Alí y Fátima para exigirles el reconocimiento del primer khalifa. Alí se niega a atenderlos. Fátima les comunica la voluntad de su esposo. Umar intenta ingresar a la casa por la fuerza y, al hacerlo, empuja a Fátima. Los cronistas chiítas dicen que como consecuencia de este acto violento, Fátima, que tenía un embarazo de alrededor de tres o cuatro meses, pierde al niño que habría sido nieto del Profeta. Como consecuencia de este aborto, Fátima muere unos meses después, cuando tenía alrededor de veinticinco años. Los cronistas sunitas, por su parte, dicen que este acontecimiento nunca tuvo lugar; que se trata de una invención malintencionada. Que sí pudo haber un incidente pero que éste fue menor; no pasó de ser una discusión algo acalorada.
Alí sólo reconoce a Abú Bakr meses después por presión y para evitar la división, pero no por convicción.
Abú Bakr murió dos años y tres meses después de Mahoma en circunstancias muy similares a las del Profeta: murió a los sesenta y tres años, en Medina, después de una corta enfermedad con altas fiebres y fuertes dolores. En su mandato logró mantener la unidad de la umma venciendo en las guerras de la Ridda. Con la ayuda de sus generales, entre quienes se destaca Jálid ibn al-Walid, eliminó a los líderes rebeldes enfrentándolos uno a uno y combinando la contundencia de sus armas con el perdón y la clemencia para los vencidos. Nunca tomó represalias, pero sí aplicaba las leyes de manera estricta y contundente. Uno de los rebeldes muertos más importantes fue Musaylima al-Kaddab, un líder carismático que quiso erigirse como el nuevo profeta.
Además de mantener la umma unida venciendo militarmente a los rebeldes y haciendo prevalecer la fe en el Corán, garantizó el pago obligatorio del sakat, sentó las bases administrativas del califato y organizó meticulosamente las guerras de invasión al imperio sasánida en el territorio de lo que hoy es Irak y al imperio bizantino en lo que hoy es Siria. En los territorios vencidos militarmente, sus habitantes tenían dos opciones: convertirse al Islam o conservar su fe, caso en el que debían pagar un impuesto personal llamado yizya y aceptar la condición de dhimmíes, que significa ser un no ciudadano musulmán, que acepta la autoridad del Estado islámico y su protección.
Abú Bakr, a diferencia de Mahoma, sí designó un heredero y éste fue Umar ibn al-Jattab. Este segundo Khalifa gobernó durante diez años hasta que fue asesinado por un esclavo persa (llamado Abu Lu´lu´a) mientras oraba en Medina. Desde su llegada al poder (en 634), Umar continuó la expansión de los territorios del Islam que había iniciado su antecesor. Tras la batalla de Qadisiyya (en 636), la toma de Ctesifonte (la capital del imperio persa) y la batalla de Nihavand (en 642), el imperio sasánida persa fue definitivamente vencido y conquistado. Al territorio de Siria-Palestina que ya había sido conquistado por Abú Bakr, Umar adicionó Jerusalén (tomada en 637) y el territorio de Egipto (conquistado militarmente entre 639 y 642). Fundó las ciudades de Kufa (en 638) y Basora (en 637) que se encuentran en lo que hoy es Irak y la ciudad de Fustat (en 641) en lo que hoy es Egipto. Además de extender el imperio islámico (que a la muerte de Umar ocupaba toda la península arábiga, lo que hoy son Siria, Jordania, Líbano, Irak, gran parte de Irán y Egipto), el segundo khalifa hizo importantes aportaciones a la organización del Estado islámico e instituyó el calendario islámico que tiene como año cero la Hégira (año 622 después de Cristo).
Antes de morir, Umar había designado a Uthman ibn ´Affan como su sucesor. Él pertenecía al clan omeya y había sido uno de los primeros conversos al Islam. Era casado con dos hijas del Profeta (razón por la que tenía el sobrenombre de “el de las dos luces”). Continuó con la expansión islámica que llegó hasta lo que hoy es el norte de Irán, Afganistán, Armenia, parte de Asia Central y Libia. Creó la primera flota musulmana. Y, muy importante desde la perspectiva de su carácter de líder religioso, publicó la primera versión oficial del Corán. Uthman, a pesar de su éxito militar y religioso, era considerado como un líder político débil y corrupto; proclive al nepotismo e incapaz de resolver problemas económicos relacionados con la distribución de tierras y botines ganados en las batallas. El descontento producto de estos problemas generó una rebelión muy fuerte. Algunos de los rebeldes rodearon la casa del khalifa mientras él, a sus ochenta años, leía serenamente el Corán. Entraron y lo asesinaron. Algunas gotas de su sangre cayeron sobre la aleya 137, de la sura 2, que dice “Alá te será suficiente contra ellos”.
Alí, el primo y yerno del Profeta, fue designado el siguiente khalifa. Desde los primeros días, su gobierno estuvo entorpecido por diversos conflictos. El primero fue que muchos miembros importantes de la umma afirmaban que él había estado involucrado en el asesinato de Uthman. Mu´awiya ibn Abi Suffyán, primo de Uthman y gobernador de Siria, le pidió a Alí que castigara duramente a los asesinos del khalifa octogenario. Alí respondió que antes de hacerlo, necesitaba consolidar su autoridad. El gobernador interpretó esta respuesta como una muestra inequívoca de su complicidad en el asesinato. Pero, lo más grave, es que Aisha, nada menos que la esposa principal del Profeta, también exigía que Alí debía vengar la muerte de Uthman en forma inmediata. Ante su negativa persistente, Aisha lideró una rebelión en contra de Alí. Ella y sus seguidores se enfrentaron con el ejército de Alí en una batalla que sería recordada como la Batalla del Camello (en diciembre de 656). En efecto, Aisha participó en ella montando un camello de color rojizo. Los soldados de Alí la vencieron después de una cruenta lucha en la que musulmanes se mataban entre sí. Cuando las defensas de Aisha se vieron diezmadas, sus enemigos le cortaron las patas al camello y ella fue capturada. Alí fue magnánimo y en lugar de tomar venganza sobre ella, con mucho respeto la mandó de regreso a su casa escoltada por una guardia de honor.
Esta batalla puso en evidencia, una vez más, que las viejas rivalidades tribales no habían desaparecido. Además, dividió la umma en dos facciones difícilmente reconciliables. Aisha que era llamada “madre de los creyentes”, ahora se enfrentaba con el que muchos consideraban como el sucesor que Mahoma había designado por mandato divino.
Esta división se profundizaría en 657 con la batalla de Siffin (un lugar a la orilla del río Eufrates, en la frontera de lo que hoy son Siria e Irak). En ella el ejército de Alí tuvo que enfrentar al de Mu´awiya que seguía exigiendo que Alí castigara a los asesinos de Uthman. Alí le respondía que antes él debía reconocer su autoridad como Khalifa. La lucha se prolongó por tres meses sin que hubiera un vencedor. Pero cuando el gobernador vio que el ejército de Alí estaba venciendo al suyo, tuvo la idea de ensartar en las lanzas de sus soldados hojas del Corán y pedir que el conflicto se resolviera mediante un arbitraje religioso. Alí aceptó. Nombró a Abu Musa al-Ash´ari (un viejo compañero de Mahoma y gobernador de Kufa y después de Basora) como su árbitro. Por su lado, Mu´awiya nombró a ´Amr ibn al-´As (un individuo astuto y manipulador). Los dos árbitros se reunirían y decidirían quién debía ser el khalifa. ´Amr ibn al-´As convenció a Abu Musa al-Ash´ari de que era necesario destituir tanto a Alí como a Mu´awiya con el fin de que los musulmanes eligieran libremente a un nuevo khalifa. Abu Musa, ante los dos ejércitos, proclamó que había destituido a Alí. Acto seguido, ´Amr ibn al-´As, traicionando el acuerdo, proclamó que confirmaba a Mu´awiya como el verdadero Khalifa. Esta declaración generó un caos total y el conflicto no se resolvió. Del ejército de Alí surgió una facción llamada los jariyíes (que significa “los que se rebelan”) que consideraban que Alí, Mu´awiya y ´Amr ibn al-´As habían pecado y merecían morir; sólo así la comunidad musulmana volvería a la pureza original. Alí tuvo que luchar contra estos rebeldes hasta que los venció en 658 en la batalla de Nahrawán. Los eliminó a casi todos, pero un pequeño grupo escapó. Entre ellos, ´Abd al-Rahman ibn Muljam quien, en Kufa, en 661, asesinó a Alí durante la oración del amanecer. El cuarto khalifa tenía en ese momento sesenta y tres años, la misma edad a la que murieron Mahoma y Abú Bakr.
Hasan ibn Alí ibn Abi Tálib, hijo mayor de Alí, fue reconocido como su sucesor, pero él, como pacifista que era, prefirió negociar y pactar con Mu´awiya quien asumió como el quinto khalifa. A cambio, Hasan recibió una pensión vitalicia que no disfrutó sino durante nueve años pues murió cuando tenía unos cuarenta y cinco años. Muchos dicen que fue envenenado por Mu´awiya, a través de una de las esposas de Hasan.
El quinto khalifa gobernó hasta su muerte en 680. Lo sucedió su hijo Yazid ibn Mu´awiya ibn Abi Sufyan fundando con ello la dinastía omeya. El khalifato se convertía así en una especie de monarquía hereditaria, algo a lo que se oponía una buena parte de la umma. Entre los opositores a la dinastía omeya estaba Huséin ibn Alí, nieto de Mahoma (otro hijo de Alí y Fátima). Pero, además, Yazid era para Huséin un libertino que tomaba vino y actuaba con brutalidad; no podía ser pues el “comandante de los creyentes”, decía él. Aparentemente, un gran grupo de opositores de Kufa le pidieron que comandara un ejército para combatir en contra de Yazid. Pero era una trampa. Huséin, ingenuamente, salió de la Meca hacia Kufa (que hoy es Irak) con un grupo de unos setenta opositores y sus familias. Huséin fue brutalmente atacado el día de Ashura del año 61 del calendario islámico. Ashura es el décimo día del mes de Muharram, o primer mes del año del calendario islámico. En este día sagrado se hace ayuno y se expresa gratitud a Dios. En efecto, Huséin y sus acompañantes fueron interceptados y masacrados por un ejército de 30.000 soldados enviados por Yazid.
Son muchos los relatos acerca de cómo se dio esta masacre en la que murieron los setenta opositores, sus esposas y sus hijos. Uno de ellos se refiere a la muerte de Huséin. Herido, se dirigía al río para darle agua a Alí Azgar, su pequeño hijo, cuando un grupo de soldados los rodearon. Él les dijo que si no tenían piedad con él, al menos la tuvieran con el pequeño que moría de sed. La respuesta fue una flecha que atravesó la garganta del niño. Con su hijo moribundo, mirando hacia el cielo, Huséin dijo: “¡Oh Alá! Esto me es fácil de soportar porque sucede bajo tu vista”. Tan pronto terminó de pronunciar estas palabras, Huséin recibió innumerables flechas. Cortaron su cabeza y se la llevaron ensartada en una lanza a Yazid. Lo mismo hicieron con las cabezas de los demás rebeldes masacrados.
La muerte de Huséin es un hito muy importante para los chiítas. Su tumba en Karbala es un sitio de peregrinación y la conmemoración de su muerte es de gran importancia; es la ocasión para reflexionar sobre la verdad y su supremacía sobre la conveniencia. Es una celebración luctuosa, triste. Es el recuerdo de una gran catástrofe. Pero ante todo, la muerte de este nieto del profeta es la causa de la profundización del cisma del Islam que dio origen a chiítas y sunitas, entre otras facciones, que se mantienen en una guerra que, salvo cortos periodos de una paz relativa, lleva ya casi mil cuatrocientos años.
Con este recuento histórico tendremos el contexto necesario para entender lo que es el Islam y de qué manera puede ser considerado como uno de los enemigos de Occidente.
Gedeón Prieto febrero 7