La Defensa de Occidente III

The Objective

El problema de la Verdad

Por Gedeón Prieto

Decía en la nota pasada que, muy probablemente, muchos recuerdan aquello de que “si es verdad que todos los hombres son mortales y, además, es verdad que Sócrates es un hombre, entonces, también es verdad que Sócrates es mortal.” Al retomar este ejemplo, quiero señalar algo muy importante: con este silogismo podemos poner en evidencia que lo que se afirma es que la verdad de las dos primeras proposiciones (que los lógicos llaman premisas), en virtud de una regla se “transmite” a la tercera proposición (que los lógicos llaman conclusión). Las reglas de la lógica pueden ser concebidas entonces como las reglas de transmisión de verdad. De lo anterior podemos concluir que la lógica tiene a la verdad en el centro de sus preocupaciones y sus ocupaciones.

Antes de cualquier malentendido: la lógica no nos dice nada acerca de cuál es la verdad; no nos dice nada acerca de qué proposiciones son verdaderas y cuáles son falsas. En lo único que se compromete es en decirnos que si se diera el caso de que un conjunto de proposiciones fueran verdaderas, entonces, otro conjunto de ellas que son determinadas por sus reglas, también serían verdaderas.

Otro blanco de ataque (¿objetivo militar?) de los quintacolumnistas criados en occidente es precisamente el concepto de verdad. Les produce fascinación pregonar la consigna de que la verdad no existe. Algunos son más cautos y dicen que la verdad universal no existe.

Algunos segundos de esparcimiento; un divertimento como diría algún músico: tomemos la afirmación “La verdad no existe”. Cualquiera que sea el que la haya dicho, como cualquier persona que afirma algo, tiene la pretensión de que se trata de una afirmación verdadera. Supongamos entonces que es verdadera. En este caso, es necesario entonces aceptar que por lo menos existe una verdad: la verdad de que la verdad no existe. Pero al aceptar esto, tenemos que aceptar que es falso que la verdad no existe, puesto que, al menos, existe una: la de la afirmación inicial o premisa. Llegamos entonces a una contradicción: es vedad que la verdad no existe (la premisa) y es falso que la verdad no existe (la conclusión). ¿Lo mejor sería perdonar a los quintacolumnistas que afirman que la verdad no existe porque no saben lo que dicen? Para no entrar en este tipo de contradicciones es importante atender a los consejos de Bertrand Russell; pero, los quinta columnistas occidentales no suelen ser aficionados a la lectura de este filósofo y matemático.

Quienes creen firmemente que la verdad no existe, usualmente, se apoyan en Michel Foucault  o en Jacques Derrida. Aquí, nuevamente, quien conozca una cita textual en la que cualquiera de estos autores haga de manera explícita esta afirmación, por favor que la comparta.

Lo que afirma Foucault es un poco diferente. En primer lugar, dice que la verdad no es universal. Pensando en los pensadores de izquierdas, me parece de suma importancia aclarar algunas cosas. La primera, es que la “verdad” es un valor, un adjetivo con el que se califica a algunas proposiciones o afirmaciones en función de un determinado criterio. A otras proposiciones se las califica con el otro valor posible en función de los mismos criterios: el valor “falsa”. Tenemos entonces que las proposiciones se dividen, en virtud de un criterio en “verdaderas” y “falsas”. La segunda aclaración es que ese criterio del que hablamos, da origen a diversos tipos de verdad.

Cuando el criterio es la coherencia de un sistema formal, hablamos de una verdad formal. Ejemplos de sistemas formales son la lógica de Aristóteles, la lógica matemática de Russel y otros, la aritmética de Peano, el cálculo de Newton, la geometría de Euclides o la de Riemann o la de Lobatchevsky. Las proposiciones verdaderas de estos sistemas son verdaderas en cualquier parte, en cualquier cultura. Pueden no ser eternas puesto que antes de Aristóteles, para tomar sólo un ejemplo, no existían. Pero si son sempiternas; es decir, son verdaderas desde el momento en que se construyeron y seguirán siéndolo hasta que la raza homo sapiens exista.

Cuando el criterio es la capacidad que tiene un sistema para controlar y predecir la realidad, hablamos de una verdad empírica. Las proposiciones verdaderas de estos sistemas también lo son en cualquier parte, en cualquier cultura. Las leyes de Newton permiten predecir dónde y cuándo habrá un eclipse de Sol o de Luna. Permiten construir puentes, edificios, carreteras en cualquier parte del mundo. Uno puede apostarle (con una muy alta probabilidad de ganar) a que también son sempiternas.

Cuando el criterio es la capacidad de un sistema para organizar comunidades justas, hablamos de una verdad ética. Las verdades éticas de lo que Adela Cortina llama “una ética de mínimos”, también son universales y sempiternas.

Podríamos seguir en este tipo de análisis con otros tipos de verdad, pero esto nos apartaría de nuestro tema central: debemos defender que en Occidente hay verdades universales y, si no son eternas, sí son sempiternas. Quien quiera negarlo, tendrá que desvirtuar los argumentos que nadie ha desvirtuado hasta ahora.

Como dije, no es posible decir que Foucault niegue nada de lo anterior. Por el contrario, lo acoge implícitamente cuando aclara que él no es un relativista absoluto. Más bien, señala cosas bastante interesantes y pertinentes tales como que la verdad se construye social e históricamente, o que la verdad es algo que está estrechamente ligada al poder, o que la verdad puede ser utilizada como un instrumento de dominación.

Algo similar a lo que he dicho de Foucault puedo decir de Derrida. Él tampoco ha dicho que la verdad no existe. Ha dicho, eso sí, que el significado de un texto no es único, que puede ser interpretado de diversas maneras. Y tiene toda la razón. Pero es necesario señalar y resaltar que Jordan Peterson también tiene toda la razón cuando dice que no todas las interpretaciones son igualmente válidas: hay unas mejores que otras; unas están sustentadas en argumentos claros, precisos, coherentes y consistentes. Otras se sustentan en argumentos que son disparatados, incoherentes, confusos, imprecisos, inconsistentes.

Cuando un quintacolumnista occidental se regodea nombrando a Foucault o Derrida para sustentar la verdad de que la verdad no existe, tengo la sospecha de que no ha leído ni al uno ni al otro. Es importante no hacer lo que la mayoría en el medio académico o universitario hace: arredrarse ante la voz de los quintacolumnistas que ejercen dominación en este medio. Es necesario enfrentarlos. Que citen. Que expliquen sus argumentos.

Para Occidente es importante la claridad de los argumentos, la coherencia entre ellos, la precisión de las definiciones de las palabras que utilizan, la consistencia entre ellos y la experiencia en el mundo de lo real. Y, cómo no, para Occidente es importante acoger lo que recomienda Jürgen Habermas: discutir con sinceridad (decir de manera integral lo que se piensa), con transparencia (decir con claridad lo que se dice), con veracidad (decir lo que se piensa que es verdadero) y corrección (criticar la ideas, las teorías, y no atacar a las personas que las defienden). Vamos pues aclarando lo que significa el concepto de Occidente.


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