
Fiel a mi posición de extremo centro, con inmenso cariño, le abro espacio a contribuciones de dos amigotes, que no comparten para nada mi pensadera y para quienes soy zurdo. De los momentos que hacen mis días de retiro fantásciticos son mis conversaciones con ellos, en las que dicutimos, a veces duro y luego nos abrazamos.
La Defensa de Occidente
Por Gedeón Prieto
Juan Manuel me ha permitido, generosamente, meter unas cuantas cucharadas para tratar de acometer una tarea que hoy se ha vuelto inaplazable: salir en defensa de Occidente. Pedimos excusas por la expresión un tanto rimbombante, pero tal vez no haya otra más sencilla que exprese bien aquello de que tratarán nuestras cucharadas.
Nuestra idea central es que Occidente ha venido siendo atacado por varias fuerzas. Nos interesaremos inicialmente por dos de ellas: el Islam y el pensamiento de izquierdas.
La razón principal por las que nuestras primeras cucharadas tratarán sobre ellas es que estas dos fuerzas se encuentran en el centro de acontecimientos que han captado la atención de un gran número de personas en Colombia, en América del Sur, en los Estados Unidos de Norteamérica y en muchas otras partes del mundo. Otra razón muy importante es que el Islam y el pensamiento de izquierdas, en ciertas circunstancias y escenarios, actúan en una alianza tácita difícil de comprender. En efecto, “Islam” significa sumisión, obediencia irrestricta a Alá (Dios en árabe), en tanto que lo que llamamos el “pensamiento de izquierdas” connota ateísmo, revolución, desobediencia, resistencia contra lo establecido. La dificultad reside, pues, en que revolucionarios ateos que están siempre dispuestos a poner en cuestión y combatir cualquier principio o norma que rige a la sociedad occidental, o como suele decirse, “al sistema”, estén tan bien dispuestos a aliarse con creyentes en Alá que se someten a sus leyes y principios que fueron revelados, transmitidos, directamente por Alá mismo a su profeta Mahoma, en el siglo séptimo después de Cristo.
Ahondemos en lo que constituye esa dificultad que señalamos. Aquellos que tienen pensamiento de izquierdas (y que serán objeto de análisis de algunas de las cucharadas), nacieron, fueron criados y educados en Occidente. Y en Occidente han abrazado sus tesis ateas y revolucionarias, y, ciertamente no están dispuestos a abandonar estos principios esenciales para ellos. Esto interpone una barrera (muy probablemente insalvable) entre ellos y quienes hoy son sus aliados estratégicos: los musulmanes fundamentalistas. En efecto, este fundamentalismo interpreta de manera literal los varios pasajes que se encuentran en el Corán en los que se afirma que Alá ha sellado los corazones y los oídos de los incrédulos y ha cubierto sus ojos con un velo. Los ateos de izquierdas son pues incrédulos con sus corazones, oídos y ojos totalmente cerrados porque Alá así lo ha querido. Para un fundamentalista islámico un incrédulo es entonces un infiel que es necesario combatir. Es posible entonces prever que, una vez esta alianza estratégica deje de ser útil para el fundamentalismo islámico, los pensadores de izquierdas pasen a ser los próximos infieles que haya que combatir. ¿Son conscientes los unos y los otros de estas divergencias fundamentales y a pesar de ello se alían? ¿O unos o los otros ignoran los principios de sus aliados y sólo esta ignorancia hace posible esa alianza?
Después de este primer tema urgente de tratar, iremos abordando otros que se relacionan de manera directa o indirecta con él. Todos ellos se ordenarán a resaltar la importancia de defender a Occidente y plantear las estrategias que sean las más idóneas para lograr una defensa eficaz y eficiente.
La naturaleza fascistoide de la China continental actual

En un de esas conversaciones sostenía Jean, «La primera gran potencia fascistoide del mundo no la pudieron hacer ni Benito Mussolini, ni Adolfo Hitler. La hizo el Partido Comunista Chino (PCCH).» Yo, claro, le dije que estaba loco, me contestó con este muy buen texto.
Por Jean Martin
Un análisis crítico sobre las tendencias autoritarias en el régimen chino
En las últimas décadas, la República Popular China ha experimentado una transformación significativa en su estructura política y social, evidenciando rasgos que muchos analistas consideran fascistoides. Bajo el liderazgo del Partido Comunista Chino (PCCh), el país ha consolidado un control estatal férreo sobre la sociedad, la economía y la información, eliminando gradualmente espacios de disenso y pluralidad.
Uno de los elementos más notorios de esta tendencia es la vigilancia masiva de la población, implementada a través de sistemas avanzados de reconocimiento facial y la recopilación de datos personales. El Estado utiliza estas herramientas para monitorear actividades cotidianas y suprimir cualquier manifestación considerada contraria a los intereses del régimen. Además, la censura en internet y medios de comunicación ha alcanzado niveles sin precedentes, restringiendo severamente la libertad de expresión y el acceso a información independiente.
La represión de minorías étnicas, como los uigures en Xinjiang y los tibetanos, así como el endurecimiento de las políticas en Hong Kong, reflejan una clara intolerancia hacia la diversidad y la autonomía regional. Estas acciones, acompañadas de campañas nacionalistas y de culto al líder, evocan prácticas históricas de regímenes totalitarios y fascistas, donde el poder se concentra en una élite que promueve la unidad nacional a costa de los derechos humanos.
En el ámbito internacional, China ha adoptado una postura cada vez más agresiva, utilizando su poder económico y militar para influir en otras naciones y expandir su modelo autoritario. La diplomacia coercitiva y la propaganda estatal buscan proyectar una imagen de fortaleza y legitimidad, mientras se desestima cualquier crítica externa como injerencia extranjera.
Si bien el contexto histórico y cultural de China es único, resulta innegable que su régimen actual comparte características fundamentales con sistemas fascistoides: centralización extrema del poder, supresión de la oposición, nacionalismo exacerbado y control total sobre la sociedad. Esta situación plantea importantes desafíos para la comunidad internacional, la defensa de los derechos humanos y la preservación de los valores democráticos en el siglo XXI.
¿El actual régimen chino continental podría considerarse una nueva clase de fascismo?
Es una pregunta legítima y muy debatida en ciencia política. La respuesta corta es: depende de cómo definas “fascismo”. Con definiciones estrictas, China no es fascista; con enfoques más funcionales o comparativos, sí comparte varios rasgos con regímenes fascistas, aunque sigue siendo una forma híbrida y distinta.
Voy por partes.
1. Qué es el fascismo “clásico”
Históricamente (Italia de Mussolini, Alemania nazi), el fascismo suele incluir:
- Nacionalismo extremo y movilizador
- Partido único fusionado con el Estado
- Culto al líder
- Militarismo y disciplina social
- Represión del disenso
- Corporativismo (empresas privadas subordinadas al Estado)
- Rechazo del liberalismo y del pluralismo
- Uso sistemático de propaganda y vigilancia
No todos los regímenes fascistas cumplen todos estos puntos, pero sí una mayoría.
2. Qué es China hoy (muy resumido)
China continental actual es:
- Estado de partido único (PCCh)
- Economía mixta: mercado + control estatal estratégico
- Nacionalismo fuerte (pero no racial al estilo nazi)
- Vigilancia masiva y represión política
- Liderazgo cada vez más personalista (Xi Jinping)
- Prioridad absoluta al Estado y a la estabilidad
- Ideología oficial pragmática, no revolucionaria
3. Rasgos donde China sí se parece al fascismo
Aquí es donde surge la comparación:
Nacionalismo autoritario. El régimen apela constantemente a la “grandeza nacional”, la humillación histórica y la obediencia al Estado.
Partido–Estado–Líder. El PCCh se fusiona con el Estado, y el poder se concentra crecientemente en una figura central, algo muy típico del fascismo.
Capitalismo subordinado. Hay propiedad privada, pero no autonomía real: las empresas existen mientras sirvan a los objetivos del Estado. Esto recuerda al corporativismo fascista más que al socialismo clásico.
Control social total. Vigilancia digital, censura, castigo al disenso, adoctrinamiento: mecanismos modernos de control que el fascismo histórico solo podía soñar.
4. Rasgos donde China no encaja con el fascismo
Aquí están las diferencias clave:
No es anti-comunista ni anti-socialista. El fascismo clásico surge como enemigo del marxismo. China mantiene simbólicamente ese legado, aunque muy transformado.
Aquí cabe una precisión: el fascismo italiano en sus inicios no fue antisocialista. Recuérdese que Mussolini dijo que el fascismo era la forma más inteligente del socialismo.
No hay movilización de masas permanente. El fascismo busca masas exaltadas y militantes. China prefiere despolitización, obediencia pasiva y tecnocracia.
No hay una ideología mítica totalizante. No existe algo equivalente al mito racial nazi o al romanticismo fascista. El discurso chino es instrumental y pragmático.
5. Entonces, ¿qué es China?
Las definiciones más usadas hoy son:
- Autoritarismo post-totalitario
- Capitalismo de Estado autoritario
- Leninismo adaptado al mercado
- Nacional-estatismo tecnocrático
Algunos académicos hablan de:
“fascismo funcional” o “fascismo sin camisas negras”
Es decir: cumple muchas funciones del fascismo, pero nace de otra tradición histórica.
6. Conclusión
China no es fascista en sentido histórico estricto, pero sí puede describirse como un régimen autoritario nacionalista con rasgos fascistoides, especialmente en su relación con el capital, el control social y el culto al Estado.
Ningún autor serio dice que China sea “fascismo clásico”. Varios autores sostienen que es fascistoide o funcionalmente equivalente en ciertos aspectos. El consenso es que China es un híbrido histórico nuevo, que obliga a repensar el concepto de fascismo.