
Esta columna es el resultado de una muy interesante y apasionada conversación con la otra generación, léase Carolina y su marido Juan Carlos quienes me sembraron “la pulga en la oreja” como dicen los franceses.
Generalmente, las noticias, las conversaciones, las columnas, los escritos, los editoriales y los discursos de la oposición se refieren a uno de dos asuntos: la última vomitada retórica del líder cósmico, (sobre Palestina, sobre el clítoris o sobre el calor) por una parte y el escándalo de la semana por la otra.
A esta altura la retórica nos causa risa, pero el escándalo nos enfurece, nos produce indignación.
A medida que los medios tradicionales cacarean el escándalo de la semana, RTVC, las redes sociales de las agencias del Estado y los medios alternativos petristes, véase las bodegas, nos recuerdan los escándalos de los gobiernos anteriores y las bodegas de la oposición que los escándalos de los gobiernos anteriores fueron meros errores.
Ni tanto que queme el santo, ni tan poco que no lo alumbre, decía mi bisabuela Lola.
No nos llamemos a engaño. Es cierto que el discurso alucinante, las mentiras, las falsas teorías, la ignorancia con que se refiere a los conceptos esenciales y el odio que destilan los discursos del presidente, no tienen precedente. Eso no había pasado en Colombia, ni en cantidad ni en contenido.
No podemos, tampoco, caer en la trampa y comernos el cuento de que Petro y su banda se inventaron la corrupción y la indelicadeza.
En la política contemporánea, la indelicadeza es más bien la regla que la excepción. Y así ha sido por décadas. La gran mayoría de quienes desde la oposición se rasgan las vestiduras ante la indelicadeza del presidente y de su banda están dispuestos a apoyar candidatos a las corporaciones y a la presidencia con rabo de paja, por decir lo menos.
La izquierda y el “progresismo” que al fin y al cabo son parte del mismo sancocho ideológico, han construido su discurso basándose en un tufillo de superioridad moral que incluye un sinnúmero de causas pero que se ha visto fortalecido con una indignación hacia las prácticas clientelistas que de entrada califican de corrupción cuando están en la oposición. En los dos casos más aberrantes de la actualidad política, el gobierno de Pedro Sánchez en España y el de Gustavo Petro, que se hicieron elegir ambos prometiendo una abierta lucha contra las prácticas indelicadas y la rampante corrupción, hoy en día sus seguidores las aceptan y hasta justifican, porque son gobiernos del pueblo y para el pueblo. Mientras tanto roban descaradamente y llenan la administración pública de amigotes sin formación, pero sobre todo sin escrúpulos.
Si por el lado progre llueve, por el otro no escampa. El partido Popular español acumuló acusaciones de toda índole. En el caso colombiano que conozco mejor, la derecha está dispuesta a echar la mano a quemar por personajes que no tienen una dudosa reputación porque la tienen pésima. Los grandes “electores” de la derecha colombiana, son, han sido y serán, indelicados, tolerantes y, hasta en algunos casos, beneficiarios de la corrupción.
La “gente de bien” que está, seguramente con razón, escandalizada con la corrupción y la falta de escrúpulos del gobierno del Cambio es la misma “gente de bien” que defiende a los predecesores de Petro, con frasecitas como “él no sabía”, “él no dio la orden”, “es una operación totalmente legal”.
Cuando fui director del ICBF, en el marco del programa que inició el gobierno para luchar contra la violencia doméstica, que se convertiría en una política pública llamada Haz Paz, obliterada por Beatriz Londoño y el presidente Uribe; con la ayuda de un fantástico equipo de publicistas sacamos un slogan que decía “para empezar a estar bien pongámonos de acuerdo con lo que está mal”.
Propongo entonces que, si queremos un verdadero cambio, debemos llegar a un acuerdo sobre lo que está mal, en la raíz. Aunque se ha vuelto un poco un lugar común, la frase de Carlos Gaviria, “el que paga para llegar, llega para robar” puede ser un muy buen comienzo.
Está mal pagar para llegar. Está mal que más de cien precandidatos presidenciales se estén gastando fortunas sin ningún control y sin ninguna trasparencia. Está mal que una campaña para el senado de la república cueste más que un apartamento de lujo en Manhattan. Está mal que, desde el arranque, en las campañas de todos los candidatos, haya un contador maquillando las cuentas y un comité financiero pasando el sombrero y asumiendo compromisos. Está mal que los presidentes, sus ministros y altos funcionarios, y todos los familiares de estos hagan o “faciliten” negocios casi siempre para “pagar” favores y claro está “sacar un tajadita”. Está mal que se tolere la falta de ética y de delicadeza en lo público y que haya desaparecido la sanción moral, muchas veces tapada por el «toda persona es inocente hasta que se pruebe que es culpable».
Toda campaña que recurre a arreglos, acuerdos, donaciones amarradas tiene que pagar los favores, pero eso no es todo. Una campaña política es una organización como cualquier otra, una empresa y desarrolla una “cultura organizacional”. Cuando ese “equipo” resulta ganador y el candidato es elegido, esa cultura se transfiere al poder. Si esa cultura es la de “todo vale, porque hay que ganar” pues esa será la cultura imperante en el equipo del elegido, ya sea gobierno, alcaldía, gobernación, presidencia o parlamento. La corrupción no nace al llegar al despacho, se construye con los medios que se utilizan para llegar. La falta de ética no es asunto de un momento, es una forma de estar en el mundo. No se es honesto y transparente toda una vida hasta que un día, toca ser indelicado o corrupto en nombre de un “bien superior”.
Ante la indignación que nos produce el que el proyecto político que se comprometió con cambiar las malas prácticas las haya cambiado por las peores prácticas, nos debemos proponer que quien nos represente, quien quiera nuestro voto se comprometa con un decálogo de las mejores prácticas, y lo cumpla, y asegurémonos de que si no lo cumple lo podamos sacar a patadas. Lo más triste es que todos las conocemos, pero a casi todos y en casi todos los casos se nos olvidan o nos valen madres, como dirían los mexicanos.
¡Pilas pues!
Y cambiando de tema.
A esta hora, lunes 13 de octubre, 6:07 AM Hamás ha liberado los 20 rehenes que aún estaban vivos que ya están en Israel y el primer grupo de palestinos liberados por Israel ha llegado a Ramallah. Donald Trump está por hablar en el parlamento de Israel Netanyahu y otros miembros del Knesset piden el premio nobel para Trump. En Israel todo es celebración.
En Gaza no tanto. Los habitantes regresan a ciudades en ruinas mientras los terroristas de Hamás se pasean jubilosos luciendo sus armas y sus uniformes. Es el único ejército que viste de civil cuando está en combate y de militar cuando ha cesado el combate.
La Casa Blanca ha emitido un comunicado informando que el presidente Trump planea decir ante el Knesset: “Israel ha ganado todo lo que se puede ganar por la fuerza de las armas. Ahora es tiempo de traducir esas victorias sobre los terroristas en el campo de batalla en el máximo premio de paz y prosperidad en todo el Oriente Medio” (NYT, oct.13)
No deja de ser sorprendente y asustador que la negociación para buscar de una vez por todas la paz en el medio oriente se lleve a cabo entre un gobierno que ha violado todas las reglas del derecho internacional humanitario por lo que se le acusa de cometer un genocidio y un grupo terrorista que ha sometido al pueblo que pretende defender a toda clase de vejámenes. Todo ello supervisado por un aspirante a tirano. No quiero ser profeta del desastre, pero, con esos negociadores ¿qué puede salir bien?
Y ya para terminar, como decía el gran Arturo Abella, cómo será de importante y valioso el mensaje que da el que le hayan otorgado el premio Nobel de Paz a María Corina Machado que todo el progresismo, desde los tibios hasta los peores zurdos están furibundos.
Juan M. Urrutia, octubre 13.