
Muy oportuna e interesante columna de Carlos Torres
El 20 de abril: de la contracultura a la cultura estadounidense
Nuestro titular no hace referencia a la canción del último cuplé, Fumando espero, inmortalizada por Sarita Montiel.
Se trata, más bien, de otro tipo de fumar. Un acto que, aunque alguna vez fue clandestino y desafiante, hoy se ha vuelto celebración casi oficial: fumar marihuana, en grupo, con orgullo.
Muchas interpretaciones han surgido sobre el famoso “4/20”, esa fecha que tanto fumadores como abstemios reconocen como el Día de la Cultura Cannábica en EE. UU. Algunos dicen que “420” era código policial para señalar que alguien estaba fumando marihuana. Otros señalan, con inquietud, que el 20 de abril también es el cumpleaños de Adolf Hitler. Y hay quienes citan a Bob Dylan y su canción Rainy Day Women #12 & 35 —porque 12 por 35 da 420— como posible origen del mito.
Pero, para decirlo sin rodeos: todo eso es falso.
La historia más verosímil nos lleva a Marin County, California, en 1971. Cinco estudiantes de San Rafael High School —Steve Capper, Dave Reddix, Jeffrey Noel, Larry Schwartz y Mark Gravich— se reunían a las 4:20 p. m. junto a la estatua de Louis Pasteur en el campus para prenderse un porro. ¿La hora? Elegida estratégicamente: era después de que terminaran las actividades extracurriculares. El grupo, conocido como los “Waldos” porque se juntaban junto a un muro (wall), usaba “420” como clave para referirse a la marihuana sin levantar sospechas.
Como contó Reddix a TIME en 2017:
“Nos cansamos de la escena del fútbol americano los viernes en la noche, con todos los deportistas. Éramos los tipos sentados bajo las gradas, fumando un doobie y preguntándonos qué hacíamos ahí.”
Las travesuras no terminaban a las 4:20. Se lanzaban retos entre sí para hacer cosas cada vez más absurdas o creativas bajo los efectos del cannabis. A sus aventuras las llamaban “safaris”.
Varios de ellos tenían conexiones con la banda Grateful Dead, y el término “420” se difundió rápidamente entre los Deadheads. Desde ahí, el código se expandió primero por California, luego por todo EE. UU., y finalmente cruzó océanos.
Hoy, el 20 de abril se celebra en múltiples países, aunque el símbolo “4/20” —escrito con el mes antes del día, como se estila en EE. UU.— no siempre tiene sentido en español, donde lo lógico sería “20/4”. Aun así, “420” ha sido adoptado como referencia cultural incluso en lugares donde la fecha numérica no tiene el mismo orden ni resonancia.
Ciudades como Vancouver, Londres, Ámsterdam, Santiago de Chile y Ciudad de México han acogido marchas, conciertos, festivales, reuniones y actos de desobediencia civil en torno al 20 de abril. En Denver, Colorado, donde el cannabis recreativo es legal, decenas de miles se reúnen en el Civic Center Park. En Barcelona, los clubes cannábicos abren sus puertas para eventos especiales. Y en Jamaica —donde la planta tiene connotaciones espirituales rastafaris—, también se honra la fecha con música, reflexión y humo.
Se ha vuelto un símbolo cultural global, parte de un movimiento que reivindica la despenalización, el derecho a la salud, y la justicia racial.
De la clandestinidad a la legalización: cifras que hablan. Cuando los Waldos se reunían a las 4:20 p. m. en 1971, la marihuana era ilegal en todo EE. UU. Hoy, en 2025, el panorama ha cambiado significativamente:
– Legalización: La marihuana es legal para uso recreativo en 24 estados y el Distrito de Columbia, y para uso médico en 39 estados.
– Consumo: Aproximadamente el 15% de los estadounidenses afirman consumir marihuana (frente al 4% en 1970).
– Prisiones: Más de 40,000 personas siguen encarceladas por delitos relacionados con cannabis. En algunos estados, los afroamericanos tienen hasta 4 veces más probabilidades de ser arrestados por posesión que los blancos, pese a tasas de consumo similares. No tenemos estadísticas sobre el costo en término de vidas destruidas por las injustas leyes contra la marihuana.
Durante años, el consumo aumentó en EE. UU., pero las leyes seguían ancladas en la era de las prohibiciones de los años 50. Esto favoreció la formación de bandas de tráfico a gran escala que luego devinieron en carteles internacionales y diversificaron sus productos. Al mismo tiempo, surgieron vastas plantaciones clandestinas en zonas rurales de California, Kentucky y Oregon, muchas protegidas por grupos armados. Esta situación trajo consigo violencia, corrupción, enfrentamientos con la policía y destrucción ambiental.
Fue en ese contexto que la producción se industrializó: se introdujeron métodos científicos, manipulación genética de las semillas, mejoras en la potencia y técnicas de cultivo intensivo bajo luz artificial, con cepas cada vez más fuertes. El promedio de THC (el principal compuesto psicoactivo) pasó del 3% en 1980 a más del 15% en 2024. Algunas variedades superan el 30%.
John Sinclair y los intentos por reparar el pasado
En 1969, el poeta y activista John Sinclair fue condenado a 10 años de prisión por poseer dos porros. Tres días después de un concierto masivo organizado por Lennon, Ono y Stevie Wonder, fue liberado. Su caso se convirtió en símbolo de la lucha contra leyes desproporcionadas.
En años recientes, muchos políticos, incluyendo gobernadores como Gavin Newsom (California), y presidentes como Joe Biden, han impulsado medidas para borrar antecedentes criminales por posesión simple, bajo la lógica de que nadie debería arrastrar condenas por algo hoy legal. Desde 2018, más de 2 millones de registros han sido limpiados o anulados en al menos 24 estados.
Una industria que da vértigo
La marihuana ha pasado de ser un símbolo contracultural a una industria con traje y corbata. En 2024, el mercado del cannabis en EE. UU. generó $45.35 mil millones, y se proyecta que alcanzará los $76.39 mil millones en 2030, según Statista.
Esta industrialización ha llevado a la creación de productos ultrapoderosos que ya no se parecen en nada al porro de los Waldos. Por eso, algunos, como este cronista, se han retirado del ruedo. A pesar de sus beneficios médicos (control del dolor, epilepsia, náuseas), hoy hay nuevas preocupaciones sobre sus efectos en el desarrollo cerebral, la salud mental y su uso en adolescentes.
Jazz, marihuana y propaganda: la raíz racial del pánico
Antes de que la marihuana fuera ilegal en Estados Unidos, era común en las comunidades afroamericanas, especialmente entre músicos de jazz en Nueva Orleans y Harlem. En los años 20 y 30, el cannabis —conocido como “gage” o “moota” en el argot de la época— era parte integral de la cultura musical. Los músicos que lo consumían eran llamados “vipers”, por el sonido sibilante al inhalar el humo.
Louis Armstrong, uno de los grandes del jazz, fue arrestado en 1930 por posesión de marihuana en Los Ángeles. Para muchos músicos, el cannabis era una herramienta creativa y una forma de resistencia cultural.
Sin embargo, esta asociación entre marihuana y comunidades negras fue explotada por figuras como Harry Anslinger, el primer comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos. Anslinger promovió una campaña de miedo, vinculando el cannabis con la música «satánica» de los músicos negros y con la amenaza de que los hombres negros sedujeran a mujeres blancas.
En este contexto, se produjo la película Reefer Madness (1936), una obra de propaganda que retrataba a jóvenes cayendo en la locura y el crimen tras consumir marihuana. Aunque fue concebida como una advertencia moral, con el tiempo se convirtió en un clásico de culto, ridiculizado por su exageración y racismo implícito.
Apodos de la marihuana: un léxico en constante evolución
A lo largo de los años, la marihuana ha recibido innumerables apodos, reflejando su presencia en diversas culturas y la necesidad de discreción. Algunos de los más conocidos incluyen:
Weed, Pot, Reefer, Grass, Dope, Ganja, Mary Jane, Hash, Herb, Aunt Mary, Skunk, Boom, Chronic, Cheeba, Blunt, Ashes, Mota, Yerba, Dona Juana
Fumando espero: un cierre evocador
Y así, entre jazz, humo y resistencia, la historia del 4/20 se entrelaza con la cultura y la política de Estados Unidos.
Este bloguero pensará en amigos y los buenos tiempos en este día cargado de historia.
Carlos Torres
