
“Las sesiones del consejo de ministros como cuerpo consultivo son absolutamente reservadas, y no podrá revelarse ni el nombre del ministro a cuyo estudio haya pasado cada asunto materia de consulta”, Art 9 Ley 63 de 1923, vigente.
Entre 1983 y1986, cada martes, a las seis y treinta de la mañana entraba a mi oficina en la esquina sur occidental del tercer piso de la Casa de Nariño para terminar de preparar el Consejo de ministros, que empezaba a las siete en punto de la mañana. A las 6:50, yo entraba a la sala del Consejo y revisaba que en el puesto de cada ministro estuviera el “orden del día”, el acta de la sesión anterior, que el presidente y los ministros ya habían revisado y los documentos que se estudiarían. Con el edecán revisaba la carpeta del presidente, que incluía, de ser necesario un briefing sobre algún tema específico. Los ministros llegaban y se reunían en una sala adyacente al salón del Consejo e ingresaban a este cuando el edecán nos avisaba que el presidente ya bajaba de la casa privada. Nos daban un desayuno delicioso, mucho pan de yuca. Cuando el presidente ingresaba al salón del Consejo, todo el personal que no hiciera parte del consejo de ministros se retiraba. Casi nunca había invitados especiales. Desde ese momento todo lo que se hablara ahí estaba sometido a la reserva ordenada por la ley. En ocasiones especiales se permitía el ingreso de los camarógrafos de presidencia para hacer unas tomas que se distribuían a los noticieros.
Yo tenía dos cargos, era el secretario del consejo de ministros y al mismo tiempo tenía las funciones de subdirector de DAPRE que en realidad era quien atendía todos los asuntos administrativos de la presidencia. Entonces, los lunes y martes yo me ponía la gorra de secretario del consejo de ministros y los demás días de la semana la de subdirector del DAPRE.
La instrucción que me dio el presidente Betancur cuando asumí el cargo fue muy concreta, me dijo “Juan Manuel, él no le decía doctor a uno sino cuando estaba berraco, su trabajo como secretario del Consejo de ministros es el de asegurar que todo fluya sin inconvenientes, que en la medida de lo posible todos los asuntos y contratos que van al consejo de ministros sean suficientemente conocidos por los ministros. Hable con los ministros y cuando estime que hay alguna posibilidad de conflicto o de desacuerdo me avisa antes. Y recuerde todo lo que suceda en el Consejo de ministros es absolutamente confidencial y está sometido a la reserva de la ley y Usted debe velar porque así sea”.
El lunes se preparaba el orden del día. El secretario jurídico me informaba sobre decretos, los contratos y resoluciones que ya tenían el concepto jurídico favorable para incluirlos en el orden del día. Generalmente los asuntos que podían producir situaciones conflictivas se resolvían de antemano, con la intervención del secretario general o del presidente. La idea era que la aprobación de contratos y decretos fuera fluida y consensual, y esa era una tarea que llevábamos a cabo el secretario general, el secretario jurídico y yo. Y si persistía el desencuentro, yo le daba la alerta temprana al presidente. Él podía decidir si se aplazaba el asunto hasta que hubiera consenso o por lo menos se hubieran limado las peores asperezas, ya fuera un contrato o un decreto, o si lo ponía a consideración del Consejo de ministros permitiendo el debate para enriquecer la discusión, sobre todo en el caso de los decretos y resoluciones. Terminada la reunión yo me encerraba en mi oficina y escribía el primer borrador del acta, de memoria con la ayuda de las notas que había tomado y que luego ese mismo día destruía.
Recuerdo que en los primeros días le pregunté al presidente que por qué no se grababan las reuniones y me contestó “¿Juan Manuel, Usted por qué cree que se cayó Nixon?”. Yo estimo que asistí a más de 150 sesiones del consejo de ministros, muchas ordinarias, de trámite sencillo y rápido, otras complejas, muy. Imagínese el lector las sesiones del consejo de ministros al otro día del asesinato de Rodrigo Lara, o durante la toma del palacio de justicia por los sicarios del M19, o después de la tragedia de Armero. Aún en los momentos más difíciles, siempre primaron la cordialidad y el respeto. No recuerdo que nunca nadie hubiera insinuado tan siquiera que no podía compartir la mesa del Consejo con otro ministro. Y peleas había, pero todo mundo sabía que el presidente no permitiría que esos enfrentamientos fracturaran la unidad el gobierno.
El presidente iniciaba la sesión, ordenando que se leyera el orden del día y preguntaba si algún miembro del Consejo tenía alguna observación al acta de la sesión anterior, yo solicitaba la aprobación del acta. Ese era el momento de los “regaños” o de los agradecimientos en el que el presidente halaba orejas o daba palmaditas en el hombro y los ministros “calladitos”. La segunda parte, se dedicaba a la aprobación de los contratos, pues antes de la expedición de la Ley 80 de 1993, todo contrato que superara cierta cuantía debía ser aprobado por el Consejo de ministros, en esta parte de cuando en vez se podían presentar discusiones, algunas intensas, siempre respetuosas, para evitar situaciones extremas, el secretario jurídico y yo hablábamos con los ministros que tuvieran posiciones radicales en la tarde del lunes y si veíamos un conflicto complejo le avisábamos al presidente que lo resolvía o aplazaba el estudio del contrato. Luego se analizaban, si era del caso, los decretos que el presidente quisiera someter a consideración del Consejo en pleno y que serían firmados por la totalidad de los ministros, en asuntos más sencillos, el decreto lo firmaban el presidente, el secretario general y el ministro del caso. Finalmente se pasaba a la parte de “varios” en donde los ministros planteaban asuntos que quisieran compartir y el presidente cerraba la sesión en ocasiones con una serie de comentarios e instrucciones precisas. En promedio la reunión tardaba dos horas, aunque podía alargarse toda la mañana. Al salir de la reunión yo le pasaba una lista de asuntos aprobados que se podían informar al secretario de prensa quien preparaba un comunicado que se expedía muy rápidamente. Yo por principio nunca le pasaba al teléfono a ningún periodista, pero los ministros sí y de cuando en cuando había filtraciones, que siempre enfurecían al presidente que consideraba que la inviolabilidad de la confidencialidad de las discusiones era un elemento fundamental para mantener la cohesión y el buen funcionamiento del Gobierno. El consejo de ministros era su equipo de trabajo y lo protegía, nunca lo expuso.
Mi rutina de retirado es simple, por la mañana oigo radio desde las 5am, camino, leo noticias, trinos y cosas que mandan los amigos por el guasá, investigo, estudio y cocino las cucharadas, si toca hago vueltas o acompaño a Mónica a la compra. A medio día cocino con Mónica, nosotros preparamos todas nuestras comidas en combo. Siesta. Lectura, pero ya de literatura. Hacia el final de la tarde le doy una mirada a los titulares y a las seis me entrego a las series y me desconecto. El martes a las 8:08 pm, Carolina me escribe en el guasá “¿Qué acaba de pasar, vieron? Qué locura!!!” y me percato de la transmisión en vivo del consejo (Petro le quitó la mayúscula al convertirlo en espectáculo circense) de ministros y del desmadre que se armó. Se suspende la serie. Youtubazo para ver los momentos culminantes. Ni sorpresa, ni incredulidad. Lo que vieron los televidentes elmartes y muy posiblemente seguirán viendo, es lo que ha sido el gobierno del caos. Nada más ni nada menos.
Lo más triste de todo este episodio es que a la hora de la hora, como siempre en el gobierno de Petro, no pasa nada. Después de seis horas de discursos, no pasó nada, o más bien lo poco que pasó no generó absolutamente nada ni para la estabilidad del gobierno, ni para la protección de los derechos fundamentales de los pobladores del Catatumbo asediados por el avance de las bandas criminales con las que el presidente dice negociar, pero a las cuales lo único que ha hecho es hacer concesiones. Eso si justificaciones todas. Inició la reunión reclamando que su gobierno ha incumplido 146 de 195 compromisos adquiridos. El presidente explicó ese desastre diciendo que el es revolucionario pero que sus ministros son caníbales politiqueros. Joder, pa qué los nombra así. Se dijo que el propósito de la reunión del consejo era revisar las medidas y decretos para resolver la situación del Catatumbo y lo único que salió fue que el ministro de defensa dijo que ni siquiera pueden con la orden de reocupar El Plateado que les dio el presidente con ocasión del paseo de los ministros el año pasado.
Lo otro que salió fueron seis horas de disparates del tamaño “la cocaína es menos mala que el güiski”, “Benedetti se parece a Bateman” y otras bestialidades que lo único que hicieron fue demostrar el nivel de demencia del presidente y de ineptitud y falta de dignidad de sus colaboradores.
En su elucubrada concepción de lo que es la transparencia, el presidente expuso a su equipo y lo que vimos es la más preocupante desarticulación y la más absoluta y contundente falta de liderazgo, en esa misma mesa yo fui testigo durante tres años de lo que significa la investidura presidencial y el respeto que genera. Y de eso en el circo del martes nada de nada.
Ah y me dicen que ya mandaron redecorar el salón del y que ahora, como en las reuniones familiares, habrá dos mesas, la del presidente, Benedetti y los fieles y la de los infieles (o la de los músicos) que no se quieren sentar en la misma mesa que Benedetti, pero si quieren seguir sentaditos en sus despachos ministeriales y en sus camionetas blindadas de alta gama y participando activamente de cuanto negocio prospere en el gobierno del cambio.
