Mi amigo espía

Victor Manuel Rocha BBC World News

A finales de la década de los 1970s, por ahí en 78 o 79, empecé a oír hablar de Manuel Rocha.  Un tipo ejemplar.  Nació en un hogar humilde en Bogotá.  Su familia emigró a Estados Unidos, Manuel estudiaba en un colegio en Harlem en donde descolló como un brillante estudiante y logró una beca para uno de los colegios privados (prep school) en New England, Taft, de donde se graduó con méritos.  De ahí pasó a la universidad de Yale de donde se graduó Cum Laude, de ahí a la escuela de gobierno de Harvard, la Kennedy como le dicen los iniciados, en donde obtuvo su maestría en administración pública.  De ahí se fue a trabajar como asistente de un tal Juan Carlos Pastrana que estaba trabajando en el BID, redactando el primer documento de política ambiental de banco, corría el año de 1976.  Rocha, como siempre le dijimos, y Juan Carlos se hicieron muy buenos amigos.  Manuel continuó una impresionante carrera en la diplomacia norteamericana luego de haber sacado otra maestría, en relaciones internacionales en la universidad de Georgetown.  Yo lo conocí a comienzos de los 80s, pero realmente nos hicimos muy amigos en 1990, cuando él era el consejero político de la embajada de Estados Unidos en México y yo comenzaba mi carrera de cucaracho internacional como director para América Latina y el Caribe del programa de mercadeo social de anticonceptivos apoyado por USAID.

Nosotros vivíamos en Cuernavaca y Rocha estaba en la embajada en el DF.  Con frecuencia pasaba fines de semana en nuestra casa.  Íbamos a comer (almorzar) a un restaurante llamado Las Mañanitas, fantástico.  Casi siempre Rocha llegaba acompañado de alguna novia diferente a la de la visita anterior, muchas de ellas empleadas del servicio consular de la embajada.  Una situación que tocaba explicarle a mi hija Carolina que entonces tenía 14 años.  Un día, años más tarde, Carolina le diría a Rocha, “oiga Manuel, Usted casi se tira mi educación sexual”.  Manuel siempre fue un gran conversador, pasábamos horas hablando carreta.  Era muy cuidadoso con la “información reservada” pero si expresaba con mucha consistencia unas ideas muy conservadoras en cuanto la conversación giraba en torno a asuntos de política en nuestros países.

Manuel si contaba anécdotas sobre asuntos “ya desclasificados”.  Contaba por ejemplo que cuando estuvo en misión de Honduras apoyó al embajador Negroponte en el manejo de los contras, asunto que tuvo su momento de escándalo.

Luego de su misión en México, Manuel Rocha fue nombrado Jefe de Misión Adjunto (Deputy Chief of Mission, DCM) en la embajada en República Dominicana.  Yo seguía dirigiendo el programa de mercadeo social para América Latina y el Cariba, y por ende viajaba a Santo Domingo dos veces al año.  En uno de esos viajes me alojé en casa de Manuel Rocha.  El programa que yo dirigí era financiado por USAID, mi contraparte en todas partes era el director de la misión de USAID, en el caso de República Dominicana, el cargo lo ocupaba un personaje bastante sui generis, llamado Jack Thomas, inteligente pero difícil.  Al llegar a Santo Domingo le comenté a Rocha que parte de mi agenda incluía un briefing y un de-briefing con Thomas, y que el tipo era complicado.  Uno de los asuntos a resolver con Thomas era una decisión que tenía su carga política. 

El gerente del programa en Santo Domingo proponía que desarrolláramos una estrategia de distribución para incluir los condones en los productos en venta en los “Colmados”.  El Colmado es en Santo Domingo el super mercado de barrio, pero muchos colmados se convierten en el Pub del barrio al finalizar la jornada de trabajo.  Se mezclan las compras, la cervecita y el merengue, la salsa y la bachata.  A la iglesia católica dominicana le parecía una aberración que se vendieran condones en un super mercado de barrio a donde iban muchos niños a hacer la compra, nosotros en cambio, sosteníamos que el colmado era un lugar en donde nacían muchos encuentros sexuales y que la disponibilidad de condones ayudaría a evitar la transmisión del HIV Sida, entre otras enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados.  A Thomas no le gustaba “pelear” con los curas y él tenia que aprobar la “osada” estrategia de distribución.  En Dominicana, el programa ya había tenido un “desencuentro” con los curas, por un comercial de televisión en el que la actriz protagonista de la telenovela de éxito en el momento decía con píldora anticonceptiva en la mano: “microginon, mi pequeño secreto para hacer el amor”, eso había caído muy mal.  Yo le conté a Rocha que me tocaba convencer a Thomas de lo de los condones en los colmados.  Yo no le había contado a Thomas que me estaba hospedando en casa de su superior jerárquico.  Manuel me dijo que estábamos locos con el cuento de los condones pero que él me ayudaba con la locura y llamó por teléfono a Jack Thomas a informarle que yo me estaba quedando en su casa y que a él y al embajador les interesaba mucho la prevención del HIV Sida.  Con eso bastó para que se iniciara la distribución y venta de condones en los colmados, en los años 90 del siglo pasado.  Ese era Rocha, no estaba muy de acuerdo, pero era buen amigo.  En Santo Domingo, nos íbamos todas las noches con Rocha y un grupo de amigas suyas a bailar a una discoteca que se llamaba la Guacara Taina, que quedaba, no sé si siga, en una cueva.  En ese grupo de amigas conoció Manuel a su futura esposa Karla.

En 1994, por una serie de cambios en el programa, tuve que trasladarme a Washington, mi hija Carolina estaba terminando sus estudios de prepa en el colegio americano, por lo que ella y su mamá se quedaron en el DF.  Cuando llegué a Washington me instalé, inicialmente en un aparta hotel cerca de Georgetown, Manuel en ese momento era asesor del Consejo de Seguridad del presidente Clinton, si mal no recuerdo trabajaba en la Casa Blanca.  Rocha vivía en un edificio muy bien situado, The Lansburg, en un apartamento amoblado.  Me encantó el sitio y Manuel muy amable me “palanqueó” con la administración del conjunto y me consiguió un apartamento fantástico en donde viví dos años, hasta que en 1996 me trasladé a Rabat en Marruecos.  Con Rocha salíamos en Washington a “rumbear” en los bares y bailaderos de Adams Morgan.  Nuestro restaurante favorito siempre fue Jaleo cuyo chef José Andrés es hoy en día una celebridad.  De hecho Jaleo se trasladó de Adams Morgan al primer piso del Lansburg en donde hoy queda.  Con Manuel sosteníamos intensas conversaciones y él siempre me parecía mucho más godo que yo.  Que gran pantalla.

De la Casa Blanca, Rocha pasó a La Habana en donde fue nombrado Encargado de Negocios de EEUU.  Vivía en una casa suntuosa en el barrio de “las embajadas”, cerca de la mansión que Fidel le había dado a Gabo.  Rocha era discreto en sus comentarios sobre el régimen cubano, me aconsejaba que esperara a llegar a “tierra libre” para expresar mis opiniones, porque en Cuba, “todas las paredes tienen oídos”.  No sabía yo que llevaba desde finales de los ochenta conversando con “oídos cubanos”.  En la Habana, íbamos a tomar mojitos en La Bodeguita del Medio, de cuyo barman, Manuel ya era amigo.  En las noches íbamos a una casa en donde músicos cubanos tocaban sones y boleros, Manuel siempre pedía que le tocaran Dos Gardenias, un fabuloso bolero compuesto por Isolina Carrillo y recreado por Antonio Machín y que cantaran grandes del bolero como Daniel Santos y Rolando Laserie y claro Buena Vista Social Club.

Yo me fui a Marruecos, Rocha siguió su carrera diplomática, estuvo en Buenos Aires en donde en una ausencia del embajador, fue nuevamente Encargado de Negocios a.i. y luego fue nombrado embajador en Bolivia, en donde terminó su carrera diplomática luego de haber cometido la “imprudencia” de pedir a los bolivianos que no votaran por Evo Morales por sus conexiones con los cocaleros.

Manuel pasó al sector privado.  Mi última interacción con él fue en 2003, en una comida en casa de Juan Carlos Pastrana en la que Rocha nos dio a un grupo de colombianos una charla sobre los peligros del castro chavismo para américa latina.  En esa ocasión quedé convencido que su interacción con el exilio cubano en Miami había llevado a Rocha aún más a la derecha.

Ayer en la mañana Juan Carlos me mandó el link de la noticia de la detención de Manuel Rocha acusado de ser un agente encubierto de Cuba desde 1981.  Sopes.  Todavía me cuesta creerlo. 

Mi amigo Rocha puede ser el espía que más tiempo ha durado infiltrado en las altas esferas del gobierno de Estados Unidos y muy seguramente desde que salió de la diplomacia habrá estado reportando sobre el exilio cubano.

Cómo dice Blades, ¡sorpresas te da la vida!

En un muy interesante libro “ Talking to Strangers”, (Hablando con Extraños), Malcolm Gladwell se hace una pregunta fundamental ¿Por qué no podemos saber cuándo un extraño nos está mintiendo a la cara? y procede a relatar varias historias de agentes cubanos infiltrados en el gobierno de Estados Unidos.  La conclusión, los gringos, pese a todos sus cuidados, son perdidamente ingenuos.  Todo parece indicar que la historia de Rocha caza perfectamente con otras historias relatadas por Gladwell, en especial la de Ana Montes a quien Gladwell llama La Reina de Cuba, que trabajando en el pentágono fue agente cubana desde 1985 hasta comienzos de este siglo.  Me encantaría preguntarle a Manuel si conoció a la señora Montes.

Por: Juan Manuel urrutia
X: @juanmaurrutiav1


2 respuestas a “Mi amigo espía

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