
De Guanavatu a los ricos del norte. Un discurso osado y osudo.
Iba el presidente Petro entrando al salón para hacer su intervención en la COP28 en Dubai. Le preguntó a Laurita, la segunda dama de la nación, ¿dónde fue que nos contaron de la islita esa que va a ser la primera en inundarse? En Guanajuato presidente, contestó ella siempre bien informada. ¿Y cómo es que se llama la isla? Vanuatu contestó la directora de prosperidad social, que viajó a Dubai con el presidente a ver como es que es esa vaina de la prosperidá porque a ella le dijeron que Dubai era una de las naciones más prósperas del mundo.
El presidente, muy concentrado en su obra maestra de retórica neo progresista, confundió los datos y se inventó una nueva isla, la isla de Guanavatu, a la que acusó de ser el único país pobre del sur en votar contra Palestina en Naciones Unidas. Un habitante de Vanuatu, que habla muy bien español aprendido en Cali expresó «oí vos, hay una isla muy parecida a nosotros, ¿será en el Caribe?”
Para mí ese fue el mejor momento del discurso porque se me alcanzó a quitar la pena ajena tan berraca que me estaba produciendo y me dio un ataque de risa, puede que nerviosa.
De lo demás ni hablar. Yo me imaginaba a la gente seria que asistía a la sesión, comentando, sotto voce, “pucha otra vez el loquito este” y me daba una lástima enorme con mi hija, a quien seguramente sus vecinos la miraban con cara de “pobrecitos estos colombianos” o de “¿serán todos tan locos como él?”.
Y es que no era para menos. El tono del discurso me recuerda a los mamertos setenteros, “el consumo de la parte más rica del planeta basado en el carbono, es un consumo basado en la muerte de los demás”. ¡Tampoco tanto misía María! decía mi bisabuela Lola Jaramillo ante las exageraciones. Con esa frase el presidente le quita peso a un argumento que no está alejado de la realidad. La crisis climática es en buena parte causada por los excesos de los países más desarrollados que consolidaron la solidez de sus economías sin miramientos con las advertencias de científicos que desde los años setenta gritaban “foul”. Sin embargo, decir que el consumo “está basado en la muerte de los demás” es por lo menos una monstruosa exageración. Y la cosa empeoró cuando en el impulso Petro, a quien le encanta oír sus diatribas, resolvió hacer una desafortunada hipérbole entre la guerra entre Israel y Hamás y lo que según él le espera a los “pobres del sur” obligados a migrar al norte en donde según el mesías del pacto histórico colombiano serán víctimas de lo que él llama un genocidio. Y para rematar metió a Hitler en la ecuación, lo que a muchos europeos y a muchos norteamericanos les sabe a cacho. Las barras petristas daban alaridos de admiración y felicidad, Laurita pensaba “pobre mi líder con tanto lío confundió a Guanajuato, pero nadie se dio cuenta”, el canciller estaba ocupado tratando de minimizar los efectos de la “puteada” (no hay otra palabra) que el pegó a la directora de la Agencia de Defensa del Estado, Martha Zamora, por cuenta del lío de los pasaportes.
La COP 28 sigue. Habrá reuniones, y conferencias y discusiones y la comunidad internacional negociará una vez más un documento lleno de promesas que posiblemente nadie cumpla y al que los países poderosos le limarán las “asperezas”. Y el discurso de Petro en el olvido, pero el oso será siempre recordado.
