
Hoy se me disparó la verba. Esta columna plantea una idea central: la guerra entre Israel y Hamás, no entre judíos y palestinos, era inevitable. Para llegar a ese punto se me ocurre mirar la historia de ese pedazo de mundo que han dado en llamar Palestina desde la edad de cobre, hasta la caída del Imperio Otomano a comienzos del siglo XX. Luego he tratado de describir el proceso de desarrollo de la idea del establecimiento de dos Estados en el mismo territorio. La historia de Gaza como entidad territorial es reciente, muy, tan sólo 75 años, muchos menos que muchos de mis amigos y un poquito más que yo.
Una serie de acontecimientos, de decisiones y de intervenciones de diferentes actores han sido el determinante de la caótica e inevitable situación que enfrentan los refugiados en Gaza.
LA REGIÓN DE PALESTINA
Palestina es el nombre que se le ha dado al territorio que va desde el río Jordán al este, hasta el mediterráneo por el oeste, Líbano al Norte y Egipto al sur. Desde la edad de Bronce temprana, los Cananeos establecieron ciudades/estados que fueron influenciadas por las civilizaciones circundantes de Mesopotamia, Fenicia, Creta minoica, Siria y el antiguo Egipto. Luego en la edad de hierro, aparece el Reino Unido de Israel, que luego se dividió entre le reino de Israel y el reino de Judá. En el año 627 a.c. sucede la primera “deportación” masiva de líderes Judíos a Babilonia. Durante los siguientes 511 años, la región fue ocupada por diferentes imperios, entre ellos el de Alejandro Magno. Saltamos hasta el año 116 A.C. cuando los asmoneos judíos logron la independencia y establecieron nuevamente el reino de Israel, el cual poco a poco fue quedando sometido al imperio romano hasta el año 6 A.C. cuando Roma anexó el territorio y creó la provincia de Judea. Con la cristianización del imperio romano, la región de Palestina se convirtió en un importante centro del pensamiento cristiano atrayendo monjes y eruditos. Desde entonces, la dos “religiones del libro” consideran la región Palestina- y especialmente a Jerusalén- como lugares sagrados. En 636 D.C tras la batalla de Yarmuk, los olmeyas, conquistron la región de Palestina y comienzaron la ocupación musulmana que duraría hasta la caída del imperio otomano en el siglo XX. Los otomanos construyeron la Cúpula de la Roca -la primera gran obra de arquitectura islámica del mundo- y la Mezquita al Aqsa. En ese momento, el Islam se convitió en la tercera religión que también considera a Jerusalén como un lugar sagrado.
La primera referencia al territorio de Palestina aparece en el término Peleset encontrado en 4 jeroglíficos en 5 inscripciones (P r s t), que se refería a un pueblo vecino de Egipto: los Filisteos y su territorio Filistea. El término Palestina aparece por primera vez en los textos del historiador griego Herodoto, quien escribió sobre un territorio llamado Palaistinê entre Fenicia y Egipto. El imperio romano llamó Syria-Palaestina a la provincia de Judea. El nombre actual Palestina aparece en el inglés en el siglo XX cuando el imperio británico lo llama “Mandatory Palestine” como resultado del mandato de la Sociedad de las Naciones que le otorga la administración del territorio de Palestina.
Desde la edad de Bronce 1550 A.C. hasta el mandato británico que terminó en 1948, la región de Palestina estuvo ocupada por varios reinos, pero nunca existió un Estado de Palestina, y hay muy pocas referencias a un pueblo palestino. En la región de Palestina, vivieron los judíos por siglos y los árabes, por siglos, ambos pueblos podrían llamarse palestinos. Luego bajo el imperio otomano, durante la ocupación musulmana, muchos judíos emigraron. Se quedaron en el territorio de palestina pocos árabes que fueron convirtiéndose, a las buenas o a las malas, al Islam. En realidad el imperio otomano hizo poco o nada por desarrollar la región.
JUDÍOS Y PALESTINOS
Así saltamos a la segunda mitad del siglo XIX. Según historiadores y viajeros decimonónicos, en el territorio llamado Palestina vivían unas 300,000 personas, en su mayoría árabes. Sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX se tiene registro de migraciones importantes de árabes de otros lugares a la región palestina. Al mismo tiempo, en Europa surge el movimiento nacional del pueblo judío, el sionismo, “con el objeto de recrear un estado judío en el territorio de Palestina y devolverle la patria original al pueblo judío”. Se inició la inmigración sionista, en “la primera Alía”; entre 25,000 y 35,000 judíos, en su mayoría de Europa del Este, pero también de Yemen, migraron a Palestina. Luego entre 1904 y 1914 unos 40,000 judíos, casi en su totalidad huyendo del antisemitismo en Rusia y Polonia, emigraron al territorio de Palestina. Esta migración es conocida como «la segunda Alía». Ese grupo de migrantes, inspirados por las ideas revolucionarias que predominaban en el imperio ruso, crearon el movimiento kibutz, y fundaron la ciudad de Tel Aviv en tierras que le habían comprado a los beduinos. Con la segunda Alía viene el nacimiento del idioma hebreo y, del concepto sionista, la nacionalidad israelí. Es importante anotar que los registros históricos establecen que los inmigrantes sionistas se instalaron fundamentalmente en tierras yermas que adquirieron de terratenientes árabes. No hay evidencia del mito generalizado hoy por quienes defienden la “causa palestina” de usurpación de tierras por parte de los judíos durante las migraciones sionistas de los siglos XIX y XX.
Entre 1916 y 1917, a la Gran Bretaña y a Francia se les ocurrió que la paz y tranquilidad de la región de Palestina, a la caída del Imperio Otomano, se lograría con el estupro: prometer para meter y después de haber metido, no cumplir lo prometido. En 1916, los británicos amparados en el secreto Acuerdo Sykes-Picot con los franceses, en intercambios de correspondencia entre el jerife de la Meca Husayn Ibn Ali y el alto comisionado británico en El Cairo, Henry McMahon, le prometían a los árabes el reconocimiento de un Estado árabe que debería formarse en todos los territorios árabes de Asia, una vez liberados del dominio otomano, esto es, aproximadamente los actuales Irak, Jordania, Siria, Líbano y Palestina, a cambio de un levantamiento árabe coordinado con la estrategia militar británica contra el imperio otomano.
En 1917, el ministro de asuntos exteriores de la Gran Bretaña, Arthur Bafour, en lo que es conocido como la declaración de Balfour, prometía establecer un hogar nacional judío en el territorio de Palestina.
Listo Calixto, o como dice el croupier, “les jeux sont faits” y en español “no vaaa másssss”.
Engañados los árabes y los judíos, la Sociedad de las Naciones le otorga a Gran Bretaña el “Mandato Palestino” cuyo preámbulo dice:
“Considerando que las Principales Potencias Aliadas también han acordado que el Mandatario sea responsable de hacer efectiva la declaración originalmente hecha el 2 de noviembre de 1917 por el Gobierno de Su Majestad Británica, y adoptada por dichas Potencias, a favor del establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, entendiéndose claramente que no se debe hacer nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país”. «The Palestine Mandate». Avalon.law.yale.edu
Noten queridos y queridas, como dice la jefa de mi hija, que el mismo preámbulo del “Mandato Palestino” define que en la región hay judíos y no judíos, no hay mención de un “pueblo palestino”. Comienzan frecuentes enfrentamientos entre judíos y árabes en Palestina.
Los británicos se sacan debajo del sombrero la solución de dos estados en el territorio de Palestina, que no les convenía sino a ellos; y convencen a las Naciones Unidas que expida el 29 de noviembre de 1947, una resolución que es un galimatías pues propone una partición de la Unión Económica de Palestina Obligatoria a raíz de la terminación del mandato británico. El plan era dividir Palestina en un «Estado árabe independiente junto a un Estado judío, y el Régimen Internacional Especial para la Ciudad de Jerusalén», Jerusalén debía abarcar a Belén.
Jerusalén alberga lugares sagrados de las tres religiones católicos, judíos y musulmanes, y por ello se convirtió en la piedra en el zapato, o más bien, en el inexpugnable muro de contención para lograr una división territorial que dejara dos estados separados por claras fronteras. Además, la disputa por los lugares sagrados le agrega un componente religioso a las guerras. Vale la pena detenerse un momento para anotar que tanto el Antiguo Testamento como el Corán son libros que contienen textos y alusiones «guerreras».
En 1948 la ONU definió que el refugiado palestino es cualquier ciudadano no judío de la región que haya estado allí por lo menos durante los dos últimos años y que haya tenido que abandonar su domicilio.
Entre noviembre de 1947 y el 14 de mayo de 1948 la región palestina es el escenario de cruentos enfrentamientos. El 14 de mayo de 1948 David Ben-Gurión proclama el establecimiento del Estado de Israel, lo que desató la primera guerra árabe-israelí. La fecha del 15 de mayo de 1948 es llamada por los palestinos la Nakba, el desastre, pues indica la expulsión de cerca de 700,000 árabes por las tropas sionistas. En junio de 1949 se firmaría un armisticio en el que los países árabes reconocían de facto las fronteras actuales de Israel.
Entre 1949 y 2023 poco ha cambiado. La salomónica decisión de dos estados conviviendo en paz y de una ciudad de Jerusalén administrada por las Naciones Unidas fracasó estruendosamente. Tras dos guerras más, la guerra de Seis Días y la guerra de Yom Kipur, y dos intifadas que fueron aplastadas por Israel, llegamos a 2023 sin que la “situación del pueblo palestino” haya sido resuelta.
En la región de Palestina, están forzados a convivir, si eso se llama convivir, los árabes que se identifican como palestinos, en su mayoría musulmanes, pero también hay de otras religiones, y los judíos.
Los que se hacen llamar palestinos viven en su gran mayoría en Cisjordania- cerca de 3 millones- y en la franja de Gaza -cerca de 2.3 millones-. A ellos se suman 2 millones que viven en Israel y cerca de 500,000 en Jerusalén. En total en el territorio de Palestina viven algo más de siete millones de personas que se consideran palestinos.
Se suma una diáspora repartida entre Jordania, unos 3 millones 900 mil, y el resto del mundo árabe y occidente, unos 2 millones. (Nota particular, Chile es el cuarto país del mundo con más palestinos y sin embargo su presidente Boric condenó inmediatamente el ataque de Hamás, mientras el de Colombia en donde viven muy pocos palestinos, todavía no lo condena).
La Oficina Central de Estadísticas de Israel reporta que para finalizar 2022, la población de Israel es de 9 millones 700 mil habitantes, el 76,6% son judíos, de los cuáles el 75% son sabras (de segunda o tercera generación nacidos en Israel); y el 21.1% de ellos, como ya se dijo, son árabes.
Sumando y restando en el territorio de palestina viven aproximadamente 7,8 millones de árabes que se hacen llamar palestinos y 7,4 millones de judíos.
Hamas se formó en 1987. Desde su creación es una organización musulmana integrista asociada con la Hermandad Musulmana de Egipto, y desde sus inicios ha jurado la destrucción del Estado de Israel y la expulsión de todos los judíos desde el río hasta el mar. En sus comienzos Hamas recibió el apoyo de Israel para contrapesar el control hegemónico que ejercía el partido Fatah de Yasser Arafat sobre la autoridad palestina. En 2006 Hamas logró finalmente derrotar a Fatah en las elecciones, y un año después los expulsó de Gaza, quedándose con el gobierno de la franja. Comienzó el bloqueo por parte de Israel y de Egipto, impidiendo la entrada de alimentos, medicinas, material de construcción, armas y otros productos en territorio de Gaza.
La guerra que empezó el 7 de octubre de 2023 con la masacre de Hamas a poblacion civil iraelí, terminó por enfrentar a esa organización palestina con el gobierno y las Fuerzas de Defensa de Israel. No es una guerra entre judíos y palestinos, y las barbaridades que se cometen en el marco de los enfrentamientos, no son ni culpa ni responsabilidad de los pueblos judío y árabe.
La creación del Estado de Israel respondió a una necesidad fundamental del pueblo judío, perseguido por siglos, pero especialmente en la primera mitad del siglo XX cuando los judíos tuvieron que sufrir el holocausto, los pogroms rusos y el antisemitismo en varios países de Europa oriental. Esa necesidad fundamental era la de establecer una nación en un territorio en donde los judíos no fueran segregados, ni perseguidos ni asesinados por ser judíos. Y esa nación debía quedar en la Tierra Prometida, en donde había estado el reino de Israel, es decir en Palestina, y su capital sería Jerusalén. La seguridad está pues en el ADN del Estado de Israel.
A los ingleses y la comunidad internacional les pareció buena idea poner a los judíos a compartir ese territorio con un pueblo árabe que, desde el vamos, no quería que los judíos estuviesen allí. En esas circunstancias, el Estado de Israel ha honrado el principio fundacional con una estrategia de seguridad apoyada en cuatro pilares: la disuasión, las alertas tempranas en caso de ataque, la protección en el interior y, en caso de enfrentamiento, victorias decisivas de Israel.
El grupo terrorista Hamás derrumbó los cuatro pilares en un solo día con el ataque del 7 de octubre. Fallaron la disuasión, no hubo alertas tempranas, los habitantes de los Kibutz y los asistentes al festival musical fueron masacrados sin que hubiera respuesta alguna de quienes estaban encargados de la protección interior y, al terminar el día del 7 de octubre, Hamás le había infringido una derrota casi decisiva a Israel.
La respuesta de Israel no podía, ni puede, ni podrá ser diferente a la matanza indiscriminada de palestinos, a la cual estamos atestiguando mudos. El gobierno de Benjamín Netanyahu tiene mucha responsabilidad con lo que sucedió el 7 de octubre, y por eso la rabia y la saña con que responde, porque sabe que sus días están contados y que su imagen del “gran defensor” de Israel quedó desteñida para siempre. Y Netanyahu sabe que su único posible “legado” es la aniquilación total de Hamás, al costo que sea. Por eso, por ejemplo, para el gobierno de Netanyahu un cese al fuego es absolutamente imposible porque significaría la supervivencia de Hamás y una victoria para ellos. Recordemos que la mayoría de los muertos en Gaza los ponen los civiles palestinos, no los terroristas escondidos en sus madrigueras y gozando de los lujos de hoteles de 5 estrellas regados por el mundo árabe. Es decir, a Hamás le importan poco o nada las mascares de palestinos en hospitales, ambulancias y campos de refugiados. Y para Hamás, ya lo sabemos, la aniquilación total del Estado de Israel está en su ADN fundacional.
Por eso, por ejemplo, el secretario de Estado gringo Blinken fue por lana y salió trasquilado, fue a pedir “pausas humanitarias” y Netanyahu le dijo que no habría tales pausas humanitarias hasta que todos los rehenes fueran liberados.
En realidad, estamos lejos de lograr una salida pacífica. La solución no se dará mientras no se cumplan tres condiciones
LA SALIDA DE NETANYAHU
La desaparición de Hamás: La consolidación de una autoridad palestina comprometida con el bienestar del pueblo que dice representar y que pueda gobernar en todos los territorios y negociar seriamente con un gobierno israelí dispuesto a buscar esa paz duradera.
Y de esas condiciones, piensa mi mente requesonera, estamos extremadamente lejos. La guerra era inevitable y en el único lugar en que hay alguna posibilidad de que Netanyahu y su banda se sienten con la gente de Hamas es ante la Corte Penal Internacional.
La guerra cultural también era inevitable. El antisemitismo y la islamofobia crecen y se multiplican. Por el mundo entero la gente siente que tiene que tomar partido. Para muchos, cualquier crítica a las FDI es un acto de antisemitismo. Miles de ignorantes cantan en las calles de occidente, desde Berlín hasta Washington y San Francisco, “desde el río hasta el mar” que llama a la aniquilación del Estado de Israel en todo el territorio de Palestina.
Por: Juan Manuel Urrutia
X: @juanmaurrutiav1
