
No sonaron las alarmas
El feminicidio, también conocido como femicidio, es la forma más extrema de la violencia de género y se define como el «asesinato intencional de mujeres por ser mujeres».
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), «la mayoría de los casos de feminicidio son cometidos por parejas o exparejas, e implican abusos continuos en el hogar, amenazas o intimidación, violencia sexual o situaciones en las que las mujeres tienen menos poder o menos recursos que sus parejas».
Según estadísticas oficiales, en 2022, en México 948 mujeres fueron asesinadas por ser mujeres, en casos calificados como feminicidios, en Colombia en el mismo año fueron 614.
Según cifras del Consejo Nacional de Población (CONAPO), se estima que en 2022 la población de México sería de 130 millones de habitantes, de los cuales algo más de 65 millones de mujeres. En Colombia según el DANE esa estimación es de 51 millones de habitantes de los cuales cerca de 26 millones mujeres. Es decir que en México fueron víctimas de feminicidio casi 15 de cada millón de mujeres y en Colombia 23 de cada millón. Dos países azotados por el machismo, dos países azotados por el feminicidio.
Las cifras de lo que va corrido de 2023, son aún peores. Es un hecho, tanto en Colombia como en México, los machos se sienten con derecho a celar, maltratar, someter, abusar, violar y matar a las mujeres. Cada que la noticia sube de tono y nos enteramos de un nuevo feminicidio, de un nuevo ataque con ácido; nos rasgamos las vestiduras. Esas mismas vestiduras que son rasgadas diariamente, por miradas obscenas en los sistemas de transporte público, en las escuelas, en las calles; esas mismas vestiduras que son físicamente rasgadas por “compañeros” sentimentales borrachos en el secreto de la habitación compartida. En todos los sectores, en todos los estratos, los machos colombianos y mexicanos ejercen su violenta sensación de posesión sobre las mujeres.
Cada cierto tiempo, ya sea por la violencia del caso, el tío que bota a su pareja por la ventana, o el loco que la asesina, la descuartiza y la mete entre una maleta o por la espectacularidad del abuso, el tipo que se saca el mercado en pleno vagón del metro del DF o de Medellín o del articulado de Transmilenio en Bogotá; la noticia ocupa los titulares y espacios de los medios. Y entonces nos ocupamos del caso.
Ana María Serrano Céspedes, de 18 años de edad, sobrina del exministro de hacienda José Manuel Restrepo, fue asesinada por su exnovio Allan Gil Romero de 20 años de edad. Se conocían desde primero de secundaria y habían sido novios hasta junio de este año cuando Ana María terminó la relación. Se suma Ana María a las más de 900 mujeres asesinadas en México cada año y a todas a las que mataron sus exparejas por celos. No por notorio es un caso aislado, es una epidemia.
“Fueron año y medio novios, iba a mi casa dos o tres veces por semana y luego de que terminaran la relación, él comenzó a acosarla” dijo su madre.
La fiscalía que atiende el caso informa que “El presunto asesino fue cuatro veces a casa de Ana María el día del asesinato, a la una de la mañana, a las cuatro de la mañana, a las 4 de la tarde y finalmente a las 6 de la tarde cuando la asesinó con el cordón de una cortina (…). El exnovio era celoso y posesivo, había antecedentes de violencia de género (…)». Entre las pruebas presentadas por la Fiscalía, se muestra que Gil era “celoso, posesivo y no le gustaba que sacaran a bailar a Ana María o la invitaran a reuniones”.
¡Et voilá!
La historia se repite. Las alarmas deberían haberse encendido todas “no le gustaba que sacaran a bailar a su novia”. Pregúntense queridos lectores, sobre todo las lectoras, ¿no había ahí una razón suficientemente sólida para evitar toda relación con el machito ese?, así fuera a casa de Ana María tres veces por semana y se portara como todo un caballero.
Era un machito cabrón, que son los más peligrosos. “Desde Junio comenzó a acosarla” dice la madre de Ana María, pero nos enteramos de que el “caballero” la celaba, la consideraba su posesión y claro, ¿por qué no iba a tener derecho a matarla, si era SU mujer? Y por eso la mató, no porque hubiera enloquecido sino porque era SU mujer y no podía ser de otro.
Estaban todos lo signos, pero no se encendieron las alarmas y Allan Gil Romero, llegó a casa de Ana María su “más preciada posesión”, aprovechando que estaba sola, y la mató.
Por eso es importante un enfoque de género en la educación de niñas y de niños. No es para promover el homosexualismo, ni el aborto, ni muchos menos los derechos de las personas LGTBIQ+++ como se pretende desde las posiciones ideológicas más extremas. No, la educación con un enfoque de género es la primera herramienta para evitar que los machitos como Allan maltraten, abusen y maten. El machito se emputa cuando miran a SU mujer porque cree que la miran con la misma mirada cochina con que él mira a otras. El machito se emputa cuando sacan a bailar a SU mujer porque cree que otros pretenden tocarla y “sentirla” mientras bailan con ella, como él pretende hacerlo con las otras mujeres.
Mamases, papases, abuelos, abuelas, díganles a sus niñas que no se dejen y explíquenles a sus niños que ser machitos es malo, muy malo y muy peligroso.
Se abren las apuestas: ¿cuántas petrupideces sumará el discurso del mesías del Pacto Histórico en la Asamblea General de la ONU hoy? A mí en realidad “me importa un pito”.
Por: Juan Manuel Urrutia
X: @juanmaurrutiav1
