
¿Siguen las malas costumbres?
Estamos enredados.
En la última Cucharada alcancé a mencionar lo extraño que es que el oficial que ocupaba el segundo cargo en el esquema de seguridad del presidente, el que dirigía el equipo de las avanzadas del presidente, el coronel Óscar Dávila, haya aparecido muerto sorpresivamente y que el presidente, el ministro de defensa y el abogado petrista Miguel Ángel del Río, se hayan apresurado a avanzar la teoría de un suicido antes de que medicina legal se hubiese pronunciado. Todo lo relacionado con esa noticia es extraño y, claro, en el muy enrarecido ambiente político del momento, se presta para especulaciones de todo tipo.
No voy a caer en las especulaciones. Descanse en paz coronel Dávila, acá se dirán suficientes estupideces en torno a eso que llaman las condiciones de tiempo, modo y lugar. Yo en eso no me meto.
Lo miro más bien como un eslabón más de la fatídica historia de los procesos electorales en Colombia. Carlos Gaviria dijo alguna vez “el que paga para llegar, llega para robar”. Gaviria era así, radical en sus juicios políticos, moderado y apegado a la ley en sus opiniones jurídicas que iluminaron la Corte Constitucional en una de sus épocas más brillantes.
“Ni tanto que queme el santo ni tan poco que no lo alumbre” hubiera dicho mi bisabuela Lola Jaramillo de Vega. No todo el que paga para llegar, llega para robar, hay otras formas de cobrarse el aporte, pero todas se parecen bastante al robo.
Carlos Lleras Restrepo, ya como expresidente, desarrolló desde la revista Nueva Frontera y al interior del partido liberal, una lucha frontal contra el clientelismo. En esos tiempos, finales de la década de 1970, la “maquinaria” del partido liberal era controlada por los “barones electorales” que construyeron sus sólidas bases de poder, basándose en relaciones fundamentalmente clientelistas, en las que se repartía sin remilgos el botín burocrático para pagar favores electorales, favores electorales que incluían el acarreo de votantes y la compra de votos. Y para Carlos Lleras Restrepo el patrón de la “clientela” liberal fue Julio César Turbay Ayala cuyo gobierno es recordado por el Estatuto de Seguridad, pero también por el crecimiento del narcotráfico y la aparición de los primeros grupos paramilitares, como el MAS, creado por el cartel de Medellín encabezado por Pablo Escobar y los Ochoa y el movimiento de autodefensas paramilitares, abiertamente apoyado por las fuerzas armadas, Asociación Campesina de Agricultores y Ganaderos del Magdalena Medio. Turbay Ayala es recordado por su abierta aceptación de la repartición del “botín burocrático” y por su promesa de campaña de “reducir la corrupción en su gobierno a sus justas proporciones” tácita aceptación de que un cierto nivel de corrupción era, como el clientelismo un mal necesario.
Amparadas en el clientelismo fueron surgiendo en la política colombiana las familias que controlaron grandes organizaciones electorales que sofisticaron las prácticas “electoreras” como la compra de votos y el acarreo de votantes. La financiación de esos sofisticados aparatos requería significativas sumas de dinero y, los narcotraficantes primero, y, los grupos paramilitares luego encontraron ahí una ansiada oportunidad para permear el sistema político. No es sorpresa que Pablo Escobar lograra hacerse elegir Representante a la Cámara en las elecciones parlamentarias de 1982, como suplente del político antioqueño Jairo Ortega, apoyado por quien en ese entonces se perfilaba como uno de los grandes barones electorales, Alberto Santofimio Botero.
Y la práctica quedó “plantada”, como los números de teléfono de las empleadas de la ex segunda dama de la nación.
El punto culminante de esa primera etapa fue el proceso 8,000 en el que se demostró que “supuestamente a espaldas del candidato” la campaña presidencial de Ernesto Samper en 1994, recibió una importante suma de dinero proveniente de los hermanos Rodríguez Orejuela. Samper nunca fue declarado culpable, pero tampoco pudo probar su inocencia, en cambio el tesorero de la campaña Santiago Medina se auto incriminó e incriminó (SIC) a Fernando Botero que era el coordinador de la campaña. Se especula que Botero se apropió de una parte importante del aporte de los Rodríguez. En medio del escándalo del 8000 apareció muerta la “monita retrechera”, Elizabeth Montoya de Sarria, amiga del entonces presidente Samper y de quien se sospecha era el eslabón entre el cartel de Cali y el partido liberal en 1994.
Marcadas por el escándalo del proceso 8000, las campañas presidenciales de Andrés Pastrana, elegido en 1998, de Horacio Serpa y de Noemí Sanín, derrotados por Pastrana; así como la de Álvaro Uribe en 2002 fueron cuidadosas en extremo y pese a que se rumora por ahí, no hay ninguna evidencia que permita tan siquiera sospechar que a esas campañas ingresaron dineros ilícitos.
Es de anotar sin embargo que los diferentes clanes políticos jugarían un papel fundamental en esas elecciones presidenciales, pero sobre todo en las parlamentarias. La familia Char, la familia del “gordo Garcia”, la familia Guerra por el lado liberal y los Gerlein y el grupo de Luis Alfredo Ramos jugarían un papel fundamental en las elecciones parlamentarias del 1998 y su participación burocrática en la administración de Pastrana sería clave para sostener la gobernabilidad. Las campañas electorales para el Congreso, las Asambleas, las Alcaldías y las Gobernaciones acudieron a las prácticas desarrolladas por los clanes para mantener a sus clientelas, la financiación de costosas campañas electorales se paga con contratos.
La corrupción se salió de las justas proporciones en las que la quería guardar Turbay y los colombianos asistimos anonadados a escándalo tras escándalo. Uribe compró la reelección con notarías y prebendas a congresistas. La justicia colombiana ha determinado que ¿a espaldas de los candidatos? las campañas de Juan Manuel Santos y de su rival Oscar Iván Zuluaga recibieron dineros de la máquina de corrupción internacional más sofisticada que se haya desarrollado en región alguna del mundo, la de la multinacional de la contratación de ingeniería, la brasileña Odebrecht. Se sospecha que la campaña del presentador presidente Iván Duque recibió dineros de un conocido mafioso el Ñeñe Hernández. Entre otras tácticas electorales el entonces senador y hoy presidente Gustavo Petro desde la oposición cuestionó la legitimidad de esa elección. Todavía se habla de la Ñeñepolítica.
Gustavo Petro fue elegido el 19 de junio de 2022. Una de sus promesas fue la de cambiar la forma de hacer política. Poco se le creía en muchos círculos su compromiso con la transformación de la política, entre otras cosas porque sus dos escuderos en la campaña fueron Roy Barreras y Armando Benedetti, dos “operadores” de la política tradicional.
Y llegamos al robo de la maleta con una indeterminada suma de dinero de la casa de la ex segunda dama de la Nación y se arma el berenjenal. Polígrafos, chuzadas y de la nada aparece Armandito el escudero de Petro y deja entrever que la campaña de Petro no se salvó de la tentación y recibió dineros ilícitos. Ya se había destapado un escándalo por la acusación de la expareja del primer señorito de la Nación, el hijo Nicolás primero, porque hay otro, cuya crianza niega el mesías del pacto histórico, pero esa acusación estaba dormida. Y se murió el coronel no sin antes entregarle 50 millones de pesos EN EFECTIVO al abogado Miguel Ángel del Río petrista de raca mandaca para que lo asistiera en la investigación que la fiscalía estaba iniciando sobre el caso del polígrafo y de las chuzadas.
A última hora, al cierre de esta edición de la Cucharada aparece una noticia en la revista Semana, según la cual, un testigo ANÓNIMO le ha contado a Semana todo un cuento sobre los dineros perdidos en la casa de la ex segunda dama y otros asuntos. La Cucharada no les da credibilidad a los anónimos. En una situación tan grave como la que se está viviendo alrededor de este escándalo, no debería haber fuentes anónimas y menos revistas que acepten versiones de testigos que dicen haber hablado con una persona fallecida.
La respuesta del presidente es insuficiente. De poco o nada sirve su constante comparación con Pedro Castillo y su continua acusación de que “nos seguirán atacando para tumbar al gobierno”. Lo que requiere Colombia es que se aclaren plenamente los hechos. De nada sirve decir que el jefe de la agencia de inteligencia del Estado no chuza porque es filósofo. Necesitamos un presidente que se tome en serio los hechos y nos explique.
El Cambio es ahora. Plus ça change , plus c’est la même chose, que traduce simple y llanamente más de lo mismo.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @juanmaurrutiav1
