God Save the King, y al Quijote de Paso

Seguimos con la saga de Petro.  En las Cortes Generales, en Madrid, nuestro presidente, como alcanzamos a relatar en la cucharada anterior, se auto proclamó El Quijote.  No sé a ciencia cierta quién es en estos casos Sancho.  Los memes tuiteados le asignan esa digna personalidad a la vicepresidenta, claro el caricaturista o no leyó el Quijote o no lo entendió.  Sancho es el interlocutor, consejero y confidente del caballero de la armadura y hasta donde tengo entendido, la vice está demasiado ocupada paseando en helicótero y haciendo politiquería barata, con Wilson Arias, en Cali.  Seguramente la segunda dama de la Nación, doña Laura Saravia es el Sancho de esta historia y como en la novela de novelas, el Quijote emprende su gesta contra los molinos de viento desoyendo la advertencia de su fiel escudero.  Fijo que, en Madrid, doña Laura le aconsejó que asistiera al desayuno con empresarios españoles, algunos habían viajado desde Colombia para asistir, a quienes dejó plantados en su segundo día de visita.  Seguramente doña Laura le aconsejó al presidente que no la emprendiera contra el fiscal, pero Petro vestido con la chaqueta de aviador de Ralph Lauren, de más de mil dólares, que le regaló de cumplis la segunda dama, le dijo esta es una chaqueta de guerrero y a la carga, lo que pasa es que, como algún general, salió fue a cagarla.

Efectivamente, se le chiposteó y se nos vino el choque de egos.  En una esquina le Quijote de las Damas Lloronas y en la otra esquina el mejor fiscal del mundo mundial universal, el más bonito, el más preparado y eso sí el más tramposo.  Ridícula en extremos la frase del quijote de las damas lloronas, “yo soy su jefe”.  Hay que entender el contexto.  El Jefe de Estado no le puede decir esa frase a Verónica (primera dama), que ya demostró que hace lo quiera, va a donde le da la gana y baila aires de las sabanas cordobesas cuando se le ocurre.  Tampoco se lo puede decir a su vicepresidenta la dama del helicóptero, esa no es llorona, porque le echa la primera línea.  Petro resolvió entonces que tenía que mostrar su autoridad y se le mandó al fiscal.  Papayaso de marca mayor.  Y el fiscal nada pendejo, y bien torcido que es, aprovechó la oportunidad para levantar una enorme cortina de humo y para tapar las enormes fallas de su gestión, la falta de transparencia, el constante favorecimiento a sus amigos y la permanente persecución a sus detractores, a eso se le llama abuso de poder y corrupción.  La oposición también aplicó la norma, “a papaya partida, papaya comida” y se apresuró a señalar al Quijote de las Damas Lloronas; los más blandos críticos le llamaron ignorante y los más duros tirano, dictador.  Ni lo uno ni lo otro, el Quijote de la Damas Lloronas es eso, un caballero enfrascado en una gesta imaginaria, desorientado, por eso no cumple sus compromisos de agenda, por eso deja plantado a quien se le ocurre, por eso le importa más la sonoridad de sus palabras que la realidad de los hechos, y por eso va en camino de convertirse en el mandatario de las palabras al viento.  Mientras su gobernabilidad se desmorona, a Petro le parece más importante embestir contra el fiscal, y se lanza al ataque inspirado por su infinita arrogancia, en lugar de llamarle la atención por la falta de acción.  Resuelve, entonces increparlo diciéndole “yo soy su jefe”, babosada de marca mayor que no debería merecer tanto análisis.  El país espera más de su jefe de Estado y ya no tiene esperanzas sobre el fiscal.  Así quedamos.

Estoy seguro de que, a un grupo significativo de lectores y lectoras de la Cucharada, el tema les parece irrelevante, arcaico.  A mi no, y como consecuencia, ayer sábado en lugar de sentarme en la computadora a escribir mi columna dominical, que estoy escribiendo hoy, me senté frente al televisor y de cuatro a diez de la mañana, estuve concentrado mirando cada detalle de la coronación del rey Carlos III.  Y valió la pena.  No voy a caer en la trampa de la discusión sobre la monarquía británica, baste con pensar que, por una razón u otra, la Gran Bretaña es un Estado que se permite cambiar su jefe de Estado y a su Jefe de Gobierno en tres días sin que tan siquiera se haya escuchado un grito o alguien el haya dado un pastorejo a alguien.  En otras “democracias” estos asuntos se resuelven a plomo, o quemando carros o a pescozones.  Quien haya pasado más de unos días turisteando por Londres y haya convivido con los británicos es consciente de la dicotomía que engendran, no son tradicionalistas, pero toman el té a las cinco en punto de la tarde todos lo días. Son inconformes, poco protocolarios, y en muchos casos, estrafalarios.

Sin embargo ayer repitieron, con muy pocos cambios, en lo esencial, una tradición que tiene más de mil años, el primer rey coronado en la abadía de Westminster fue Harold II en 1066.  Los elementos básicos de la coronación fueron “configurados” por el arzobispo de Canterbury Dunstan en el año 973.  Y fue impecable.  Para los detalles están las crónicas de los medios “especializados”.  Yo me limito a relatarles que, como Amparo Grisales, me ericé, tres veces.  Uno cuando el coro empezó a entonar Zadok the Priest de Handel.  Dos, cuando a una ola voz de mando, en perfecta coordinación cuatro mil hombres y mujeres de las fuerzas armadas de la Gran Bretaña y de varios países del Commonwealth, iniciaron la procesión que llevaría a los reyes, ya coronados de la abadía de Westminster al palacio de Buckingham.  Tres, cuando perfectamente formados en los jardines del palacio, esos mismos cuatro mil hombres y mujeres, que incluían a una estoica princesa real Ana con su uniforme de miembro de la caballería, levantando su sombrero en un solo movimiento, gritaron al unísono el hurray cuando el oficial al mando de la tropa ordenó tres “porras” (cheers) para sus majestades.  Y ya, con eso dejo así.

Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @Juanmaurrutiav1


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