Semana Santa

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Por Juan Manuel Urrutia

Semana Santa en Popayán. Especiales Revista Semana

Desde que me conozco he escuchado a curas y obispos recordarnos que la semana santa debe ser una semana de reflexión.  Reflexionemos pues.

Crecí en eso que llamarían un hogar católico, en donde la religión se veía y practicaba de una forma relativamente “libre” si se quiere.  No recuerdo que las actividades del domingo giraran alrededor de la misa, ni qué a mí me hubiesen obligado a ir a misa.  Si hice la primera comunión y recuerdo que a esa edad los curas fácilmente podían convencerlo a uno de cualquier cosa, afortunadamente en mi caso fue más hacia un “viaje místico”, llegué a la primera comunión convencido que entraba en una etapa de santidad en mi vida, eso duró menos de lo que dura un merengue en la puerta de una iglesia.  En diferentes y cortas etapas de mi vida practiqué la religión respetando las fiestas de guardar y atendiendo a la misa dominical.  Luego conocí de lo que es capaz la iglesia católica como instrumento de dominación, como pretende imponer una ideología mojigata aún a costa del bienestar de sus propios feligreses cuando debajo de la sotana y en las sacristías, los curas, sus representantes, se dan licencia para cometer delitos y abusos, contra niños y niñas, sobre todo niños, ante la mirada cómplice de las “autoridades eclesiásticas”.

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La Semana Santa y la cuaresma tuvieron un especial significado en mi infancia y preadolescencia.  La versión de mi madre de la cuaresma era muy sui generis, pues el ordenado ayuno y abstinencia que se debía guardar todos los viernes, desde el miércoles de ceniza hasta el domingo de Pascua en nuestra casa se servía un menú muy especial.  A la hora de almuerzo sardinas enlatadas compradas por mi padre en el almacén de Ultramarinos de la Carrera Séptima (la sétima le decían los bogotanos) entre calles 16 y 17, al lado del edificio de Coltabaco en donde quedaban las oficinas de Brigard y Urrutia.  Y por la noche una vaina que mi mamá llamaba “parva”, que consistía en un plato de huevos pericos con arroz y papas chips, acompañado de una taza de chocolate con queso.  Y ese menú no se servía sino en cuaresma, el resto del año los huevos pal desayuno y el chocolate si acaso en fin de semana en la finca de algún primo o amigo.

Como toda familia de la élite bogotana, pasábamos la semana santa en las fincas, ya fuera en la sabana de Bogotá, en Madrid Cundinamarca, más precisamente o en El Ocaso que fuera el “veraneadero” de las familias bogotanas en la primera mitad del siglo pasado.  Llegábamos a la finca escogida el sábado para asistir a la bendición de los ramos el domingo, en la iglesia de la plaza principal de Madrid, una de las más bonitas y mejor conservadas plazas centrales de los pueblos de la sabana, o en la capilla de La Esperanza o de Cachipay, cuando estábamos en El Ocaso.  Luego vendrían los días santos, jueves y viernes, en la finca de Madrid no nos dejaban montar a caballo que era el plan de cada día, y en El Ocaso no nos dejaban meternos en las gélidas aguas de la alberca que se llenaba con el agua helada turbia y sin tratar de una quebrada que bajaba de los cerros. El jueves santo nos íbamos a “visitar monumentos”, un paseo que siempre nos encantaba y que recuerdo con cariño.  Los “fieles” sobre todo las, se juntaban con el párroco y en las parroquias grandes con lo demás curas, y el sacristán y la “prima” y de cuando en cuando uno que otro “sobrino o sobrina” del cura, y decoraban bellamente el “monumento”.  La visita a los monumentos tenía un ritual de oraciones que no recuerdo.  Los pelados entrábamos a la capilla, admirábamos el “monumento” un momentito y salíamos disparados a gozar de cualquier almojábana o pandeyuca, o a esperar, en Madrid, que los grandes acabaran de rezar para ir a la panadería Roa a comer sanduche de pernil o a obleas Villetica a por las mejores obleas del mundo mundial universal.

Ya adolescente las vacaciones de semana santa se pasaban en las Islas del Rosario, invitado por mis primos o en Bogotá.  Era la época de Ben Hur, de La Pasión de Cristo y de Lo Diez Mandamientos, tres súper producciones del Hollywood de los años sesenta del siglo pasado.  Ahí ya no había ni domingo de ramos ni visita a monumentos el jueves santo.  Yo tomaba la “camioneta” de la siete y cuarto de la mañana y me iba para el club de donde regresaba en la camioneta de la siete y media de la noche.  Mucho deporte, yo era básicamente nadador, pero le hacía al tenis y a veces al golf.  Pero sobre todo pasaba las tardes jugando a los bolos, asistiendo a cualquier película que presentaran en el cine del club, el interés cinematográfico era básicamente nulo, pero la ocasión perfecta para “declarársele” a la niña de la que uno se decía perdidamente enamorado, y si ella lo permitía, pasar la película agarrados de las manos.  Acabada le película salía uno con las manos sudorosas y adoloridas y era sometido a las burlas de los amigos, “hay están de novios” y uno colorado como un achiote.

Cuando yo iba al colegio, había tres temporadas de vacaciones, las largas, las cortas y semana santa.  Hoy en día los pelaos tienen receso cada dos meses se la pasan en vacaciones y los pobres padres trabajadores viendo a ver qué hacen con ellos.  Semana santa era especial.

La reflexión

En 1971 me fui a estudiar a Francia, y el concepto de la semana santa fue reemplazado por el de las vacaciones de pascua.  ¿La misma vaina?  No.  Igual me sucedió cuando entre 1988 y 2019, mi actividad profesional se desarrolló trabajando para empresa norteamericanas, como funcionario o como consultor.  Los europeos y los norteamericanos tal vez influidos por las iglesias protestantes celebran la resurrección de Jesucristo no su pasión.  Eso dice mucho pienso yo.  La Iglesia católica promovió por años el concepto del temor a Dios mientras los otros promovían el concepto del amor a Dios, que a mí me gusta más.  Yo creo en Dios y no necesito que me demuestren su existencia, no me la cuestiono.  Creo que cada cultura define su o sus deidades siempre para explicar lo que no es explicable.  No me puedo parar en el desierto del Sahara, o en los Llanos Orientales de Colombia, o en las Islas del Rosario o en cualquier lugar del mundo a admirar una de esas noches estrelladas, sin luna, sin entender que tiene que haber un ser o una entidad superior que me explique tanta magnificencia.  Pero no voy tan lejos como para echarle la culpa a ese ser o entidad de lo que pasa, de lo que me sucede o no me sucede, de lo que está bien o de lo que está mal.  No creo en ninguna religión, he visto las bondades y los abusos de muchos representantes de las grandes “religiones”, sean ellos curas, mollahs musulmanes, monjes budistas, brahmanes hinduistas o “pastores” protestantes.  No voy a negar que le pido a Dios y también le agradezco, lo primero con más frecuencia de lo que debería y lo segundo con mucho menos frecuencia de lo que Dios merece.

La otra religión

En esta semana santa se me aparece otra religión, la de la virtualidad, la de los celulares más inteligentes que uno, la de las tablets que mis nietos parecen tener pegadas a sus manos, la de la “otra verdad y la falsa noticia”, la de las redes sociales.  Y a medida que trato de entender cómo funciona esa vaina que llaman Inteligencia Artificial me doy cuenta de que ese gran hallazgo, del que muchos empiezan a dudar, va a limitar el aprendizaje, el aprender a aprehender de los jóvenes.  Yo recuerdo con horror, pero con orgullo las disertaciones que nos ponía de tarea nuestra profesora de Francés en cuarto de bachillerato, ahora ese trabajo se lo puede pedir un estudiante a alguna de las Apps de IA, y le queda perfecto.  El chavo o la chava saca una buena nota y no aprende un jopo.  Cuántas madrugadas a la dos de la mañana a terminar un trabajo de la universidad, yo después de las ocho de la noche nunca he servido más que para rumbear y tomar trago, me hubiera ahorrado la IA, también me habría ahorrado lo que aprendí haciendo cada uno de esos trabajos.  Peligrosa herramienta la Inteligencia Artificial ya que rápidamente irá destruyendo la inteligencia natural de las personas, hasta el día en que nos gobiernen marionetas a las que una súper computadora les dicta la plana.  Ya hoy en día en muchas decisiones nos gobiernan las marionetas de los grupos de lobby y en muchas otras la de la ideología.  Yo sigo tratando de evitar en cuanto sea posible el uso de la calculadora de mi celular y recurro al cálculo mental.  Ya sucumbí y no me sé más de cinco números telefónicos y eso; de joven podía pasar la tarde de un viernes llamando por teléfono a toda una cohorte de jovencitas a ver cuál se apuntaba a salir conmigo, y créame querido lector muchas tardes fueron muchas las llamadas, todas a números de teléfono que me sabía de memoria.  Viajamos, con mi hermano y tres amigos, desde Paris hasta el Peloponeso atravesando lo que era Yugoslavia en, 1972.  Eso con un mapa que nos había preparado el automóvil club de Francia, maravilloso.  Uno estudiaba el mapa en la mañana antes de salir y el que tuviera turno de copiloto revisaba un par de veces en el camino.  El resto del tiempo oía uno música y miraba el paisaje.  Hoy en día Waze o Google maps o cualquier app le indica a uno el camino y los pasajeros van cada uno clavado en su móvil o su Tablet, nadie mira el paisaje, nadie se pierde y se vuelve a encontrar. 

Ojalá, como dice mi yerno Juan Carlos que la inteligencia artificial no le atrofie la pensadera a la gente, sino que más bien permita que computadora y Tablet y teléfono hagan las tareas rutinarias para que las mentes se dediquen a labores más creativas, a profundizar el pensamiento y a construir mejores sociedades, de ser así la IA cambiará el rumbo de una humanidad que va por uno no muy aconsejable.


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