
Crónicas Cartageneras
De nuevo en Cartagena de Indias, mi lugar favorito en el mundo mundial universal. Vine a Cartagena por primera vez hace unos sesenta y dos años, al hotel Caribe vacaciones maravillosas. Cuando he estado viviendo en Colombia, he visitado a Cartagena dos o tres veces por año.
Mi hermano celebró su matrimonio en Cartagena y, años después, mi hija también.
Cuando tenía unos once años aprendí a esquiar en las aguas de El Laguito, en donde el Hotel Caribe tenía un muelle. Más tarde, en plena pubertad, me dieron en la jeta unos pelaos cartageneros, por un asunto de faldas del que la niña objeto de mis pasiones ni se percató, ella nunca supo que yo perdía la cabeza por ella. Se me ocurrió decirle a un cartagenero que le coqueteaba que no la “molestara” y tome pa’ que lleve, él y sus amigos me hicieron saber con un puñetazo en la boca que no les parecía que me metiera en sus asuntos. Años más tarde rumbearía con muchos de ellos y recordaríamos el incidente.
Pasé temporadas de vacaciones inolvidables en las Islas del Rosario, recorrí las playas de la Isla de Barú y las fincas de los verdaderos baruleros; por eso puedo decir que los personajes que ocupan Playa Blanca y que reclaman como “nativos” derechos ancestrales son unos estafadore farsantes. En los años sesenta en Playa Banca y en los terrenos colindantes a la playa no había sino iguanas y cangrejos. Lo demás es la historia de la falta de autoridad de una administración cartagenera dedicada a engordar los bolsillos de los políticos que se apropiaron de la ciudad.
Ya más grandecito, seguí viniendo a Cartagena cuando “el movimiento” tenía lugar en la zona del Laguito donde se construyeron los primeros edificios cuyos apartamentos se le vendieron a los cachacos y a los paisas. La fiesta giraba alrededor de la playa. Con frecuencia íbamos al Casino del Caribe. Una vez juagando Black Jack en combo nos ganamos una suma significativa, compramos Tres Esquinas, ya rascado contratamos un trío, les pagamos por anticipado y les dijimos que tocaran hasta que se acabara la plata o el ron, ya bien entrada la mañana, en la playa frente a la Máquina de Escribir, le rogamos a los músicos, ya igual de borrachos a nosotros, que se fueran a descansar y nos respondieron, “no se ha acabado el ron”. Rumba sana, o ¿no tanto? El mejor bailadero de la Cartagena de lo años 70 del siglo pasado se llamaba La Gaité, quedaba en La Matuna, había música en vivo. No era precisamente un bailadero, era básicamente un gran burdel, en donde se reunían cientos de trabajadoras sexuales y sus clientes en fiestas interminables amenizadas por una o dos orquestas y, siempre, un conjunto vallenato que alternaba con la orquesta. Salsa, porro y vallenato ventiao. Yo iba a La Gaité con una amiga/novia a quien le encantaba la música y a quien no le molestaba para nada compartir el espacio, y a veces la conversación con las señoritas de la noche. En ese tiempo el ejercicio de la profesión más antigua del mundo la ejercían en Cartagena mujeres que, en su mayoría, venían del interior. Nadie podía prever que la Heroica se convertiría en una gran Gaité.
Ya en la década de lo años 80, la “movida” en Cartagena comenzó a trasladarse al “corralito de piedra”, el poético nombre que le pusiera don Daniel Lemaitre Tono, abuelo de mi amigazo Rafael, en cuyo apartamento me estoy quedando en esta ocasión. Aparecieron las casas restauradas por los ricos del interior y uno que otro extranjero.
Salí de Colombia en 1988 y estuve por fuera diez años, en algunas ocasiones pasé unos días de mis vacaciones en Cartagena, nos quedábamos en una suntuosa casa en la Calle del Sargento mayor de un tío o en un apartamento que mis padres habían comprado en un edificio que da contra la muralla y que está ubicado frente a la entrada del boquetillo, ahí donde está el monumento de lo alcatraces.
Regresé a Cartagena en 1998, ya como director del ICBF, invitado a una reunión con un grupo muy interesante del líderes juveniles del barrio Nelson Mandela con quienes me reuní en el apartamento de mis padres desde donde salimos, desconociendo la recomendación del director regional, para el barrio Mandela. Con gran satisfacción, tres años más tarde, con un decidido apoyo de Nohra de Pastrana, con una cofinanciación entre la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia (Fescol) y el ICBF inauguramos el centro cultural del barrio Nelson Mandela, que los jóvenes habían pedido en 1998.
A mí me gustaba salir de la jaula de vidrio que es la oficina del director general, de una organización del tamaño del ICBF, en donde uno rodeado de un leal cuerpo de asesores se va convenciendo que la realidad es lo que esos asesores le dejan ver. Yo me iba sólo para las regiones. En la costa caribe, Cartagena tenía la ventaja que me permitía llegar calladito un domingo al apartamento del boquetillo y aparecerme de sorpresa en la oficina regional para pedir un carro e irme, por ejemplo, a visitar hogares comunitarios, o jardines infantiles, o instituciones de protección (hoy en día las llaman de restitución de derechos). La reacción más común ante mi sorpresiva llegada era una linda frase costeña, “‘erda llegó el director”.
Como resultado venía a Cartagena tres o cuatro veces al año. En los cuatro que estuve de director general organizamos vario eventos importantes en Cartagena, el más importante, una reunión de los coordinadores de todos los centros zonales que eran más de 200 y de los directores regionales.
De Putas y de Congresos
En esa ocasión que fue en 2001, descubrí, de día la definitiva vocación de centro de eventos y congresos que se había desarrollado en Cartagena, en donde deben tener lugar un alto porcentaje de los congresos importantes del país, uno que otro internacional y la mayoría de los eventos empresariales. Cartagena es de día una ciudad de congresos.
Descubrí también, en un lugar que se llama, o llamaba, la Escollera, heredera del mítico rumbeadero del Laguito que se quemó en plena rumba decembrina; que Cartagena de noche es una ciudad de putas.
Nos fuimos para La Escollera con un grupo de funcionarios y funcionarias del ICBF. Estaba en el grupo la coordinadora del centro zonal de San Vicente del Caguán, en plena vigencia de la zona de distensión. Esta mujer, joven y atractiva con una personalidad de hierro, empezó a conversar haciéndose la que nada tiene que ver con un grupo de niñas, que estaban solas, sentadas en la barra del bar. Luego media hora se acercó a la mesa donde estábamos, se sentó a mi lado, y me dijo “director todas esas peladas que están en la barra son menores de edad y están trabajando» y yo bien pendejo le pregunté ¿son meseras?, «no» me dijo “son prostitutas, hay que cerrar este sitio”. En la conversación participaba una mujer a la que mucho quise, María José Rocha, Josefa (QEPD) que era mi más fiel y cercana asesora, consejera y cuidadora. Josefa dijo, “tranquilicémonos, no vamos a armar escándalo, vamos a irnos de acá, Urrutia llame al comandante de la policía, y le dice lo que está pasando, si nos ponemos a hacer ruido, las peladas se vuelan y mañana vuelven tranquilas”. Así fue, la policía no hizo nada. La reunión se acabó y yo me regresé a Bogotá. Unos meses después me invitaron a un evento internacional y me hospedé en el hotel Caribe. Una noche regresando tarde, vi que una niñita que no debía tener más de 15 o 16 años entraba, acompañando a un italiano que no podía tener menos de 50. El italiano se acercó a la recepción y algo habló con el tipo que estaba atendiendo. Y ya iba a arrancar para su habitación. Me fui decidido y le pedí a un agente de policía que estaba en la puerta que le pidiera los papeles a la niña. El italiano se indignó, trató de intervenir, se dio cuenta que estaba perdido y se fue para su cuarto dejando a la pelada desprotegida. Efectivamente no tenía 18 año y no tenía cédula. Le di plata pal taxi y la pobre niña se fue muy desencantada. Tomé lo datos del tipo de la recepción y me retiré a mi cuarto. Al otro día el gerente del hotel trató de explicarme, pero yo ya estaba emberraqueputecido, era la segunda vez que presenciaba el aterrador espectáculo del turismo sexual con menores de edad. Aproveché una rueda de prensa e hice la denuncia pública que de Cartagena y lugares como el hotel Caribe y La Escollera, específicamente, facilitaban la explotación sexual de menores de edad por turistas que visitaban la ciudad con ese único propósito. Era el año 2002, el alcalde de Cartagena refutó mi acusaciones y me llamó exagerado, el consejo de la ciudad trató de declararme persona no grata, pero no lo lograron gracias a una rabiosa defensa que hicieron dos concejalas de oposición.
Ayer fuimos a almorzar al hotel Holiday Inn que está en la zona de Los Morros. El hotel tiene un área de congresos y eventos que permanece con altos niveles de ocupación. En el restaurante se ven grupos de gente trabajando en sus computadoras, seguramente revisando datos y presentaciones. Cartagena de día es una ciudad de congresos.
Camino al hotel noté que en un lugar apartadito había una joven, con una vestimenta y un maquillaje muy sugestivos, nada que ver con las pintas de las ejecutivas que participan en los congresos. Llegó un hombre de unos 30 años, vestía una camisa polo con la bandera de España en la mangas y el cuello, asumo que era español, la abordó, algo conversaron y procedieron a dirigirse al hotel entrando a la recepción delante de nosotros sin que nadie les preguntara nada. Me llamaran malpensado, pero blanco es, gallina lo pone, frito se come, veinte años y varios escándalos después, Cartagena de noche sigue siendo una ciudad de putas, que triste.
Mi visita a la casa de Rafa y su mujer Rosana está adornada con la presencia del cuñado de Rafa, el mallorquín Mateo Colom, a quien he rebautizado el “man de la crónica”. Cada repuesta de Mateo a una pregunta, por simple que sea, conduce a una siempre maravillosa crónica, llena de detalles y de historias de amigos íntimos. Ayer le preguntamos que si conocía la ciudad de Pedraza, en España, al norte de Madrid. Mateo nos llevó de paseo a Zamora en busca de un brazo hidráulico de repuesto para el bull dozer que tiene en su finca y que usa para las labores que implican empujar y hoyar porque los tractores son, como su nombre lo indica para jalar. La crónica incluyó un violento incendio forestal, una maquina requisicionada por el ejército para luchar contra el incendio, una maniobra equivocada que resultó en la muerte del operario de la máquina y el incendio de la máquina, repuesta por el ejército a su propietario quien ahora vendía las partes de la maquina incendiada. Todo ese rollo para contarnos que la furgoneta mercedes con todos lo gallos que alquiló para recoger en Zamora el brazo comprado, la recogió en un pueblo al lado de Pedraza. Ufff, lo admiro.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @Juanmaurrutiav1

Hola Juan Manuel. Quisiera compartir este articulo, c
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Claro Carmen! Gracias
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Ya lo hice! Gracia, está en mi Facebook.
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