
Esta semana que termina se completaron los primeros seis meses del gobierno de Gustavo Petro. Un posible ejercicio, que considero inútil, es el de hacer el listado de lo que se ha hecho o dejado de hacer. A los gobernantes los eligen para que hagan, para que dejen de hacer, en fin, para que gobiernen. Más bien, se me ocurre tomar ejemplos que muestran una forma de actuar, un talante del presidente. Algunos, según The Economist, “detectan rasgos narcisistas y megalomaníacos en su personalidad”. Veamos:
La fórmula es sui generis. El presidente no gobierna por medio de decretos, ni de resoluciones, el presidente tuitea. Diariamente, sobre todo, temprano de mañana, Petro tuitea, anuncia, defiende ministros, lo que le toca con mucha frecuencia, explica traídas de los cabellos teorías, justifica insostenibles posiciones ideológicas.
Veníamos acostumbrados a un presidente que estuvo convencido que una dedicada labor de presentador de televisión, le daría a su gestión la profundidad de la que adolecía justamente, por la falta de profundidad del jefe de Estado. Colombia iba al abismo por un camino y el presentador nos narraba cada noche las aventuras de Iván y sus Bam Band en la autopista de la prosperidad. No sabe uno que es mejor: si el presentador o el tuitero desaforado.
Empecemos por el principio, el gran propósito, la Paz Total, Colombia Potencia Mundial de la Vida. Mucha retórica, poca claridad. El concepto de la “paz total” es coherente con la grandilocuencia del presidente Petro. Es excelente materia prima para el discurso, suena bien, justifica todo. El objetivo supremo es la paz total, toda concesión y todo sacrificio están justificados. Resulta, sin embargo, que los sujetos de la generosidad del gobierno no son tan generosos, más bien mezquinos. La realidad es bien distinta. Construir la “paz total” es como hacer un bordado de esos complejos, punto, cadeneta, punto. El discurso no basta. Cada palabra, cada silencio cuentan o descuentan. Y al presidente le gustan más las palabras que los silencios, y así se va enredando solito, anunciando acuerdos de cese al fuego inexistentes, ofreciendo excarcelaciones, inventando gestores de paz. Propone y promueve una nueva visión de la lucha contra los cultivos con fines ilícitos que tiene lógica, pero que se estrella contra la visión de los que mandan. Pero la paz no se tuitea, la paz se construye, se negocia, se acuerda, se implementa. Y en esta materia preocupa que el hecho de mayor relevancia haya sido el tuit del presidente el 30 de diciembre cuando anunció un cese al fuego bilateral con el ELN y con cuatro grupos delincuenciales. Empezando el año, el ELN desmintió el tuit y así quedamos, no hay cese, no hay nada más que una salida megalomaníaca de un presidente tuitero, más masacres, más muertos, más inseguridad y sobre todo más, mucha más coca. De pronto todo el cuento de la paz total y de los ceses que no son, tiene que ver con el hecho, comentado por el CEO de uno de los bancos más importantes del país, según el cual el aumento del dinero que está circulando en el sistema financiero es impresionante, los narcos hacen su agosto y montan lujosos restaurantes mexicanos en todos los pueblos que toca su próspero y poco perseguido negocio.
Se supone que el 6 de febrero en la instalación de las sesiones extraordinarias del Congreso de la República, el gobierno del cambio habría presentado reformas cruciales. Pero nada de nada. El país lleva meses discutiendo unas reformas cuyos textos no conocen ni siquiera en el alto gobierno, básicamente porque no existen.
Una de esas reformas, la de la salud, se ha manejado al más puro ritmo y estilo del gobierno del tuit. La polémica ministra Carolina Corcho lleva desde antes de la elección proponiendo una reforma cuyo eje central sería el desmonte de las EPS y la creación de un sistema público en su reemplazo. Cambiar el aseguramiento por la financiación de la salud con recursos de los impuestos. Pero no hay texto. Sólo anuncios y tuits, el más relevante el de la ministra Corcho que con su foto – la megalomanía es tan contagiosa como la coví – invita a apoyar la reforma en las calles el 14 de febrero, con el slogan “Las EPS no curan, las EPS facturan”; desafortunada afirmación que además es tan falsa como el cese bilateral tuiteado por su jefe en diciembre. Las EPS ni curan ni facturan, aseguran, auditan y administran, las que curan y facturan son las IPS. El país lleva seis meses discutiendo la reforma que no es, la reforma de la ministra Corcho no existe, lo dijo el tuitero, perdón el presidente, las EPS no se van a desmontar, se van a reformar. O sea. Desde antes de la elección en campaña Petro prometía el revolcón de la salud y la señora Corcho le hacía de caja de resonancia, con afirmaciones cargadas de ideología y con muy poca lógica, decía por ejemplo una máxima del progresismo internacional “la salud no es un negocio, la salud es un derecho”. Y sin embargo, con todo el impulso, a causa de ese talante narcisista, el gobierno, es decir el presidente y su ministra, no ha sido capaz de articular una reforma que es urgente, necesaria y suficiente. No escuchan, no dialogan, no hay consenso, tuitean y hacen anuncios desquiciados. Y a la hora de la hora amenazan con “la calle”, convocando a sus borregos a defender “el mandato de las mayorías”. Hay que recordarle al presidente que once millones doscientos mil votos le dieron un triunfo incuestionable pero que en Colombia debían votar 38 millones de personas, entonces fuera de haber sido elegido presidente, el mandato popular está por verse. Le irá mejor si entiende que en nuestra democracia las reformas se hacen con y en las instituciones.
Estos dos son los ejemplos más “calientes” de ese estilo soberbio de gobernar. La verdad es lo que yo digo en mi cuenta de tuiter. Se le pueden sumar el desastre de la gestión minero-energética en manos de una ministra absolutamente inepta e inmoral como lo denunciará la renunciada viceministra que le habían nombrado para tratar de asegurar que la política del ramo no se derrumbara como una roca que se va deshaciendo en un hilo de arena.
Ni que decir de la infancia colombiana en manos de una vecina de la primera dama convertida directora del ICBF con un rabo de paja que llega desde la sede nacional del ICBF en El Salitre hasta la oficina de planeación municipal de Chía. Renunció me dirán. Si, pero se perdieron los primeros seis meses de gobierno que es cuando se establece el rumbo y el papel de una institución tan importante. La nombraron y la sostuvieron contra viento y marea y ahora le toca a una funcionaria técnicamente preparada entrar a improvisar.
Es cuestión de talante. Las ideas pueden ser buenas. Realmente son incuestionables. La gente votó por Petro para que hiciera el cambio, pero no a tuitazos.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @JuanMaUrrutiaV1
