
El discurso de Gustavo Petro en la Asamblea General de Naciones Unidas da para mucho. Habló justo antes del líder turco Recep Tayyib Erdogan, que ha jugado un importante rol de mediador en la crisis desatada por el genocida en Ucrania. Seguramente ese hecho le llevó al salón de la Asamblea a una más nutrida concurrencia en la que no debieron faltar muchos embajadores. Generalmente en las intervenciones de los jefes de Estado de países con poco peso geopolítico, la mayoría de las sillas, si acaso están ocupadas por funcionarios de segunda o tercera línea de las misiones acreditadas. Yo me vi todo el discurso en youtube pero no pude ver que tan lleno estaba el auditorio. Si vi, por ejemplo, qué en el espacio de Dinamarca, justo detrás del de Colombia aparecía somnolienta una joven funcionaria de la misión. Pero, eso no importa. Con las redes sociales y la presencia de los medios de comunicación una intervención como la de Gustavo Petro tendrá una importante audiencia por su contenido que fue “diferente”.
En un tono grandilocuente, casi lírico Petro basó su intervención en una “defensa” de la Amazonía, de cuya “salvación” podría depender en buena parte la salvación de la especie. No le falta razón, dirán los ecologistas del cambio climático, está loco dirán quienes aun pretenden que el cambio climático es más un fenómeno cíclico que el resultado del desbordado aumento de las emisiones de carbono. Yo le creo más a las tesis de los ecologistas, ese cuento del período interglaciar que niega el efecto de las emisiones de carbono todavía me parece medio traído de los cabellos, aunque están tratando de convencerme. Pero ahí apareció el vericueto intelectual. Petro culpa la destrucción de la selva amazónica al consumo desaforado de drogas en los países poderosos, eso que llaman “el norte”, que él llama “el poder”, consumo que es el reflejo de la profunda crisis social generada por el “capital” y por el “consumismo desaforado”. Carajo berraca hipérbole.
En Colombia las principales causas de la deforestación son la expansión de la frontera agropecuaria, especialmente para ganadería extensiva, siembra de cultivos ilícitos, tala ilegal, minería e infraestructura, incendios forestales y presión por el crecimiento poblacional. La ganadería extensiva representa casi el 60% de la deforestación en el país. Incluye tanto a las personas que mantienen ganado con fines productivos, como aquellas que buscan asegurar la tenencia de la tierra mediante la introducción de ganado en pie (Grau y Aide,2008).
Por ese camino, procedió nuestro presidente a declararle la guerra a la guerra contra las drogas y en eso me le quito el sombrero porque lo hizo con un valiente dedo acusador apuntando hacia las “potencias” y los poderosos.
Desde hace como tres años venía yo aplazando la serie Narcos México que muestra el enorme fracaso de la guerra esa. Desde que mataron a Rodrigo Lara, en 1983, hace 39 años, por Colombia, como dijo Petro hoy han corrido ríos de sangre. Y hoy tenemos más de doscientas mil hectáreas sembradas de coca, exportamos toneladas de la sustancia maldita y por nuestras veredas siguen corriendo los mismos ríos.
Pasamos de los Leder, los Ochoa, Escobar y los carteles de Medellín y Cali a una explosión de carteles, disidencias, autodefensas, guerrillas, todas organizaciones dedicadas de una u otra forma al narcotráfico. Si, Petro tiene razón, la guerra contra las drogas es un tremendo fracaso y no es el primero en decirlo.
Creo, sin embargo que se le fue la mano. Como establecen varios trabajos sobre le tema la deforestación en Colombia no es toda culpa de la coca y el terminar la guerra contra la coca no parará la deforestación de nuestras selvas. Eso es un carretazo aceptable para un discurso de campaña, pero ese cuento no creo que se lo traguen en la ONU.
En esa parte del discurso de Petro, me pareció que hacía una demonización de los consumidores de drogas de los países poderosos, extraña y poco coherente con la única alternativa realista de enfrentar el problema del desatado consumo de drogas que es el entender que los consumidores son muchos, víctimas de su adicción y no unos niños ricos en busca de sensaciones que aplaquen su aburrida vida de acumuladores. Ahí patinó la oratoria petrista.
Más acertados me parecieron los apartes de la intervención del presidente en los que se refirió al tema del consumo desaforado de carbón y petróleo y su relación con una economía consumista y acumuladora de capital. Claro es un discurso de izquierda, pero es coherente con el plan de Petro de convertirse en el líder o el articulador de un esfuerzo conjunto de América Latina en busca de establecer unos términos de intercambio más justos con las naciones poderosas. Y en eso el presidente puede tener un as bajo la manga, ante la actitud imperialista y totalitaria del genocida y del violador de derechos humanos Xi Jing Ping, Estados Unidos y los europeos deberían buscar nuevas alianzas con eso que llaman “el sur”.
Y claro todo el final de la intervención dedicado a pedir, a exigir, un mayor compromiso financiero de los países poderosos con la recuperación de la Amazonía es bienvenido. Ojalá la gente no se haya aburrido con el discurso acusador del comienzo y haya seguido viendo, oyendo o leyendo la intervención hasta el final.
Yo casi que la apago, cuando en una desafortunada frase que suena a respaldo al genocida, Petro en lugar de condenar la invasión a Ucrania, pidió que Rusia y Ucrania hagan la paz. No señor presidente lo de Ucrania no es una guerra es un genocidio perpetrado por Vladimir Putin. Gran sinsabor.
El sacrilegio de la crítica. Los alevosos ataques de las bodegas petrupidas (estúpidas bodegas petristas) a quien se atreva a criticar cualquier cosa que tenga que ver con el mesías están desdibujando la buena onda que había mostrado el presidente en sus primeras intervenciones. El episodio del ataque de las bodegas petristas al periodista Daniel Samper Ospina por sus chistes sobre las metidas de pata de la muy criticable ministra de minas es sintomático de una estrategia organizada para atacar alevosamente a quien se atreva a cuestionar al gobierno
Por
Juan Manuel Urrutia V.
