
Tengo un querido amigo, Ramiro, compañero de colegio que vive en Chile, muy comprometido con el pensamiento progresista. Esa amistad a la que se juntan mi curiosidad y el sesgo cartesiano de la formación del Liceo Francés, me ha llevado a seguir y cuestionar de cerca el proceso político chileno. Constantemente le pregunté a mi amigo por el desarrollo de dicho proceso, desde las protestas callejeras que llevaron al presidente Piñera a convocar el referendo en el que cerca de 80% de los chilenos dijeron SI a la redacción de una nueva Constitución. Se puede afirmar que la mayoría de los políticos “tradicionales” tal vez con la excepción de la extrema derecha pinochetista, consideraban que la Constitución de 1980, de la era Pinochet, estaba social y políticamente muerta.
Así se llegó a la convocatoria de la Convención constitucional elegida al fragor de la fuerza adquirida en las protestas. Al abrir espacios para la participación de agrupaciones poco o nada representadas en el escenario político chileno, como los jóvenes y los indígenas, y al ser paritaria, la Convención constitucional resultó más inclusiva, más igualitaria, más “democrática”. Y como dicen por ahí de eso tan bueno no dan tanto. Ese proceso de inclusión, que fue valioso, también facilitó la participación de grupos bastante radicales que promovieron, en algunos casos de manera bastante excluyente, propuestas cargadas de ideología.
No ahondaré en el detalle. El texto que se sometió al voto popular el 4 de septiembre tenía cinco pilares fundamentales, según explicaba el constitucionalista colombiano Rodrigo Uprimny en El País el 3 de septiembre, en un artículo que mi amigo me compartió.
- El fortalecimiento de la autonomía de las regiones;
- El reconocimiento de los derechos sociales, que promueve y facilita políticas más favorables a la igualdad, reconociendo que esto se debe desarrollar en una economía de mercado que respeta la propiedad privada;
- La búsqueda de mayor igualdad entre hombres y mujeres, no sólo con la paridad en ciertos cargos, sino a través de la consagración de un elemento que podría revolucionar las relaciones de género: un sistema de economía del cuidado;
- Una mejor relación con la naturaleza, a través del reconocimiento de los derechos ambientales, e incluso de los derechos de la naturaleza; y
- Una concepción más diversa de la nación chilena con el reconocimiento de Chile como país plurinacional.
¿Y atoches? como decía una queridísima amiga mía.
Difícilmente puede uno pensar que un texto construido sobre estos cinco pilares haya resultado tan cuestionado y tan criticado. En estos días me he encontrado con varias ¿explicaciones? Hay quien sostiene que el plebiscito se volvió más sobre la gestión del presidente Boric que sobre la propuesta de Constitución. No creo.
El peligro de los extremos ideológicos es que espantan a gente que podría estar de acuerdo con los objetivos de una propuesta de cambio, como, por ejemplo, el reconocimiento de los derechos sociales y el fortalecimiento de la autonomía de las regiones. En el caso chileno me sorprendió mucho que en el artículo que se refiere a los derechos resalte el concepto de la “igualdad subjetiva” que viene del decálogo de la ideología feminista y que claramente debe ser objeto de políticas públicas pero que envilece la discusión de un marco constitucional. Lo mismo sucede con el asunto del derecho de las mujeres al aborto. Claro que los Estados deben definir en su legislación el tratamiento del aborto, pero al incluirlo en el marco constitucional se aliena a un importante porcentaje de la población que no está de acuerdo, por razones ideológicas o religiosas o morales con su legalización.
Igual asunto ha sucedido con el concepto de país plurinacional o de Estado plurinacional que obviamente define una realidad innegable, Chile, como muchos, si no todos los países latinoamericanos, es una nación conformada por diferentes etnias, y ciertamente una nación dominada por una élite blanca o mestiza que ha excluido de cierta forma a otras etnias, los pueblos originarios, que ocupaban el territorio y que eran nación o naciones antes de la llegada del blanco y un marco constitucional debe forzosamente reconocer esa realidad. El plantear el concepto de país «plurinacional» lleva a concebir que en el territorio conviven varias naciones concepción nuevamente marcada de una posición ideológica que propone la convivencia de diversas nacionalidades en contraposición con una más aceptada concepción que plantea que la nacionalidad es una y la componen diversas etnias. Una de las mayores críticas que se le hicieron al texto apuntaba al hecho que la aceptación de la plurinacionalidad confería derechos especiales a esos pueblos originarios. No tengo suficientes conocimientos de sociología para interpretar la diferencia, lo que he podido entender de mis lecturas es que para un importante número de chilenos, el texto propuesto por la convención, que fue rechazado en el plebiscito, planteaba un cierto rompimiento de la nacionalidad chilena. Difícil tema de entender y muy seguramente recibiré comentarios mucho más inteligentes que mi interpretación. Me refiero a este asunto porque creo que fue uno de los temas en los que más se apoyó la campaña del RECHAZO para lograr la abrumadora mayoría que obtuvo.
Parecería pues que el triunfo del RECHAZO fue un asunto más pasional que racional y que la exitosa campaña movilizó exitosamente esas pasiones al centrarse en los temas que dividen. Interesante sería una encuesta en profundidad entre una muestra, no necesita ser representativa, de votantes del RECHAZO para entender qué los motivó, se me ocurre que habría sorpresas.
Y claro ya no hay noticia sin petrupidez. «Revivió Pinochet» tuiteó el excelentísimo señor Presidente de la República de Colombia don Gustavo Petro Urrego. ¡Y olé carajo! De un tuitazo insultó a más de ocho millones de chilenos.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @Juanmaurrutiav1
