
El discurso de Petro, a dos días de las elecciones, pretende ser conciliador. La campaña fue pendenciera, excluyente. Sus asesores no dudaron en recurrir a las falsas acusaciones y a la calumnia. Entre sus seguidores, el discurso que más ha calado es el de Sofía la hija del candidato. “No podemos dejar que gane el otro, porque si llegara a ganar el estallido social será mucho peor que lo que hemos visto antes”. Puede que ella estuviera pensando en el concepto mesiánico del petrismo, o es Petro o la hecatombe, pero para sus seguidores es una instrucción “prepárense que si perdemos tenemos que incendiar el país”.
De pronto, el país descubre a un Petro reinventado, rodeado de oportunistas que se suben a bus de la campaña ganadora proponiendo a dos días de elecciones un gran acuerdo nacional que contradice 8 meses de discurso excluyente.
Sin embargo, por algunos de quienes lo rodean, porque quiero creer que las personas cambian, me aferro a la esperanza de que, si llegara a ganar, el gobierno de Gustavo Petro sería un gobierno realmente progresista como el de Lula en Brasil, no una dictadura revolucionaria de corte populista como la de Chávez. Espero y confío en que gente como Antanas Mockus, Rudy Homes, el mismo Alejandro Gaviria aunque apuñaló arteramente a Fajardo, y claro está el santismo encabezado por el expresidente mismo, moderarán la tendencia autoritaria y algo egocéntrica que llevó a Petro a tener que hacer 42 cambios en su gabinete cuando fue alcalde de Bogotá.
Rodolfo Hernández no me inspira ninguna confianza. Su discurso contra la corrupción me suena más falso que una moneda de 72 centavos. Sus reacciones excesivas y groseras van más allá del “estilo de santandereano arrecho” y muestran un talante que no corresponde al de un estadista. Su reacción ante la amable y generosa oferta de Fajardo fue soberbia. Y lo que más me asusta es que con Hernández resucite el uribismo derrotado en la primera vuelta.
Sopes, dirá el lector Urrutia se nos fue con Petro.
¡Pues no!
Casi. Pero yo por un candidato que condiciona su aceptación del resultado electoral fruto de un sistema en el que cree sólo si gana, no puedo votar. Y eso fue lo que dijo Petro en una entrevista en Blu Radio en la que estuvo conciliador, en la que mostró su muy acertado diagnóstico de muchos de los problemas del país. En la que, con toda franqueza, casi me convence. Pero, salió la luna vomitando estrellas, sólo que esta vez no tan bellas, Petro es un demócrata cuando gana pero cuando pierde la democracia no le sirve, y eso es malo, muy malo para un gobernante.
Voto entonces en blanco. Con la cabeza en alto. Me niego a votar por el menos malo con el rabo entre las patas. Mi voto en blanco significa yo por un candidato malo y por uno peor no voto. Es mi derecho.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @JuanMaUrrutiaV1

Por mas que me lo expliquen, yo no entiendo el voto en blanco.
Afortunadamente para los blanquistas (aquí no me refiero a los que se reclaman de la doctrina revolucionaria de Auguste Blanqui), el voto en blanco no era suficiente, si sumado al que perdió, para cambiar el resultado. Pero si sirvió para que la victoria de Petro sea más contundente y no se pueda alegar cualquier existencia de fraude.
Vamos a ver que pasa en los próximos cuatro años con el voto con los pies (aquí me refiero al concepto del profesor Charles Tiebout de la Universidad de Washington, Seattle, que en paz descanse). La mayoría de los que ya viven fuera del país son antipetristas. Tampoco es que sea tan fácil largarse del país.
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