
Parte 1: La Resistencia
El famoso pirata Barba Negra, que tenía una esposa en cada Puerto, se inyectaba mercurio en el pipí para combatir la sífilis que amenazaba con matarlo. Hoy en día sabemos que ese tratamiento en particular no servía para curar la enfermedad ni reducir los síntomas, y al contrario sí envenenaba y dejaba locos a los pacientes que lo sufrían. Pero en esa época no había nada más que hacer contra las infecciones bacterianas. (Tampoco es que supieran qué causaba la sífilis, pero sí estaba muy claro que se transmitía sexualmente.)
El 10% de los soldados en la primera guerra mundial murieron por infecciones, la misma cantidad que por heridas de batalla. En comparación, durante la guerra de Crimea de 1854-6, murieron más soldados por infecciones que en combate (más del doble, de hecho). La diferencia se atribuye a los avances de la ciencia, en tanto que para 1918 ya se habían caracterizado muchos de los patógenos que causaban enfermedades en humanos y ya se conocía el valor de lavarse las manos y de limpiar heridas. Pero aún no se conocían los antibióticos, por lo que una neumonía era comúnmente una sentencia de muerte.
Después de la segunda guerra mundial, en 1945, se empezó a usar penicilina G para tratar infecciones respiratorias y algunas de piel, como la sífilis. Fueron descubriendo más y más moléculas naturales que servían como antibióticos. Y al poco tiempo fueron entendiendo que los antibióticos lograban controlar el crecimiento de las bacterias y de otros microbios de manera selectiva. Ya no era muerte total como con el cloro o la pasteurización, sino que se podía elegir qué crecía dónde. Empezó la era de los antibióticos en la agricultura.
Pauso aquí para aclarar algo. Los antibióticos son moléculas naturales que matan selectivamente. Por ejemplo, la penicilina mata bacterias que tengan una capa de peptidoglicano, que suelen causar infecciones respiratorias o de piel, pero no afecta tanto a las que habitan en el intestino ni a las células de humano o de animal. El problema es que algunas bacterias tienen unas proteínas que rompen la penicilina en un pedazo de ADN que se llama plásmido y que pueden compartir con otras. Esas bacterias con resistencia suelen vivir muy contentas en sitios donde no hay competencia por el uso de antibióticos, como por ejemplo en los hospitales. Cuando esas bacterias le comparten el ADN a las que causan infecciones surge el problema de la resistencia. Llega un paciente tras una cirugía o con problemas inmunes y le cae esa bacteria con resistencia, y ya la penicilina no le sirve para nada.
Hay otros antibióticos que atacan otras partes de las bacterias, pero entre más fuertes más daño lee hacen a los pacientes. Se vuelven tóxicos hasta para uno. Lo bueno de la penicilina es que nosotros no tenemos peptidoglicano entonces no nos hace daño. Pero si hablamos de afectar por ejemplo la replicación del ADN, la maquinaria de la bacteria ya se empieza a parecer más a la nuestra.
Entonces el gran riesgo de la resistencia a antibióticos es que nos quedemos sin opciones para compartir infecciones, otra vez. Y ya hay algunos buenos ejemplos.
En diciembre reportaron que encontraron el gen de resistencia a la colistina en aguas negras en Georgia, USA. Lo sorprendente es que ese antibiótico está prohibido en USA donde solo se puede usar como último recurso en infecciones complicadas de pacientes humanos. Eso con la intención de que no surjan bacterias resistentes. Pero no está prohibido en India ni en China, dónde lo usan libremente en la agricultura. Eso quiere decir que vacas, pollos y cerdos están expuestos constantemente a la droga y por ende sus bacterias asociadas también. Ahí se va dando una selección donde las bacterias con el plásmido adecuado tienen ventaja. Una vez la comida se exporta a USA pues llegan las bacterias resistentes.
El artículo tiene preocupados a muchos y con toda la razón. La agricultura y cría de animales de manera industrial ha creado el caldo de cultivo perfecto para que surjan estos plásmidos con resistencia, y el vehículo perfecto para que lleguen a nosotros. Según este estudio, el plásmido se encontraba en una bacteria llamada Morganella morganii, que usualmente no es peligrosa pero sí suele causar infecciones nosocomiales (en hospitales, a gente ya enferma de otra cosa). En el estudio también confirmaron que el plásmido se pasa a otras especies y funciona.
Este cuento suena tenaz pero lejano, hasta que nos toca. Solo lo he visto una vez, en una amiga y compañera de trabajo, pero me dejó marcada. Tras una cirugía por una lesión de esquí, mi amiga tuvo que drenarse el tobillo cada seis horas durante meses en nuestra oficina, y hospitalizarse cada fin de semana para que le pusieran antibiótico intravenoso, por una infección resistente. Hoy en día y afortunadamente no estamos acostumbrados a que la medicina no nos solucione los dolores. Pero si no nos cuidamos podríamos volver a depender del mercurio.
- Referencia: Hassan et al. 2021 https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2213716521002678?via%3Dihub
Por: Juana Muñoz Ucros
Twitter: @JuanaMUcros
