
Hace exactamente dos años, cuando empezó su gestión, la alcaldesa Claudia López tenía índices de popularidad y aprobación por encima de 80%. Para felicidad de sus detractores, de Felpe Zuleta y de las bodegas del pacto histérico su popularidad y su aprobación hoy en día, si bien le va, están cerca del 40%.
En dos años se esfumó la mitad de su aceptación, y la noche que viene. Mientras la alcaldesa y su equipo, entre quienes está, a mucho honor mi hija Carolina, hacían el recorrido del Consejo de Bogotá al parque Simón Bolívar, en bicicleta, creo que Carolina se cayó dos veces, en los aeropuertos de Europa y de Estados Unidos, sigiloso e inatajable, amparado por la falta de transparencia de la OMS y del gobierno chino, se colaba el virus que más tarde la OMS bautizaría como COVID 19, el Covi.
Recuerdo el entusiasmo y la pasión con la que Carolina relataba los proyectos, los programas, los sueños que tenían la alcaldesa López y su equipo para la ciudad. Relataba también las discusiones internas, los problemas encontrados, las dificultades que tenían. Recuerdo también que llegué a plantear que la luna de miel duraría máximo año y medio ya que desde mediados de 2021 empezaría la campaña de Gustavo Petro para la presidencia y la oposición y los ataques a la gestión de Claudia López serían uno de sus principales caballos de batalla.
Dos meses después el Covid hacía estragos en Europa, los gobernantes empezaban a gobernar. Las imágenes de los servicios hospitalarios desbordados, de la gente muriéndose sin lograr acceder a los cuidados necesarios, iban llegando de Italia, primero, de España luego, de Francia, de Gran Bretaña, de Nueva York. Cada día traía una crónica y unas estadísticas terroríficas. Y claro a la alcaldesa le tocaba gobernar. Claudia López tuvo nueve semanas de gobierno libre de Covid 19, desde finales de febrero, comienzos de marzo, la alcaldesa insistía en que se debía cerrar el aeropuerto internacional de Eldorado. El fin de semana del 13 de marzo anunció que en Bogotá se llevaría a cabo un simulacro de aislamiento preventivo a partir del 20 de marzo, por tres días. En ese momento lo urgente desplazó lo importante, gobernar se volvió un asunto de conseguir respiradores, unidades de cuidado intensivo, pruebas de Covid. Carolina dejó de ocuparse de salvar animalitos y proteger humedales y pasó a administrar hornos crematorios y repartir ayudas en los sectores marginados de la ciudad. Llegaron a transformar una ciudad y la pandemia les transformó la ciudad.
Si, ya sé, el lector empieza a sospechar que pretendo echarle la culpa a la pandemia de la caída en picada de la popularidad y la favorabilidad de la alcaldesa. Pos no. La caída en la favorabilidad de la alcaldesa y su equipo tiene causas más profundas.
La primera causa, es mujer y habla duro. Eso en nuestra cultura no es aceptable. Un alcalde macho que hable duro como Rodolfo Hernández en Bucaramanga se vuelve anécdota. Un presidente que le dice a una persona “le rompo la boca marica” es el gran elector de nuestro país desde 2006, pero una mujer que hable duro, una mujer que le hable duro al presidente o a los ciudadanos, no, eso es inaceptable, vieja camorrera.
La segunda causa, papaya. Claudia López piensa lo que siente y dice y hace lo que piensa. Y así ha actuado como senadora, como candidata y ahora como alcaldesa. Y en muchos casos da papaya. Como candidata fijó su posición con respecto a temas esenciales, como la construcción de Transmilenio por la avenida 68, en el que le tocó recular, tragarse sus palabras y asumir el costo político.
Ni que decir sobre el manejo de la policía. Durante la campaña la alcaldesa criticaba con vehemencia el manejo que le daba su antecesor a la policía. Ella sostenía que como alcaldesa ejercería la autoridad que le confiere la constitución a los alcaldes y sería el jefe de la policía de Bogotá. El azote de la lengua. Entre enero y septiembre de 2020, la principal función de la policía fue el control social en aplicación de las normas impuestas para tratar de controlar el avance de la pandemia. Era frecuente la intervención de la policía para exigirle a las personas que usaran el tapabocas y aplicaran otras medidas de control social. Pero el 8 de septiembre, un grupo de policías envalentonados por la función de control social que venían desempeñando interceptaron al ciudadano Javier Ordoñez, que estaba “de fiesta” en la calle y tras agresiones múltiples en la calle y posteriormente en el CAI de la zona, Ordoñez fue trasladado a un centro hospitalario en donde se confirmó su deceso. Y se armó troya. Esa noche y la noche siguiente Claudia López descubrió que su promesa de campaña no tenía sentido, la policía no le obedece a la alcaldesa, la policía le responde a la cúpula de la policía, al ministro de defensa y al Presidente de la República; la alcaldesa estaba desplazada a mirar los toros desde la barrera y a coordinar con la dirección de la policía de Bogotá. Desde septiembre de 2020 la alcaldesa ha tenido complejos enfrentamientos con la policía. Y en esas condiciones se le ha hecho imposible asumir su función constitucional. Y como habla duro, regaña y pelea, de coordinación pocón, pocón. Así las cosas, la alcaldesa es responsable del orden público, pero no puede controlar desmanes y actos de terrorismo como los que llevan a cabo el 28 de cada mes desde el 28 de abril de 2021, los integrantes del grupo terrorista auto denominado la Primera Línea. La oposición petrista, a las tapujas, con trampas y mentiras, aprovecha el río revuelto, apoya y financia a los terroristas y ataca la gestión de la alcaldesa. La oposición de derecha, aprovecha la situación para criticar la falta de autoridad. Los seguidores de los dos mesías, Petro y Uribe, se juntan para criticar la gestión de la alcaldesa en esta materia. El orden público les importa un sieso, todo vale con tal de conseguir votos para 2021.
Tal vez el asunto que más le ha costado a Claudia López es la inseguridad. No ha podido resolverlo. Se puede uno hundir en un océano de cifras, que los hurtos simples han disminuido que las riñas, que los asaltos. La verdad es que la gente se siente insegura. La verdad es que a diario los medios de comunicación muestran y cacarean los extremos a los que han llegado los delincuentes. La verdad es que cada día alguien tiene una historia más macabra que contar. El problema de la inseguridad es lo que llaman la tormenta perfecta o lo que mi mamá describía como “se juntaron el hambre con las ganas de comer”. Ninguna ciudad grande es segura, en todas partes se cuecen habas. Pero, lo que está sucediendo en Bogotá, desborda. Y pese a los esfuerzos de la administración distrital, la crisis parece no tener solución. Se dice que es la justicia la que suelta a los delincuentes, se dice que la policía, aburrida de regaños y criticas mira para otro lado. Se dice mucho y pasa poco. No es este el espacio para tratar de entender la multiplicidad de las causas de la inseguridad en Bogotá y en otras ciudades de Colombia. Es sin embargo fundamental entender que mientras no mejore sustancialmente la seguridad, la popularidad y la aceptación de la alcaldesa tampoco aumentarán sustancialmente.
En las recientes discusiones sobre el POT, discusiones que se dieron en cabildo y en los medios, nunca en el consejo que se donde se han debido dar, la alcaldesa y su equipo mostraron una clara decisión de defender los principios fundamentales sobre los que se construyó el POT aun asumiendo posiciones impopulares, como la eliminación de la ALO norte para proteger la reserva Van der Hammen o la imposición de un área mínima de 42 metros cuadrados para las viviendas subsidiadas de interés social. Y la más criticada, así sea injustamente, expedir el POT por decreto.
Así llegamos a enero de 2022. Los bogotanos van a vivir una ciudad muy poco amable. Se han iniciado las obras del Metro, y el Transmilenio de la avenida 68. Se van a iniciar obras de ampliación de los ingresos a Bogotá en el norte, ampliación de la carrera séptima y de eso que llaman la autopista norte; en el occidente por la calle 80, en el sur por eso que llaman la autopista sur y en el suroriente, por la vía a Villavicencio. Súmele a estas obras un esfuerzo importante y esencial de reparación de vías, se van a tapar miles de huecos. Bogotá estará en obra negra, insegura y con los ánimos exacerbados. No le auguro una mejoría a las cifras de la alcaldesa.
¿Se le gastó el capital político a Claudia López? No. Claudia López, gobernando con criterio y con principios se ha ido gastando su capital político. De pronto por mucho abarcar poco ha apretado, pero es que administrar a una ciudad desadministrada por años, tiene su costo.
Por: Juan Manuel Urrutia
Twitter: @JuanMaUrrutiaV1
