
Fátima podía tener unos 15 años en 2001. Viviendo en Kabul se había salvado de ser vendida a un líder Taliban o a un tío veinte años mayor que ella. Salía poco, casi nunca. Su madre, una mujer fuerte y educada antes de 1996, en un Afganistán relativamente libre, se esmeraba en darle a Fátima la educación que desde los 11 años no podía recibir porque el Talibán no la dejaba. En 2001, tras la ocupación, Fátima regresó al colegio. Estudiante dedicada sacó su grado de bachiller en tres años y en 2004 entraba a la universidad. Se graduó como economista en 2008 y consiguió hacer un posgrado en el Reino Unido. A su regreso en 2012 Fátima se vinculó como economista de la salud, al programa de apoyo al desarrollo del ministerio salud del gobierno de Afganistán, cuyo pomposo nombre era Programa de Resiliencia para el Sector Salud de la República Islámica de Afganistán cuyo operador era la organización Pathfinder bajo contrato con USAID.
En 2017 Fátima ocupaba un puesto de responsabilidad en el programa y formaba parte del equipo de dirección. Ahí la conocí cuando yo andaba promoviendo alianzas público-privadas para apoyar la modernización de los servicios de salud en hospitales públicos y clínicas privadas. Una mujer inteligente, no comía cuento fácil y costó mucho trabajo convencerla que ese tipo de intervención podría contribuir a los propósitos del programa.
Fátima y otras diez colegas participaban en diversas áreas del programa, siempre con recato y un trato discreto con sus colegas masculinos, participaban en las reuniones de planeación y de coordinación con aportes importantes y opiniones sustentadas.
El día a día en Kabul era monótono y repetitivo. De mañana, entre las ocho y las ocho y media íbamos llegando los diferentes miembros del staff y consultores del programa. En ese momento éramos 4 consultores, una doctora pakistaní, un economista nepalí, mi compañero de equipo gringo y yo. El conjunto ocupado por las oficinas del programa constaba de un edificio de cuatro pisos y dos construcciones anexas en donde operaban las oficinas del equipo de seguridad, que era bastante numeroso, unos 15 “contratistas”. En cada piso del edificio había en pequeña cafetería. El ritual de la mañana incluía conversaciones light mientras se preparaba el café. Se hablaba del clima, de los trancones de tráfico camino de la oficina, muy poco, o nada de la vida personal de cada quien; y cada quien a los suyo. Hacia las diez salía cada día el contingente de miembros del equipo que pasaría el día en el Ministerio de Salud. Por mi papel en el programa yo tenía poca interacción con el ministerio, generalmente pasaba la mañana haciendo entrevistas y visitando clínicas y hospitales. Horas en el tráfico observando la vida del día a día de Kabul por la ventana del carro. En seis semanas, durante las cuales casi todos los días pasé la mañana yendo de un lugar a otro en Kabul, nunca vi nada que me hiciera sentir que había una diferencia con cualquier ciudad de cualquier país musulmán en cuanto a la presencia de las mujeres en la vida afgana. Los restaurantes estaban fuera de límites para nosotros. Todos los miembros del staff y los consultores almorzábamos en el comedor de la oficina, ubicado en el sótano, en donde cada día se ofrecía un atractivo menú de comida afgana. En esos almuerzos, hombres y mujeres se sentaban en mesas aparte. Los hombres hablaban sobre cricket, las mujeres nunca supe sobre qué hablaban. En ocasiones por “necesidad del servicio” se aprovechaba la hora del almuerzo para discutir temas de trabajo, en esas ocasiones compartíamos mesa con las profesionales interesadas. La separación de las mesas no era una imposición ni norma, era sencillamente una preferencia. La “emancipación” de las mujeres afganas tenía límites y cortapisas voluntarias. Son gente recatada.
Se hablaba poco de la vida personal de cada uno o de cada una. Unos pocos detalles. Fátima, como sus colegas de su generación, había logrado casarse con un joven profesional de su escogencia, lo que de por sí era un gran avance en un país en donde por años, los matrimonios eran arreglados entre las familias cuando estas eran pudientes o impuestos por las necesidades de los padres de la “novia” cuando no lo eran.
Esperaban consolidar sus carreras para tener hijos. Hasta ahí. En 2017, todos los afganos con que interactué esperaban que la situación se prolongara por suficiente tiempo para que el gobierno “democrático” se consolidara también. En ese momento había algunas negociaciones con el Talibán. Para un observador externo, poco informado, el gran lunar era la corrupción del régimen.
No regresé a Afganistán después marzo de 2017. Las restricciones para llevar consultores externos se multiplicaban a la par con el aumento de los ataques terroristas de IS K y del Talibán. Esporádicamente intercambié algunas comunicaciones con Shafir que era mi contacto, traductor y apoyo en mis reuniones con los afganos y con Toni, un economista nepalí que trabajaba en el proyecto. Antes de la pandemia que nos ha encerrado, alcanzamos a intercambiar emilios y chats en el guasap, no sonaban muy optimistas.
Pasó lo que sucedió que era lo que iba a suceder tarde o temprano. Ante la incapacidad de los socios afganos de la “coalición” y ante la rapacidad de los corruptos funcionarios que se abudineaban lo que pudieran, la consolidación nunca llegó. La tan manida resiliencia del sector salud ha quedado a prueba, a ver si resiste la imposición de normas y restricciones emanadas de la administración Talibán.
En estos días cuando veo las imágenes de la evacuación de Kabul, sólo espero que Fátima, y su marido y Shafir y todos los demás afganos con que almorcé tantas veces, con los que tomé café en la mañana, hayan podido salir porque no les auguro un futuro posible bajo el nuevo régimen. No logro imaginar a Fátima ni a ninguna de sus colegas sometida a las restricciones. No la logro imaginar teniendo que responderle a un joven extremista armado con un rifle M16 abandonado, como ella, por la “coalición”, cuando le inquiere en tono amenazante ¿Dónde está tu “mahram” (acompañante masculino)?
Solo espero que las Fátimas y los Shafires que los invasores dejaron atrás tengan la resistencia y la resiliencia para sobrevivir y salir adelante con sus proyectos de vida. Inch allah, dirán ellos.
Por: Juan Manuel Urrutia
@juanmaurrutiav1
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