Ayiti

Ayití es el nombre Créole de la nación que ocupa la parte occidental de la isla de La Española. 

En 1989 hice mi primer viaje a Haití.  Luego, hasta 1994 estuve yendo tres o cuatro veces al año.  Me tocó ser testigo de muchos acontecimientos.  A medida que pasaba el tiempo y se sucedían acontecimientos estremecedores, se fue acendrando un pensamiento que no he logrado superar, Haití es un país inviable. 

El 80% de la población de Haití (11,320,000), es decir más de nueve millones de personas, vive por debajo del umbral de pobreza.  Es uno de los territorios con mayor densidad poblacional del mundo con un promedio de más de 400 habitantes por kilómetro cuadrado, diez veces más que Colombia.  65% dependen de explotaciones agrícolas o pesqueras de subsistencia.  A comienzos del siglo XX, el 60% del territorio haitiano estaba cubierto por bosques, hoy en día apenas el 2%.  Esa terrible deforestación es el resultado de la sobre explotación de la tierra y ha tenido efectos devastadores en la erosión.  A una geografía en esas circunstancias, los fenómenos climáticos cada vez más extremos la golpean cada vez con más violencia y devastación.    

Deforestación en Haití: Frontera entre Haití (izq) y República Dominicana (der)
Foto CNN en español

En una ocasión, estando en Puerto Príncipe, en unas revueltas contra el monigote de turno, desde la ventana de la oficina en donde estaba reunido con la directora del programa de mercadeo social de anticonceptivos, vi como asesinaban o ajusticiaban o linchaban a un hombre con el sistema del collar (le colllier), consistente en meterle una llanta y aprisionarlo a la altura de pecho, para proceder a prenderle fuego a la llanta.  Duré varios días anonadado con la violencia de ese terrible acto.  Lo que más me impresionó es que la gente alrededor parecía gozar del espectáculo.  Ese día nos tocó esperar, más o menos, encerrados en la oficina a que la turba se calmara.  Luego un conductor del programa nos informó que se trataba de un ex tonton macoute (la temida guardia de los Duvalier), lo que a su entender justificaba el crimen.

Siempre me hospedaba en el hotel Montana, en Pétionville, que queda en una colina que domina a Puerto Príncipe.  En dos o tres ocasiones, a causa de manifestaciones y revueltas, siempre violentas en la capital, nos tocaba quedarnos “arriba”. 

En 1990, asistí esperanzado y emocionado a la campaña electoral y a la elección de Jean Bertrand Aristide, Titide, como primer presidente democráticamente electo de Haití.  La gerente del proyecto de mercadeo social que yo supervisaba y al que daba asistencia, miembro de unas de las familias “blancas” que controlan Haití tenía buen corazón, y también estaba esperanzada, su marido menos.  Los blancos no confiaban en Aristide, excura salesiano que profesaba la doctrina de la liberación.  Obtuvo más del 60% de los votos.   La élite dominante empezó a conspirar al día siguiente de la posesión de Aristide el 7 de febrero de 1991.  Apoyados por Estados Unidos los conspiradores lograron que el 30 de septiembre de 1991, siete meses después de posesionarse, el general Raoul Cedras le diera un golpe de estado.  Cedras impuso un régimen del terror, la comunidad internacional ordenó un bloqueo a Haití.  Aristide regresaría en 1994 acompañado de un ejército multinacional encabezado por Estados Unidos, si de nuevo.  En ese año hice mi último viaje a Haití como director del programa de mercadeo social de anticonceptivos, luego me iría para África.  Recuerdo los famosos Humvees de los marines circulando por las calles de Puerto Príncipe y de Pétionville.  Recuerdo también que, en una cena, un miembro de la élite blanca, se hacen llamar haitianos europeos, decía sin desparpajo, “es que en 91 lo hemos debido matar” refiriéndose a Aristide.

Puedo estar terriblemente equivocado, pero creo que esos seis años en que el pueblo haitiano escogió la democracia y la élite blanca y mestiza hizo todo por evitarlo, sellaron para siempre la suerte de una nación que ya estaba de por sí en lamentables condiciones.

En 1998, estaba de director de la misión de USAID en Haití un amigo mío, Gerry Bowers, que había conocido en México en 1990.  Me invitó a hacer parte de un equipo que estaba revisando la estrategia de ayuda de los Estados Unidos a Haití para los cinco años que empezarían en 2000, mi papel era muy puntual, diseñar la continuidad del programa de distribución de anticonceptivos, ni siquiera incluía los condones pues estos hacían parte de uno de los pilares del programa que era la lucha contra el VIH/SIDA.   Yo llevaba cinco años sin ir a Puerto Príncipe.  Gerry me había invitado además para que le sirviera de interlocutor para “botar corriente” sobre los lineamientos generales del componente de salud y población del paquete de ayuda.  De día trabajaba en el diseño de un plan para la continuidad de la distribución de anticonceptivos en un país en donde la gran mayoría, quienes lo necesitaban, no tenían con que pagarlos, y los que sí tenían con qué los compraban en Miami.  Ese es Haití.  De noche nos sentábamos con Gerry y una botella de ron Barbancour, uno de los mejores rones del Caribe, a botar corriente.  La triste conclusión de nuestras elucubraciones era que, pese a todos los esfuerzos, en el mejor de los casos la ayuda norteamericana apenas alcanzaría para paliar en algo las inmensas necesidades de las mayorías haitianas desprovistas de todo.   Lo más triste es que sabíamos que aún con todas las cortapisas que se pretendiera imponer, la élite haitiana se aprovecharía de la ayuda para concentrar poder y riqueza.

Años más tarde Naciones Unidas tomó en arriendo todo el edifico del hotel Montana y ahí operaban sus oficinas.  En 2010, en el terrible terremoto en el que murieron más de 200,000 personas, el edificio se derrumbó causando muchos muertos y heridos entre el staff de la ONU.

Entre 1998 y 2010 seguí manteniendo contacto con algunos amigos haitianos que me comentaban la desastrosa situación de la isla.  En una ocasión, uno de ellos me dijo que Haití se estaba convirtiendo en un lugar favorito de paso y reabastecimiento de las rutas de los narcos colombianos.  Esa misma versión me la confirmó discretamente, un haitiano que vino a Colombia con un grupo de Naciones Unidas, del PNUD, más precisamente, a estudiar las posibilidades de utilizar la guadua en la reconstrucción de los miles de viviendas destruidas por el terremoto de 2010.

Yo madrugo mucho, mucho.  Generalmente estoy leyendo tuiter y periódicos internacionales entre las tres y las cuatro de la mañana.  El 7 de julio vi muy temprano la noticia del asesinato del presidente de Haití y pensé “mierda ahí van a acabar metidos los narcos colombianos”.  Ni que tuviera bola de cristal.  Así fue.  La historia es por todos conocida.  Y la impresión que me queda a mí es que Haití fue convertido por los carteles de la droga en un narco estado y que una repugnante élite sigue haciéndose rica mientras al 80% de la población está sometida a las más inimaginables condiciones de pobreza, de miseria y de falta de esperanza.

Aterrador.  Haití narcoestado y Colombia proveedor de sicarios a nivel internacional.  Yo ya estoy muy viejo para creer en pajaritos preñados.  A los exsoldados colombianos los contrataron para que fueran a Haití a matar al presidente en un arreglo de cuentas entre mafiosos del narcotráfico.  Ni mercenarios contratados por una firma de seguridad, ni pobres víctimas engañadas.  Me da asco la actitud de algunos medios de comunicación que pretenden presentar a esos 18 sicarios como algo diferente, “arriba rating”.  No entiendo por qué carajos el presidente y la canciller pretenden que Colombia les debe algo a esos miserables.  “Que se pudran en la cárcel como decía Pachito Santos”.

Y la naturaleza no les perdona una.  El 14 de agosto un violento terremoto dejó más de 1,200 muertos y de remate días después la tormenta tropical Grace azotó la isla con fuertes lluvias.

Imagino una nueva élite mafiosa repartiéndose el ponqué de la ayuda internacional que llegará a Haití en respuesta a esas tragedias.  Y de remate con los horrores que están sucediendo en Afganistán y ante el temor de un embate de los grupos terroristas del estilo de ISIS K, la comunidad internacional seguirá mirando para otro lado mientras nueve millones de haitianos tratan de sobrevivir en un territorio devastado por la sobrepoblación, la erosión y por la fuerza de la naturaleza.   

Lecturas consultadas

Behind the Haiti Assassination, Colombia’s Growing Mercenary Industry, The New York Times, agosto 7 de 2021.

He Guarded Haiti’s Slain President. And He Was a Suspect in a Drug Inquiry, Teh New York Times, agosto 21 de 2021.

Así mataron al presidente de Haití: mercenarios colombianos confiesan cómo fue el magnicidio, Unidad Investigativa, Caracol Televisión, agosto 18 de 2021.

Por: Juan Manuel Urrutia
@juanmaurrutiav1

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