En algún momento de 2016 me invitaron a participar como consultor en el desarrollo de un programa que apoyaba la modernización del sector de la salud en Afganistán. En ese año hice dos viajes a Kabul. Mi esposa Mónica, que siempre apoya mis locuras se quedaba hecha un sartal de nervios.
En ese tiempo escribí una serie de artículos en los que, en vivo, desde las noches de Kabul, describía impresiones, interpretaciones y vivencias. Esos escritos están publicados en este espacio en un documento titulado Afganistán que hace parte de una serie de crónicas de viajes que en una de estas publicaremos.
En mi segundo viaje a Afganistán, se contempló una visita a Kandahar, la segunda ciudad del país, para visitar un hospital en donde se pretendía un interesante proceso de modernización mediante una alianza público-privada con un grupo pakistaní. El viaje no tuvo lugar pues las condiciones de seguridad no eran óptimas. Esa posible alianza quedó pues aplazada.
El domingo el Talibán ocupó la ciudad de Kabul. Vuelve pues la Sharia. La última vez que esto sucedió fue durante la guerra civil de los años 90 del siglo pasado. Kabul fue ocupado por las fuerzas del Talibán en 1996.
Con sus banderas ondeando en los edificios gubernamentales, procedieron a decapitar al presidente Mohammad Najibullah.
Bajo el mandato de los “insurgentes”, se prohibió trabajar a las mujeres, no se le permitía a las niñas ir a la escuela. Las mujeres tenían que cubrirse la cara y estar acompañadas por un pariente masculino para salir de sus casas. Castigos como la lapidación y las amputaciones fueron introducidos.
(Under the insurgents’ rule, women were banned from work and girls were not allowed to attend school. Women had to cover their face and be accompanied by a male relative outside their homes. Punishments such as stoning to death and amputations were introduced) BBC News, Live Reporting, Agosto 13 de 2021.
En esa ocasión los rebeldes recibieron apoyo de Estados Unidos pues se trataba de sacar a los soviéticos.
En retaliación por los atentados de septiembre 11 de 2001, en ese mismo año, una coalición internacional liderada por los Estados Unidos invadió Afganistán, derrocó al gobierno Talibán e instauró un régimen prooccidental.
Las mujeres volvieron al a calle, las niñas regresaron a las escuelas, los castigos violentos cesaron.
También se inició una nueva guerra en Afganistán, entre las tropas de ocupación y el Talibán.
Para tratar de contener el avance del Talibán, la alianza occidental desplegó un programa de “ayuda internacional” en el que miles de consultores y funcionarios de las agencias internacionales llegaron a definir la agenda y los programas del gobierno prooccidental. Se gastaron billones de dólares.
Durante los últimos meses se llevaron a cabo “negociaciones” entre el gobierno apoyado por los invasores y representantes del Talibán. Estado Unidos retiró las tropas de ocupación. En pocos meses el Talibán infringió significativas derrotas al ejército regular financiado y armado por los invasores.
El Senador Chris Murphy (D-Conn.) dijo en apoyo al retiro de las tropas norteamericanas cuestionado por el partido republicano:
El total y absoluto fracaso del Ejército Nacional Afgano, en ausencia de nuestro apoyo, en la defensa de su país es una explosiva prueba de una estrategia fallida que durante 20 años estuvo basada en la creencia de que billones de dólares podrían crear un gobierno central, democrático que fuera efectivo en una nación que nunca había tenido uno.
The complete, utter failure of the Afghan National Army, absent our hand-holding, to defend their country is a blistering indictment of a failed 20-year strategy predicated on the belief that billions of U.S. taxpayer dollars could create an effective, democratic central government in a nation that has never had one.” The Washington Post, agosto 13, 2021
El fracaso es total. Al diagnóstico del senador Murphy solo le falta un detalle, la coalición internacional nunca logró ponerle coto a la corrupción generalizada que se desarrolló como un cáncer en el seno del “gobierno democrático”.
Visité Kabul en dos oportunidades, en la segunda ocasión pasé cinco semanas allí. En una de mis crónicas cuento la visita al bunker de la embajada de Estados Unidos a cenar con el hijo de un amigo que estaba en misión. No logro imaginar lo que significa la evacuación de ese enorme bunker en el que cientos de jóvenes profesionales estadounidenses convivían como si fuera en un campus universitario, con todo lo bueno y lo malo. Yo conocí más de Kabul que el hijo de mi amigo que llevaba ocho meses en su puesto. Y yo conocí muy poco. Las decisiones sobre el rumbo que le debían dar al “gobierno democrático y a sus instituciones” las tomaban burócratas que vivían en aislamiento.
De esa visita me queda una imagen que hoy me aterra. La dedicación y profesionalismo del un grupo de unos veinte miembros del staff del programa de apoyo al ministerio de salud. Hombres y mujeres afganos, con quienes almorcé y compartí todos los días hábiles en la cafetería del bunker donde estaban las oficinas del programa. Todos y cada uno de ellos corren el riesgo de ser perseguidos por el nuevo régimen. Las mujeres temen que muy seguramente serán vilipendiadas y quedarán nuevamente sometidas a la Sharia.
A los extranjeros que participaron en el fracaso, los evacuarán sus ejércitos que ya están de regreso en Kabul para cumplir esa tarea. Pero los afganos y las afganas que apoyaron denodadamente el proyecto de modernización durante dos décadas y que le creyeron a la “comunidad internacional”, pailas, quedarán sometidos a su propia suerte.
Se pregunta uno ¿tenía sentido todo este circo?
En rueda de prensa, el vocero del (¿o de los?) Talibán, anunció una amnistía general, lo que no sucedió en 1996. Anunció también que “se respetarán los derechos de las mujeres, en el marco de la Ley Islámica”.
¿WTF? Viví en Marruecos, un país musulmán bastante liberal, y aún en ese régimen liberal, los derechos de las mujeres no tienen el mismo peso que los de los hombres. Si el respeto de los derechos de las mujeres se va a dar en el marco de la ley islámica siguiendo el ejemplo de Arabia Saudita, por ejemplo… pailas.
Decía el maestro Darío Echandía “a la gente hay que creerle”, pero qué difícil creerles a los voceros de un movimiento cuyos antecedentes demuestran muy poco respeto por los derechos humanos y menos aún por los derechos de las mujeres.
En mis viajes a Kabul, los momentos más estresantes fueron las pasadas por el aeropuerto, Kabul Airport. Se mezclaban seguridad y caos. A la salida había que llegar con mínimo cuatro horas de anticipación. Cuando veo las escenas de la plataforma y de la pista, no quiero ni pensar en lo que se habrán convertido los accesos al aeropuerto. Pobre gente. Esas escenas me hacen pensar que los afganos y afganas que le apostaron a una república islámica moderada, que se formaron, estudiaron y trabajaron en el marco del proyecto de modernización que los invasores de occidente les propusieron; lo único que quieren de salir corriendo. Ojalá el nuevo régimen logre organizar un gobierno y un Estado que le permita a Afganistán aprovechar ese recurso humano en el que tanto se invirtió en los último veinte años, tal vez sea ese uno de lo pocos legados beneficiosos de la invasión.
Sacando la bola de cristal y en referencia a los comentarios que veo en redes sociales me atrevo a pensar que el nuevo Emirato Islámico de Afganistán desarrollará su propio modelo, con una ideología autóctona basada en la interpretación del islam de los líderes del Talibán. No parece factible que, como lo han dicho algunos, el régimen se alinee con Irán, si el Talibán tiene cercanías con algún grupo terrorista sería con Al Qaeda, más que con Hezbollah. Muy seguramente los rusos buscarán acercamientos, ya que consideran que esa zona es estratégica para sus intereses. Los chinos con su acostumbrado pragmatismo bucarán acuerdos para apoyar y aprovechar la explotación de recursos mineros que ellos necesitan. Pakistán siempre apoyó al Talibán y muy seguramente será un aliado importante para el nuevo régimen. Un amigo afgano que viven en Los Ángeles y que conocí en mi segunda visita a Kabul, me dice que él cree que el nuevo régimen tratará de no molestar a nadie con tal que no lo molesten a ellos.
Por: Juan Manuel Urrutia
@juanmaurrutiav1
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